Capítulo 4

1718 Palabras
Justo cuando creía que se estaba acostumbrando a sus atenciones, Renz metió la cabeza entre sus pechos y empezó a succionar su pezón desatendido. Aumentó la presión sobre su clítoris y, sin pensarlo, Lena gritó de placer. Renz se incorporó ligeramente, apoyando el peso en el brazo. Con la mano libre, empezó a quitarle las bragas. Lena negó con la cabeza e intentó con todas sus fuerzas mantenerlas arriba, pero él, suave pero enérgicamente, le apartó las manos. Ella gimió de vergüenza cuando él se las quitó de los tobillos y las tiró al suelo. Ahora solo quedaban sus medias. —Es hora de que vea lo mojada que te he puesto, Lena. Abre las piernas —dijo Renz con firmeza. Lena empezó a sonrojarse, segura de haberlo oído mal. Negó con la cabeza y cruzó las piernas. Renz frunció el ceño, amenazante. —No tienes la fuerza para resistirte, Lena. Te poseeré esta noche, lo quieras o no. Ahora, abre las piernas —dijo Renz. Había una oscuridad en su voz que la estremeció profundamente. Lena empezó a comprender que bien podría haber algo más que su virginidad que este hombre planeaba arrebatarle. Por primera vez, Lena empezó a temer no solo por su cuerpo, sino por su propia vida. Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras separaba lentamente las rodillas. Renz gimió con impaciencia y le separó rápidamente la parte interna de los muslos, colocando una pierna sobre su hombro. Mantuvo la mano contra la otra y la hundió aún más en la cama, exponiendo su piel inutilizada a sus ojos hambrientos. Sintió que la cara le ardía de vergüenza mientras él observaba sus partes íntimas, aparentemente absorto en sus pensamientos. Finalmente, empezó a inclinarse hacia adelante, separando su rostro a escasos centímetros de su coño. "¿Qué haces?", preguntó con miedo. Renz la miró desde entre sus piernas, con una leve sonrisa en los labios. "Voy a probarte, Lena", respondió. Los ojos de Lena se abrieron de par en par y empezó a retorcerse, horrorizada ante la sugerencia. Renz mantuvo sus brazos alrededor de sus pequeñas piernas, impidiéndole escapar. "Lena, quédate quieta", dijo Renz con firmeza. Ella detuvo sus movimientos al oír su voz y cerró los ojos, esperando que no la saboreara por mucho tiempo. Era brutal, repugnante, invasivo y... ¡oh! Lena gritó al sentir la lengua caliente y húmeda de Renz en su punto sensible. La sensación era tan exquisita, tan placentera, que estaba segura de que flotaría en éxtasis. Renz masajeó lenta y deliberadamente su coño con la lengua, comenzando a explorar sus hinchados pliegues internos. Su lengua, plana, recorría lentamente su sensible superficie. Sin darse cuenta, Lena arqueaba ligeramente las caderas, buscando involuntariamente más placer. Renz se tensó, curvó la lengua contra sus delicados pétalos rosados y comenzó a acariciar su clítoris. Lena temblaba y gemía con más fuerza a medida que se acercaba. Cuando por fin empezó a rozar su lengua directamente contra su pequeño clítoris, Lena chilló de placer. Lena movió la cabeza de un lado a otro, abrumada rápidamente por las sensaciones de su cuerpo. Ya no era calor entre sus muslos, sino fuego. Y en ese instante, deseó que la consumiera por completo. Se mordió el labio cuando Renz le separó aún más los muslos, casi hasta el punto de dolor, abriéndole las piernas. Se deleitó con su piel húmeda y rosada como un hombre hambriento. Aumentó la presión sobre su clítoris, y fue tan placentero y contundente que Lena estaba segura de que estaba a punto de volverse doloroso. Lena sintió que una presión se acumulaba en lo profundo de su vientre, y se hacía más fuerte cuanto más la lamía. Sintió como si algo dentro de ella estuviera a punto de estallar, quizás dolorosamente, y empezó a retorcerse y a apartarle la cabeza con miedo. "Señor, se lo ruego, por favor... por favor, deténgase. Por favor, no me haga daño", gritó Lena. Sintió un alivio momentáneo cuando él se detuvo, pero no se movió de su posición entre sus piernas. Renz separó sus labios hinchados con los dedos, dejándola completamente expuesta. Su ombligo hinchado estaba completamente vulnerable, ya no estaba oculto por su capucha protectora. La sostuvo así, al borde del precipicio, mientras ella se acostumbraba a la anticipación del orgasmo. Sopló suavemente sobre su clítoris, cubriéndola con aire fresco, y Lena se estremeció de placer. "¿Estás segura de que quieres que pare, Lena?", preguntó Renz. Lena casi dijo que no, pero se mordió el labio, intentando recuperar el control. Aunque él había hecho una pausa, Lena notó que la presión en su cuerpo se hacía cada vez más fuerte, casi insoportable. Necesitaba aliviarla, aunque quizás le doliera. "Respóndeme, Lena", instó Renz, antes de pasar su lengua rígida por su clítoris palpitante y húmedo en un solo y lento movimiento. Lena gritó, sintiendo como si su cuerpo estuviera siendo torturado. Ese único lametón parecía haber duplicado la presión dentro de ella. Seguramente se volvería loca si él no terminaba lo que había empezado y reventaría lo que fuera que había inflado dentro de ella. Pero ella no podía ceder. Simplemente no podía permitir que este hombre la violara. Suspiró resuelta, esperando que la presión finalmente se disipara. Bajó la mirada tímidamente, abriendo los ojos de par en par ante la extrañamente erótica visión de su pierna izquierda alrededor de su hombro, la derecha doblada y presionada contra la cama. Estaba completamente expuesta a él, su boca peligrosamente cerrada sobre su carne hinchada. Observó con asombro cómo él extendía la lengua y lamía su centro hinchado de arriba abajo. Rosa contra rosa. —Qué coñito tan bonito tienes. Exquisitamente hermoso, igual que el resto de tu cuerpo —murmuró Renz. La miró, captando su mirada interesada. —Dime que quieres que te acabe. Ruégame que me libere —ordenó Renz. Las lágrimas brotaron de sus ojos al darse cuenta de que necesitaba que él continuara. "Por favor... por favor, termíname. Por favor, dame la libertad, señor", sollozó suavemente. Apenas pronunció estas palabras, Renz la complació, envolviendo su lengua alrededor de su clítoris con movimientos peligrosamente rápidos. Lena comenzó a emitir gritos agudos, segura de que su cuerpo estaba al borde de la explosión. Sintió vibraciones en su coño que antes no tenía, y enseguida se dio cuenta de que Renz también gemía. Lena se recostó contra las almohadas, aferrándose a las sábanas, preparándose para la explosión que estaba a punto de ocurrir. Esperaba que no fuera demasiado dolorosa ni dejara daños permanentes. Renz deslizó su lengua dentro de su pequeño agujero y desató una avalancha. Su coño se apretó alrededor de su lengua y su clítoris se estremeció. Lena sintió una corriente eléctrica recorrer todo su cuerpo, centrada en su coño, y el único dolor que experimentó fue un placer excesivo. Soltó un grito largo y agudo y se corrió. Renz la besó suavemente en el coño y finalmente volvió a subir por su cuerpo, dejando un rastro de besos por su vientre y cuello. Lena se sentía aún más débil que antes, mareada no solo por el champán, sino también por el increíble placer que acababa de experimentar. Su única protesta fue un mero gemido cuando él se movió entre sus piernas, trabando su pelvis con la suya. Ya no tenía fuerzas para intentar apartarlo. Su corazón latía con fuerza mientras él se desabrochaba los pantalones, y abrió los ojos de par en par al ver cómo esa enorme y única parte masculina se alzaba amenazadoramente. Parecía furiosa, con su rigidez y su vena palpitante. Lena comprendió entonces que esa era la dureza que la había estado presionando, y lo miró con miedo. "Tócame", susurró Renz. Lena, temblorosa, extendió la mano y envolvió su enorme pene con sus deditos. Lo sentía duro y caliente. Su mano no podía rodearlo por completo. "¿Sabes lo que voy a hacer?", preguntó Renz. Lena asintió lentamente. Marie le había explicado años atrás lo que significaba "entregarse a un hombre". Sin embargo, Lena no se estaba entregando. Este hombre la estaba tomando. Con una repentina ternura, Renz comenzó a acariciarle la mejilla mientras se posicionaba en su entrada virginal. —Qué chica tan hermosa —susurró Renz suavemente. Intentó besarla, pero Lena apartó la mirada con miedo. Lo oyó inhalar y sintió su pene tanteando su entrada. De inmediato, los ojos exhaustos de Lena derramaron nuevas lágrimas. Lena estaba bien lubricada después del orgasmo, pero no fue suficiente para aliviar el dolor de la primera penetración. Gritó de dolor cuando Renz la penetró con su m*****o erecto. Sintió como si la partieran en dos; le dolía muchísimo. Lena bajó la mirada, horrorizada al descubrir que apenas estaba dentro de ella. Esperaba desesperadamente que no planeara meter todo su m*****o. No sobreviviría. Renz se detuvo con la cabeza apenas dentro de ella. "Mírame", susurró con dureza. Lena lo miró, y su expresión era tan intensa que casi parecía dolorida. La asustó. Lena apartó la mirada rápidamente, pero él la agarró por la barbilla, obligándola a mirarlo. "Quiero ver la mirada en tus ojos cuando penetre en ti", explicó Renz. "Por favor, no hagas esto", suplicó Lena. Renz le envolvió el pelo con los dedos y la besó con fuerza. Mantuvo sus labios pegados a los de ella mientras se sacudía hacia adelante. Lena gritó en su boca mientras él la penetraba. Sintió cómo la barrera interior se rasgaba, y le dolió terriblemente. "¡Dios mío!", gritó Lena con labios temblorosos. Renz la empujó un poco más y se quedó allí, inmóvil. Lena estaba a punto de llorar histéricamente, y él la calmó con suavidad y le secó las lágrimas. "Tranquila, Lena. Solo te dolerá más si estás así de tensa", dijo en voz baja. Lena frunció el ceño. ¿Qué le importaba si le dolía? Estaba forzándose a entrar en ella. Era evidente que no tenía ni una pizca de moral. "Lena", repitió con firmeza. Ella lo miró a los ojos, sorprendida de encontrar en ellos un atisbo de ternura. "Relaja los músculos, cariño. No te aprietas", le indicó. Lena suspiró, relajando los músculos de los muslos. Sin embargo, los músculos más profundos eran mucho más difíciles. Nunca los había usado antes, y ni siquiera era consciente de lo que hacía, apretando o no.
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