De salida al patio agarro un suéter para Ismaíl y cuando llego al jardín lo veo junto a Meredith. Inevitablemente estoy debatiéndome entre reír o exponerlos. Ahora ya sé quién es la que le enseña a mi hijo a cortar cuánta flor se le cruce por el camino. —No Ismaíl así no se hace bebecito —están inclinados sobre un monte de tierra—. Tienes que agarrar el tallo con cuidado, ¡y no le arranques pétalos! Me desplomo en el césped y a metros de distancia de ellos, me cruzo de piernas a lo indio. Me agrada la brisita del aire, la suavidad del pasto y ese ligero rocío que moja la punta de mi nariz. —Melelid —la llama mi pequeño, sonsacándome una sonrisa—. Eta, es mía. —Es tuya, pero porque sea tuya no significa que debas deshojarla —se vuelve hacia mi hijo y se arrodilla—. ¿A ti te gu

