Capítulo 6

1684 Palabras
Lena yacía desnuda en la gran cama de la suite Crown. Estaba debilitada y vulnerable, completamente expuesta, y no podía hacer nada para proteger su pudor. Recordó, entonces, que ya no había pudor que proteger. Renz la había tomado. El frío de la habitación le puso la piel de gallina. Sus pezones, normalmente hinchados y rosados, estaban endurecidos y erectos, apuntando directamente al techo. Se estremeció, comenzando a encorvarse débilmente para calentarse, pero unas manos fuertes la presionaban sobre los hombros, manteniéndola expuesta. "Tengo frío", murmuró. Renz rió entre dientes. "Descubrirás que tengo muchas formas de mantenerte caliente", susurró. Lena sintió su boca cálida y húmeda moviéndose entre sus pezones, y su coño palpitó con un dolor que se despertó. De repente, fue consciente de lo vacía que se sentía sin él dentro. Su pene la había llenado, la había estirado más allá de lo cómodo, y sin él, sentía que algo le faltaba. Ella odiaba esa sensación. —Te estás mojando otra vez, Lena —dijo en voz baja. Lena negó con la cabeza. "No... no", gimió ella. "Shh, Lena. No hay nada de qué avergonzarse. Te encanta lo que le hago a tu cuerpecito con la boca", susurró Renz. Lena chilló, pues de repente, sintió como si su boca cubriera cada centímetro de su piel desnuda y caliente. Sintió la cálida humedad de su lengua en sus pechos, arremolinándose y rozando sus sensibles pezones. La sintió descender, recorriendo su estómago, sus costillas, el suave triángulo de su montículo. "No bajes más", suplicó Lena. Pero su lengua descendió más, y toda su resistencia fluyó de su cuerpo a su ansiosa boca. Sintió sus dedos largos y gruesos penetrar en su interior mientras su lengua se arremolinaba alrededor de su sensible clítoris, y Lena gritó. Renz se desplazó por su cuerpo, hundiendo los dedos más profundamente. Lena lo miró fijamente a los ojos ardientes, con lágrimas en los ojos mientras su pulgar presionaba la parte más sensible de su cuerpo. Negó con la cabeza cuando él empezó a frotar su clítoris hinchado, intentando resistir las sensaciones de su cuerpo más que su insistente toque. Lena sintió algo más grande y más duro presionando contra su abertura dolorida, y comenzó a entrar en pánico, aterrorizada de cómo se sentiría nuevamente. "Por favor, no hagas eso", suplicó Lena. Renz la miró fijamente y apartó un mechón de cabello húmedo de su rostro enrojecido. "Aprenderás a amar esto, Lena. Te lo prometo, aprenderás a amar tenerme dentro de ti", susurró. Empujó hacia adentro, y los ojos de Lena se pusieron en blanco mientras su pequeño cuerpo se llenaba con él una vez más. Lena abrió los ojos aturdida, con imágenes de su sueño, o quizás pesadilla, rondando su conciencia. Se sentía mareada, dolorida y atormentada. Podía ver que el sol estaba alto en el cielo, pero sentía como si no hubiera pegado ojo. La cabeza, las piernas, los pechos, el estómago... todo le palpitaba dolorosamente. Una parte de ella esperaba que lo que había experimentado la noche anterior hubiera sido producto de su imaginación, además del vívido sueño, pero el dolor intenso entre los muslos le recordó lo real que era. Se incorporó lentamente en la cama, esforzándose por mantener su desnudez y vergüenza cubiertas por las sábanas. Miró a su alrededor y poco a poco se dio cuenta de que estaba sola en la habitación. Renz se había ido. Lena se levantó lentamente de la cama, haciendo una mueca de dolor al sentir que el movimiento de sus piernas tensaba sus doloridas paredes internas. Vio su uniforme de gala y el delantal de la noche anterior, cuidadosamente doblados sobre el tocador del dormitorio, y se acercó con cuidado. Antes de poder tocar su ropa, vio su reflejo en el espejo. De inmediato, rompió a llorar ante la horrible visión. Tenía moretones y marcas de mordeduras por todo el cuerpo, especialmente alrededor de los pechos, la cintura y las caderas. Con las yemas de los dedos, trazó cuatro ronchas rojas y largas que le cruzaban la cintura y la espalda, sorprendida al darse cuenta de que eran causadas por el fuerte agarre de Renz. Tenía los ojos rojos e hinchados, y el cuello tan oscuro y amoratado que parecía tener alguna enfermedad de la piel. Su cabello era un desastre enorme y enredado. Lena suspiró, sintiéndose más mal que nunca. Bajó la mirada y vio una sustancia blanca y vaporosa untada entre sus muslos, con vetas rojas. Lena abrió los ojos de par en par, sorprendida, y antes de que pudiera calmarse, vomitó en uno de los cajones del tocador, completamente asqueada. ¡¿Dónde demonios te has metido?! ¡Estaba muerta de miedo! ¡Ya es mediodía! —chilló Marie. A Lena le zumbaron los oídos al oír su voz, y se estremeció al sentir un nuevo dolor de cabeza. "Lo siento mucho, Marie. Me quedé dormida", respondió Lena con humildad. El rostro de Marie se suavizó un poco al ver la expresión de dolor en los dulces rasgos de Lena. "¿Qué te pasó?" preguntó, con su preocupación maternal superando su impaciencia propia de una jefa. Lena quería contarle lo sucedido, pero no le salían las palabras. Lo que Renz le había hecho, lo que ella le había hecho, era vergonzoso y vil. Marie nunca volvería a mirarla con los mismos ojos. Lena meneó la cabeza, forzando una sonrisa en su rostro. —Nada en absoluto. ¿Debería empezar a desmantelar las habitaciones? —preguntó Lena. Marie frunció el ceño. "Lena, es demasiado tarde para desmantelar las habitaciones. Le pedí a Annette y Josephine que se encargaran de eso. No, lo que necesito es que prepares el solárium para el té", respondió Marie. Lena asintió, sintiéndose cada vez más culpable por descuidar sus tareas habituales. —Enseguida. Siento mucho mi tardanza, Marie —respondió con sinceridad. —Lo sé. No me decepciones otra vez hoy, ¿por favor? —preguntó amablemente. Lena sonrió. "Te prometo que no lo haré", respondió ella, corriendo hacia la cocina. "Por favor... Sr. Wolfenbarger... Solo necesito un mes más. Pronto recibiré una gran cantidad de dinero y podré pagarle todo lo que me debe. Con intereses", suplicó Jonathon. Renz paseaba por el solario etéreamente iluminado, disfrutando de la fragancia de las diversas flores exóticas. Se detuvo ante una flor particularmente cautivadora, delicadamente perlada por gotas de rocío cristalino. Sus pétalos rosados aún no estaban listos para recibir el sol y ocultaban con gracia un misterioso centro de un rosa intenso, casi rojo. Su polla comenzó a palpitar al pensar en los deliciosos y húmedos pétalos entre las piernas de Lena que esta flor le recordaba. Renz se aclaró la garganta. "¿Eres consciente de cuántas veces has repetido precisamente esa retórica, Jonathon?", preguntó Renz en voz baja y seria. "Bueno, yo—" "Cinco veces ya, para ser exacto. No soy hombre de mostrar misericordia. Porque misericordia, para mí, es simplemente la palabra cristiana para debilidad. Pero debido a nuestra larga historia, te he concedido varias prórrogas, mucho más de las que suelo ofrecer. Es hora de saldar tu deuda", respondió Renz con frialdad. Un sudor comenzó a formarse en la frente de Jonathon, completamente ajeno a la radiante luz del sol dentro del solárium. —Señor Wolfenbarger… por favor, siéntese —comenzó Jonathon. Renz se acercó a él y se sentó frente a él, colocando un tobillo, cubierto con una bota de montar, sobre su rodilla. Observó a Jonathon mientras luchaba por encontrar las palabras, con sus mejillas enrojecidas. Renz pensó que se veía patético. "Entre la boda de mi hijo, el aumento de los impuestos sobre la tierra, año tras año de malas cosechas y... los gastos de manutención... simplemente no tengo ingresos disponibles. Este baile no era solo para mi hijo. También era para recaudar fondos", confesó Jonathon. Renz no sintió ninguna simpatía por el descuido de Jonathon. "Podrías considerar hipotecar tus propiedades", sugirió Renz. Jonathon negó con la cabeza. "Ni hablar. Ni siquiera sé cuándo podría recomprárselos. Tengo gente trabajando para mí, cientos de sirvientes que dependen de mi empleo", respondió Jonathon. Renz arqueó una ceja. "¿No acabas de decir que pronto recibirás una buena suma de dinero?", preguntó Renz con sarcasmo. Jonathon tragó saliva con dificultad. —El sirviente está aquí con el té —respondió Jonathon aflojándose el cuello. Renz la reconoció por las delicadas y pequeñas manos que colocaban suavemente una bandeja de té y galletas de chocolate sobre la mesa de hierro forjado del solárium. —Buenas tardes, señorita —dijo bromeando. "Buenas tardes, señor", respondió ella en voz baja, negándose a mirarlo. Renz la observó mientras ella vertía con gracia el té, primero en la taza de Jonathon y luego en la de él. "Lena, ¿conoces a Lord Wolfenbarger?", preguntó Jonathon finalmente. Lena abrió mucho los ojos y lo miró suplicante. Renz rió entre dientes. "Solo brevemente, anoche. Estaba limpiando mi habitación. Es una excelente criada, Jonathon", respondió Renz. Los pequeños hombros de Lena se relajaron ligeramente de su estado de tensión, y él pudo sentir literalmente el alivio que emanaba de su cuerpo a su discreción. Jonathon sonrió, una mueca de orgullo. "Así es. Es muy trabajadora. Ya puedes irte, Lena", dijo Jonathon. Lena hizo una reverencia. "Sí, señor", respondió ella. Y tan rápida y silenciosamente como había llegado, se marchó. Pero esta vez, la mirada de Renz siguió cada paso y cada curva de su cuerpo mientras caminaba. —Dámela y te cancelo la deuda —dijo Renz de repente. Jonathon jadeó de sorpresa. "¿Deseas... casarte con una doncella?", preguntó Jonathon. Renz casi se rió a carcajadas. —No tengo intención de volver a casarme, y mucho menos con una criada. No, tengo planes mucho más interesantes para esa ocasión. ¿Se llama Lena? —preguntó Renz. Jonathon frunció el ceño. "Sí, se llama Lena. Y no la voy a delatar", respondió Jonathon con firmeza. Renz rió entre dientes. "¿No? ¿Y si te pago entonces? ¿Cuánto quieres por ella?", insistió Renz. "Lena no está en venta", respondió Jonathon.
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