Capítulo 5

1834 Palabras
Renz se retiró y empezó a penetrarla y salir de ella, con movimientos lentos, controlados y superficiales. Lena se estremecía cada vez que él la penetraba, pero descubrió que poco a poco se acostumbraba a la sensación ardiente y desgarradora. Su distante consuelo no duró mucho, pues con un gemido desde lo más profundo de sus entrañas, Renz la penetró con más fuerza. Lena gritó de dolor, presa del pánico. Él la embistió con fuerza, intentando penetrar su pene lo más profundo posible en su coño, que se resistía. Lena frunció el ceño y apartó la mirada para evitar el dolor. Estaba segura de que en cualquier momento sentiría algo mucho más importante desgarrándole las entrañas. Se retorció de dolor, pero Renz se agachó, la sujetó por las caderas para impedir su movimiento y la penetró con más fuerza y rapidez. "Señor... señor, por favor, deténgase. Me duele muchísimo", gimió Lena, con las palabras entrecortadas por las lágrimas. No sabía qué pensar de los gruñidos y gemidos animales que emitía. Parecía que él también sentía algún tipo de dolor. Renz se inclinó y comenzó a besarla por todo el cuerpo, absorbiéndola en su boca tanto como le era posible. La sujetó por las caderas, le pasó las manos por el vientre y le apretó los pequeños pechos con fuerza. —No puedo parar, Lena. Te sientes tan perfecta a mi lado, tan... tan apretada —gruñó. Lena cerró los ojos, rezando para que el tormento terminara pronto. Renz le subió las piernas hasta la cintura y arqueó la espalda para intentar penetrarla más profundamente. La penetró con fuerza y chocó contra su cérvix. Lena gritó de dolor. "Por favor, basta... por favor, no sigas haciendo esto. No puedo... no puedo soportarlo", suplicó Lena, apretando sus pequeñas y débiles manos contra su pecho. Renz la sujetó por las muñecas y las sujetó a ambos lados de su cabeza, atrapándola. Lena lo miró con miedo cuando él se inclinó, pero la sorprendió cuando la abrazó con un beso apasionado. "Bésame, Lena", ordenó Renz, arañándole los labios con los dientes. Lena pensó que era mejor no molestarlo y, tímidamente, le metió la lengua en la boca, imitándolo. Renz emitió un gemido bajo y comenzó a besarla con más fuerza y rapidez. Lena se esforzó al máximo por seguir su ritmo desesperado, pero él la asfixiaba con la lengua. "¿Soy demasiado duro para ti, cariño? ¿Soy demasiado grande?", preguntó Renz con brusquedad, empujándose más para enfatizar su punto. Lena asintió, mordiéndose los labios con nerviosismo. "Sí... por favor, para", suplicó. Renz rió entre dientes y negó con la cabeza. —No voy a parar, pero puedo hacer que lo disfrutes. ¿Quieres que lo haga mejor, Lena? —preguntó. Lena asintió de nuevo, desesperada por algún tipo de alivio del dolor de sus embestidas. Renz se hundió en su cuello y bajó la mano entre sus cuerpos unidos. Empezó a frotar su clítoris palpitante, y Lena arqueó la espalda ante la sensación. La confundía, sintiendo dolor y placer a la vez, e intentó con todas sus fuerzas concentrarse solo en experimentar este último. Y empezó a humedecerse de nuevo. Renz continuó frotando su clítoris, haciendo con los dedos los mismos movimientos que hacía con la lengua: círculos suaves y rápidos. Lena seguía gimiendo, pero de placer. Renz sujetó una de sus piernas por encima de su hombro y arqueó la espalda. Mantuvo sus dedos pegados a su clítoris con movimientos frenéticos mientras la penetraba más profundamente que nunca. Lena gritó, en una extraña mezcla de placer y dolor, mientras Renz emitía gemidos profundos y potentes. Esto sorprendió a Lena, quien se tensó, contrayendo todo su cuerpo a su alrededor. Esto le arrancó otro gemido desde lo más profundo de sus entrañas, y él empezó a penetrarla con más fuerza y rapidez, casi como si intentara derribar sus tensas paredes. Recorrió cada centímetro de ella con sus manos mientras se penetraba implacablemente. Lena sentía que no podía respirar, pues cada embestida la sacudía y la cortaba. Emitía gritos agudos con cada embestida y gruñido animal de Renz. Su miedo aumentaba a medida que sus poderosos gemidos se convertían en gritos, pues la penetraba con una fuerza insoportable, golpeando y magullando algo muy profundo en su interior. "Lena... voy a correrme dentro de ti", gruñó Renz, mirándola. Lena golpeó su pecho con sus pequeños puños, desesperada por quitárselo de encima. —¡No, señor, dentro de mí no! —gritó. Renz le sujetó las muñecas con una mano y bajó la mano para acariciar su clítoris aún sensible. Lena no pudo soportar ambas sensaciones y se dejó caer hacia atrás, rindiéndose por completo. —Sí, cariño, sí... sí... ¡Dios mío... SÍ! —gritó Renz. Con una última embestida, Renz irrumpió en su interior, cubriendo su útero con su semen. Lena sintió su líquido caliente en lo más profundo de ella. Lo sintió derramarse sobre las sábanas. Tembló mientras Renz seguía liberándose en ella, entrando y saliendo suavemente. Renz finalmente se separó de ella, pero no se movió de su lugar, encima de ella, entre sus piernas. Los fluidos de su sexo humedecieron su camisa y ensuciaron las sábanas en las que estaban enredados. "Por favor, quítate de encima", dijo Lena con docilidad. Por primera vez, él accedió a su petición y se giró para quedar boca arriba, respirando profundamente. Lena se incorporó y miró entre sus piernas, abriendo mucho los ojos ante la impactante vista. Vio una mezcla de sangre y su semen esparcida entre sus muslos y goteando sobre las sábanas. Empezó a salir de la cama, pero gritó de dolor al mover los muslos. Le dolían las piernas, pero el dolor en su interior era insoportable. Antes de que pudiera moverse, Renz la agarró del brazo, atrapándola de nuevo. "¿Adónde crees que vas?", preguntó Renz, rodando sobre su costado. Lena lo miró con incredulidad. —Has robado lo que querías. Ya no te sirvo —respondió Lena con suavidad. Renz la jaló del brazo con fuerza y la atrajo hacia sí, apretando su pequeño cuerpo contra su pecho. "Creí haberte dicho, Lena. Te quedarás aquí conmigo esta noche", dijo, metiendo la mano entre sus muslos. El corazón de Lena latía con fuerza, presa del pánico, y empezó a alejarse de él. "No, señor, por favor... ¡No puedo volver a hacerlo, me matará! ¡Por favor, no!", suplicó. Renz la hizo callar suavemente y la besó suavemente en el cuello mientras deslizaba lentamente un dedo dentro de su coño húmedo y estrecho. "Sé que eres tierna, Lena. Relájate", susurró, tocándola suavemente. Sus paredes doloridas aferraron su dedo con fuerza, y lentamente comenzó a acariciar su clítoris con el pulgar. Lena suspiró, entregándose al placer. —¡Ay, Dios mío! —gimió Lena, mordiéndose el labio. Su dedo le dolía, muy levemente, pero le proporcionaba un placer nuevo. Era casi como si le masajeara las paredes internas heridas. Renz le besó el cuello y se movió parcialmente sobre ella, empujando su dedo un poco más profundamente dentro de ella y aumentando su presión sobre su clítoris. —Quiero que vuelvas a venirte conmigo, Lena —susurró suavemente. Lena negó con la cabeza. "¿Por qué me haces esto?", preguntó débilmente. Renz no respondió, pero le dio un suave beso en los labios mientras hacía vibrar su dedo dentro de ella. La soltó del beso y la miró fijamente a los ojos, concentrándose más en acariciar su clítoris. Su cálida humedad comenzó a filtrarse en sus dedos, y él aumentó la presión. "Vuelve a correrte, Lena", repitió. Lena intentó ignorar la maravillosa agonía entre sus piernas, pero pronto descubrió que no podía. Había experimentado demasiado dolor, y su cuerpo necesitaba desesperadamente placer para contrarrestarlo. No fue tan fuerte como la primera vez, pero aun así la consumió. Lena emitió un gemido agudo y dulce, y arqueó la espalda mientras suaves oleadas de placer recorrían todo su cuerpo. "Buena chica", susurró Renz. Entonces Lena se desmayó, completamente agotada por todo lo que Renz le había hecho. Renz miró a Lena mientras dormía en la misma posición en la que la había acostado. Contempló su pequeño y delicado cuerpo con una intensidad de lujuria que no había sentido en sus treinta y seis años. Le encantaba lo diferente que era su cuerpo del de las mujeres adineradas a las que estaba acostumbrado. Era suave y flexible, sí, pero su pequeño cuerpo poseía una firmeza que solo se lograba con años de trabajo activo. Amaba las curvas bien formadas de sus piernas, las líneas excitantes de su vientre. Incluso le encantaba la delicadeza con la que sus costillas sobresalían de su cuerpo delgado. Y su piel, suave, cremosa y delicada, aunque ligeramente dorada por el tiempo pasado al aire libre. Quería recorrer con la lengua cada centímetro de esa deliciosa piel. Renz le puso la mano en la barbilla y la giró hacia él, admirando su rostro. Tan dulce y hermosa, incluso dormida. Su larga y sedosa cabellera color chocolate le caía sobre la cabeza como un halo. La luz de la luna danzaba sobre su delicado rostro, realzando sus delicados pómulos. Consideró despertarla, solo para que esas pestañas, tan largas y provocativas, revelaran esos ojos grandes, inocentes, como el océano. Pasó un dedo sobre sus labios profundos y carnosos de color rosa, poniéndose rígido al pensar en esos labios envueltos alrededor de su polla. Renz supo en cuanto la vio que era una criatura exquisita y que tenía que poseerla. Esperaba que fuera abierta y dispuesta, una sirvienta lasciva ansiosa por acostarse con un hombre rico y poderoso. Pero era inocente y pura, y se había resistido hasta el final. Tuvo que usar la fuerza, porque estaba seguro de que se volvería loco si no la poseía. Y ahora que lo había hecho, sabía que una vez no era suficiente. Esta joven virgen e inocente había despertado en él un apetito temible que necesitaba ser saciado. La sensación de su coño había sido indescriptible. Incluso con su inexperiencia y resistencia, estar dentro de ella era la experiencia más placentera que jamás había experimentado. La forma en que sus estrechas paredes lo habían agarrado, casi hasta el punto de dolor, el dulce sabor de sus fluidos e incluso los sonidos que emitía se habían grabado para siempre en su mente. Necesitaba poseerla otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Renz había llegado originalmente a la mansión Sterling no para el baile, sino para cobrar la deuda que le debía Jonathon Sterling, un hombre financieramente inepto. Jonathon lo había invitado a quedarse para evitar la históricamente agresiva cobranza de deudas de Renz, caracterizada por la apropiación de diversas propiedades. Pero Renz descubrió que ya no le interesaban el dinero ni las mansiones. Quería que Lena, esa criada y seductora joven de dieciocho años, le perteneciera, como su propiedad. "Seré tu dueño", susurró Renz suavemente a la figura dormida. Y no se le negaría lo que quería.
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