Aprieto los labios y me quedo en silencio, mirando a Ismaíl e intentando no sonreír como estúpida. Con esto se me acelera el corazón. Con él las cosas siempre son así, me lleva a un nivel de adrenalina inexplicable aunque no lo quiera. El voltaje que le da a mis latidos supera el efecto de cualquier narcótico. —Oye —sus yemas rastrillan el dorso de mi mano y mi antebrazo—. Te sonrojaste... —Cuando dices esas cosas me sonrojo —con cuidado acomodo un cojín y recargo la cabeza de Ismaíl en él—. Es inevitable. Tus palabras poéticas ruborizan a cualquiera. Paso por delante de sus narices, observándole con una ceja levantada y moviendo mis caderas en un andar de suaves vaivenes. —¿Te vas? —sus ojos me recorren con picardía. —Voy a la cocina a preparar algún bocadillo. Estoy famélic

