Artemisa
Sábado 7 de marzo de 2020
— ¿Estás segura? — me quedé pensativa mirando los parabrisas moverse de arriba abajo.
Akira se había adelantado a Italia para los preparativos de la llegada del nuevo jefe de la mafia rusia y no había podido darle una respuesta a su propuesta. Tenía que decidir, un sí o un no, así de simple.
Pero … ¿De verdad estoy segura?
Suspiré quitando mi cinturón y miré a Borgia.
— Es ahora o nunca — Luis apagó el auto y ambos salimos.
Akira era todos los antónimos de modesto, se había comprado un gimnasio enorme y solo él y sus hombros lo utilizaban, aparte de la villa exclusiva y demasiado costosa. Un desperdicio de dinero sabiendo que solo nos quedaremos por la reunión en la noche.
— ¡Espera! — Borgia tomó mi brazo antes de pasar el umbral — ¿De verdad estás segura? — miró a los dos hombres que custodiaban la entrada — te puedes arrepentir — solté mi brazo y le sonreí con cansancio.
— Posiblemente me arrepienta, solo tengo la esperanza de que no sea así — y sin más ingresé.
Empecé a buscarlo con la mirada. Reconocí a varios de sus hombres practicando alguna arte marcial, ejercitándose en alguna de las máquinas o limpiando el sudor de sus frentes.
La palabra “enorme” era pequeña para describir al gimnasio que ahora era posesión de la Yakuza con permiso de la ‘Ndrangheta y de Luis, Italia es su territorio y nada, absolutamente nada pasa desapercibido por él.
Lo seguí buscando y empecé a caminar entrándome al lugar, los hombres que ya me reconocían hacían una reverencia como saludo, algo normal en su cultura pero que me parecía demasiado exagerada. No soy dios y ni siquiera soy de la realeza o algo así para que se inclinen de esa forma.
En mi búsqueda paré en seco cuando lo vi de lejos, se me fue imposible abrir mis tanto mis ojos como mis labios, incluso mi garganta se secó ante la imagen que tenía en frente.
En una de las esquinas del gimnasio se hallaba un dojo con él y otros diez hombres rodeándolo. Akira se encontraba descalzo, con un pantalón blanco y ancho especial en las artes marciales, sus manos vendadas y su torso desnudo.
— Tu baba es visible a kilómetros — cerré la boca y tragué para mojar mi garganta.
Miré mal a Borgia el cual alzó sus manos divertido y se dio la vuelta hacia una de las máquinas.
Aproveché que se alejó para detallar a mi nuevo socio mucho mejor y ¡Oh por Dios!
Sus músculos estaban más que marcados, abdominales de oro, pectorales trabajados, una espalda y hombros anchos que los decoraba ese tatuaje de dragón lleno de color alrededor de un pez gris y apunto de morir aplastado por el cuerpo del dragón. Era un tatuaje un tanto perturbador a comparación de los de Ethan …
Cerré los ojos enojada conmigo mismas y suspiré abriéndolos para concentrarme no en su cuerpo sino en sus movimientos.
Akira había derribado no a uno sino a siete hombres de los que yacían de pie a su alrededor hace tan solo minutos. Sus movimientos eran limpios para mi poco conocimiento en artes marciales, su rapidez y fuerza me dejó asombrada. Sé lo que dicen de la Yakuza, temida con solo decir su nombre y sus negocios no eran bien vistos por nadie, pero sus hombres, o más bien su ejército son tan disciplinados que todo les sale bien, y eso, eso si da miedo.
Con un último movimiento Akira le hizo una llave con las piernas al último hombre en pie y hasta escuchar como se rendía no lo soltó. Al terminar hizo la misma reverencia de respeto y algunos se la devolvieron con la cabeza mientras se quejaban por los golpes de su jefe, al levantar la cabeza se sorprendió de verme allí y de inmediato una sonrisa iluminó su rostro.
— Pude haber enviado hombros por ti al aeropuerto — se acercó pasando una toallita por su nuca.
Antes de contestar tuve que dar otra mirada de su torso, ciertas gotitas de sudor recorrían de una forma tortuosa ese celestial cuerpo hasta pasar por su marcada V y perderse allí, en el cinturón del pantalón.
Levanté la mirada y con una sonrisa le contesté intentando alejar todo mal pensamiento pecaminoso de mi mente.
Ahora le daba la razón a mi madre, me hacía falta sexo.
— No te preocupes, me iré a arreglar para la reunión pero antes quería darte una respuesta — arrugó su entrecejo llevando sus manos a su cintura y tensando los músculos de sus brazos.
— ¿Respuesta? — asentí y apreté mi mandíbula.
— Si, pero ¿Podrías ponerte una camiseta por favor? — abrió sus ojos al caer en cuenta de cómo estaba.
— ¡Oh! Claro — se río — aunque debo decir que verla sonrojada y nerviosa es algo de disfrutar — ahora sí que me sonroje.
Aclaré mi garganta y me di la vuelta esperando que se pusiera algo y poderme concentrar en la difícil decisión que iba a tomar, aunque al verlo bien no creo que vaya a ser tan difícil.
— Que recuerde — habló mientras terminaba de cubrirse — en lo único que espero una respuesta es a mi propuesta de permitirme pasar mi vida junto a tan maravillosa mujer — se posicionó a mi lado y me giré comprobando que ya al menos su torso estaba cubierto dejando sus brazos al aire.
— Justamente es de eso — sus ojos brillaron expectantes — acepto — sonrío — solo con la condición de que la industria s****l baje — borró su sonrisa.
— Artemisa sabes que es imposible.
— Nada es imposible para un rey de la mafia.
— Es una industria, Artemisa, es uno de los negocios más rentables y de los que mejor se obtiene ganancias — negué.
— Akira — di un paso hacia adelante y su olor de una exquisita mezcla de sudor y colonia llegó a mí — no quiero estar relacionada con nadie que haga ver a la mujer como objetos ni las humille como si no valiéramos nada — él también dio otro paso acercándose más a mí.
Somos de la misma estatura así que nuestros ojos se conectaban a la perfección, sus ojos tan oscuros como la noche combinaban con su cabello alborotado, sus cejas y gruesas pestañas.
— Tú vales demasiado — me tomó de la mano.
— Y no solo yo, absolutamente todas — Akira dio un paso hacia atrás agachando la mirada.
— Lo siento — volvió a mirarme decidido — no puedo cumplir tu petición.
— Entonces yo no puedo casarme contigo — me giré y caminé con dirección a la salida sin mirar atrás.
Luis apenas me vio entrecerró los ojos y esperó a que llegara hasta él para luego ambos salir.
La brisa aún caía pero ya se empezaba a sentir el calor del verano que se aproximaba.
— ¿Y qué tal fue? ¿Celebraremos una gran boda? — ahora fue mi turno de entrecerrar mis ojos.
— Se nota que quieres que me case — empecé a caminar hacia el auto.
— ¡Claro! Ya quiero ser tío — paré en seco.
— ¿Qué? ¿Por qué todos quieren que tenga un hijo?
— ¿Para que te distraigas un poco? — alcé una ceja.
— Eso no distrae, eso ocupa más tiempo — Luis se río.
— Yo lo único que quiero es que no te cases con él — empecé a caminar de nuevo.
— No te preocupes — puse mi mano en la manija — no creo que … — me interrumpió su llamado desesperado.
— ¡Artemisa! — corrió hacia mí — esta bien — solté la manija y me giré para estar de frente — haré lo que sea, incluso si tengo que atravesar el inframundo lo haré por ti — alcé mis cejas sorprendidas.
La verdad no me lo esperaba.
— Esta … bien — sonreí sin mostrar mis dientes — entonces … acepto casarme — él sonrío y me abrazó.
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Acomodé mi falda y di un último vistazo al espejo. Mi cabello ondulado, el vestido hermoso color rosa pálido strapless y con mucho brillos desde el busto hasta el final de mi falda plisada la cual caía desde mi cintura y llegaba hasta el piso, así podría usar baletas o nadie sabría que no tengo tacones, o al menos esperaba que nadie se diera cuenta.
Salí de mi habitación del hotel resguardada por cuatro de mis hombres en dirección al parqueadero. Allí tres camionetas nos esperaban y recostado en la segunda de ella se encontraba Borgia con los brazos cruzados forzando al pobre esmoquin a no romperse por sus inmensos músculos.
— No te ves tan mal — sonrió con suficiencia.
— Me veo como el puto amo — me reí al escucharlo hablar español — y a ti te falta esto para verte como la reina que eres — me tendió unos tacones.
— No — él asintió.
— No vamos a ir a cenar con amigos — me puso los tacones en la mano — acostúmbrate a usarlos, no es difícil — voltee los ojos.
— ¿Lo dices porque ya los has usado? — me hizo morisquetas y riéndome entre al auto.
En el camino me explicó que Akira se adelantó para ingresar antes que los invitados y no tener que dar explicaciones de nada, Ivanov había cumplido y solo llegó con un hombre como guardaespaldas, seguía teniendo esa máscara e incluso sus manos enguantadas, por lo que se había hecho imposible recolectar alguna huella que nos ayudara a reconocerlo. Además de las extensas explicaciones de la alta seguridad del lugar yo lo maldecía por obligarme a portar estos fastidiosos tacones, hermosos, pero fastidiosos.
Al llegar Carlos abrió mi puerta sonriente. No podía negar que tenía el mejor abogado del mundo.
— Que felicidad verla por acá reina — salí del auto con sumo cuidado.
— ¿Cómo estás Carlo? Recuerda que no todos saben quién es la que manda ahora así que solo dime Artemisa — sonrío.
— Siempre me ha pedido eso pero creo que será imposible — me ofreció su brazo y tomándolo ingresamos.
Conocía a pocas personas ya que la mayoría eran artistas, y en ese mundo no teníamos negocios.
— Los caballeros ya están esperándola en la planta inferior pero primero quiero presentarte a alguien — asentí — ¡Oh! Allí viene — señaló a la pareja que bajaban las escalas.
Una chica con una sonrisa sincera y la copia más joven que mi abogado.
— Así que ella es su hermana — asintió con tristeza.
— Pero aún no lo sabe y la trata como tal — nos acercamos no sin antes notar como Borgia se había quedado callado y sin apartar los ojos de la chica.
— ¡Pequeña! — ambos se saludaron efusivos intercambiando palabras de cariño — quiero presentarte a alguien, ella es Artemisa Steele, gerente de una empresa de tecnología en Alemania, mi jefa y la mayor benefactora de tu fundación — alzó su mano y la tomé evaluándola.
— Un placer Artemisa, mi nombre es Celeste — sonreí dándole el visto bueno.
Gracias a mi entrenamiento en las agencias, mi nuevo empleo como reina por así decirlo y como negociantes era experta en saber quién tiene un buen corazón y un alma pura o quien está tan podrido como nosotros.
— El placer es todo mío, Carlo me contado baste sobre vosotros — miré a Alessandro quien ya había tenido contacto antes al solucionar un problema que tenía con un móvil — ¿Cómo estás Aless? — este sonrío.
— No mejor que usted reina — Carlo tosió como advertencia para su hijo — me disculpo — agachó la cabeza sonrojado.
— No hay problema — moví mis manos para restarle importancia y para mermar su incomodidad cambié de tema — él es Luis Borgia, mi socio — asintió para ambos admirando y sonriendo a la chica.
— Celeste — llamé su atención para aumentar la curiosidad en Borgia — me contaron que el estudio de cinco años lo hiciste en uno, eso es … de admirar.
— Aún me queda un año, digamos que adelanté la teoría y ahora voy a la práctica, pero muchas gracias — sencilla … me gusta.
— Hace mucho me habían invitado a un concierto de piano — recordé las invitaciones donde recibiría la propuesta de matrimonio, ¡Dios! Otra vez torturándome — la invitación llegó un poco tarde pero … — suspiré — espero escucharte tocar – asintió.
— Estaría encantada — a lo lejos algo llamó mi atención que me hizo arrugar mi entrecejo.
Como dije, con solo una mirada, una palabra, un movimiento podría percibir que tan sincero era alguien, y la mirada altiva de la mujer que se acercaba no me dio buena espina, y al poco tiempo entendí el por qué.
— Damas, caballeros — llamó la atención el hijo de mi abogado presentando a Celeste.
— Ahora entiendo el favor que me pediste hace un tiempo — Carlo asintió a mis palabras.
— Esa chica ha sufrido bastante y mi hijo es la representación del dicho “la sangre llama para proteger a los suyos”.
— Deberías decirle — negó.
— No es mi secreto — volví mi atención a los chicos no sin antes mirar a Borgia.
— Esto no puede ser verdad — la falsa mujer volvió a mirarla como si fuera poca cosa y ya empezaba a cabrearme.
— Te felicito nuevamente, y si necesitas sacar a alguien de tu evento — miré la mujer directamente a los ojos — mis hombres están a tu disposición — asintió con timidez — con permiso — y me retiré con Carlo al sentir que había perdido bastante tiempo.
Cuando íbamos a empezar a bajar a la planta inferior me percaté que Borgia había quedado bastantes pasos atrás de nosotros.
— Ni siquiera lo pienses Luis — Carlo le advirtió.
— ¿Qué? Yo no he hecho nada — me reí.
— Fue demasiado evidente estúpido Luis — me volvió a hacer morisquetas — pero es una niña y está demasiado lejos para ti — mi abogado asintió.
— Lo sé — suspiró — a leguas se ve que es demasiado buena para toda esta mierda — señaló la planta inferior.
— Vamos — lo tomé de la mano y empezamos a bajar.
El lugar parecía sacado de El Padrino de Mario Puzo, pero un tanto exagerado con el hombre enmascarado.
— Caballeros — saludé en general sin dejar de ver al enmascarado.
— Reina — respondieron todos al unísono excepto él.
Mientras Akira sacaba el asiento para mí podía sentir como detrás de esa máscara había algo que me atraía y eso no me gustaba, no me gustaba ver lo que tenía al frente y menos no poder dejar de verlo, así como él o ella … no, él, tampoco dejaba de verme a mí.
— Es un placer conocer por fin a la nueva Reina de la ‘Ndrangheta — separé mi vista de su guardaespaldas al nuevo jefe ruso — y además la gran hacker de Europa — intenté disimular como mi cuerpo se tensó con solo escuchar eso — mucho gusto — se puso de pie — mi nombre es Damien Ivanov — llevó su mano a su pecho y reverenció — el nuevo líder de la Bratvá.
Volví a bajar mi mirada al enmascarado. Solo podía verle el cabello y el cuello, de resto, solo era una máscara, unos guantes y un traje oscuro.