—Oye, pastelito... En serio, ¿me vas a dejar entrar? —reparo en el rizo dorado que cubre parte de su frente y su ojo izquierdo. No me había dado cuenta que me quedé absorta viéndolo sin verlo realmente. Con la mirada puesta en su rostro pero con la mente viajando lejos; muy lejos de aquí. —Perdón Kerem —sacudo suavemente la cabeza y me corro para darle espacio. —¿Te sientes bien? —me pregunta con la suspicacia que le caracteriza. —Yo... Eh —le dedico una sonrisa forzada—. Estoy bien. Me muestra un par de bolsas y me regala una de sus muecas llena de frescura y alegría. Kerem podrá ser el más serio y profesional abogado corporativo que pueda existir, pero en él jamás se pierde su esencia. Su barba rubia adornando desprolijamente su rostro, sus rizos tan dorados como el sol enm

