Desperté sobresaltada y todo por culpa de los intentos de ladridos de mi perro. Frotándome los ojos, musité ciertas palabras subidas de tono al percatarme de que eran apenas las tres de la madrugada. Sin embargo, todo ápice de sueño se esfumó cuando oí otro ruido y no, no era Cerbero con sus intentos de ladridos. El ruino provenía desde el otro lado de la puerta. Esperé, con la mirada fija en la puerta, que el sonido fuese solo un producto de mi letargo, pero cuando se produjo nuevamente, fruncí el ceño. —Cerbero —llamé-musité. Él me miró, ladeando la cabeza—. Si es algún ladrón o algo así, muerde donde más le duela, ¿de acuerdo? —Cerbero soltó algo similar a un gruñido, todavía mirándome—. Sí, exacto, amigo. Ve por la entrepierna. Un tercer (¿o era cuarto?) golpe en la puerta y mi per

