Lo Firmé con el Corazón Roto
MAYA
La puerta se abrió de golpe. Me giré, y ahí estaba él. Elías. Y no venía solo. Traía una tipa pegada a su brazo, vestida como si acabara de salir de una película porno.
—¿Y esta tipa quién carajos es? —le solté, el corazón aporreándome el pecho.
Elías me miró con esa sonrisa torcida que siempre me dio mala espina, pero esta vez... esta vez me heló todo por dentro.
—Ella es mi nuevo pasatiempo —me dijo como si nada—. Ya me cansé de ti, Maya.
Me quedé muda, con los ojos llenos de lágrimas y la garganta hecha nudo. ¿Así tan fácil? ¿Después de todo?
La tipa se rió con descaro. Se enredó un mechón de pelo en el dedo y me miró como si yo fuera alguien insignificante.
—Hola, linda —me dijo con voz de gata falsa—. Elías dice que no te importa compartir.
Compartir. ¿Así le llaman ahora?
Tuve que sostenerme de la ventana porque sentí que el piso se me movía. Las manos me temblaban como si me hubiera metido en una pesadilla.
—Elías... soy tu esposa.
—¿Mi esposa? —se burló, con una carcajada seca—. Nunca lo fuiste. Solo eras un estorbo que ya no quiero ver más.
Y la tipa, como si nada, se rió otra vez.
Él la abrazó, le pasó el brazo por la cintura como si yo fuera invisible.
—Lárgate de mi cuarto. Tengo mejores cosas que hacer.
Me dolió. No como una herida. Peor. Como si me hubieran arrancado algo de adentro.
Me fui sin decir nada más. Caminé como zombi hasta la mesa del comedor, donde estaban los papeles del divorcio. Los vi ahí, esperándome, como si supieran que este momento iba a llegar.
Agarré el bolígrafo con los dedos temblorosos, firmé mi nombre. Me quité el anillo. Lo dejé encima, sin mirar atrás.
Ya estuvo. Se acabó.
Él se quedó con su “juguete”.
Yo... con mi dignidad hecha pedazos.
*
Hace siete años que dejé de torturarme por Elías. Al principio fue una pesadilla, se me iba el aire solo de pensarlo. Mi rutina giraba en torno a él: amanecía con su nombre en la cabeza y me dormía igual. Qué tonta fui, persiguiendo a alguien que ni se molestaba en mirar atrás. Me dolió aceptarlo, pero me liberé.
Ahora mi vida gira en torno a alguien que sí vale la pena: mi hija. Ella es mi todo.
Poco después de firmar el divorcio, agarré mis maletas y me largué a Nueva York. Conseguí un trabajo como editora, y la distancia de Elías era justo lo que necesitaba. Unas semanas después de mudarme, me enteré de que estaba embarazada. Y ahí todo cambió. Antes solo sobrevivía… después, volví a vivir. Por eso le puse Alma.
Alma me enseñó lo que realmente significa estar viva. Aunque la vida se ponga oscura, siempre hay una lucecita. Ella es la mía. Criarla sola no ha sido pan comido, pero ha valido cada desvelo, cada lágrima.
Ahora estoy aquí, sentada frente al escritorio, escribiendo en mi diario como siempre. Es mi escape, mi terapia.
—Mamá… —escucho su vocecita desde el cuarto. Y se me dibuja una sonrisa sin pensarlo.
Me doy vuelta y ahí está: despeinada, medio dormida, abrazando a su conejito de peluche, Buni, como si fuera un tesoro.
Me acerco y me siento a su lado.
—Buenos días, mi amor —le digo mientras la envuelvo en un abrazo y le beso la cabeza.
Ella se frota los ojitos y me responde con esa vocecita que derrite:
—Buenos días, mamá…
Se acurruca en mi regazo, con la cabeza sobre mi pecho.
—Soñé con mi papá —susurra—. Dijo que pronto vendrá por mí.
Me congelo. ¿Cómo le explico que ese hombre ni sabe que ella existe? Y sinceramente, prefiero que no lo sepa nunca. No me arriesgo a perderla por nada del mundo.
Le acaricio la carita con suavidad.
—Mi amor, tu papá está muy lejos… no puede venir —le digo, tratando de sonar tranquila, aunque por dentro se me revuelve el alma.
—Pero él dijo que sí —insiste con una carita tan triste que me parte.
Alma es la mezcla perfecta entre Elías y yo. Tiene sus ojos azules que hipnotizan, y mi melena rubia. A veces me basta mirarla para que los recuerdos me sacudan. Pero me toca ser fuerte.
No quiero que se quede enganchada en eso, así que cambio de tema.
—¿Sabes qué, princesa? Hoy tengo una sorpresa para ti —le digo mientras le acaricio el pelo.
Sus ojitos se agrandan, curiosa.
—¿Qué es, mami?
Gracias a Dios, está funcionando.
—Hoy vamos a hacer lo que más te gusta —le digo, sonriendo.
—¿Pintar? —pregunta, abrazando fuerte a Buni.
—Sí, mi amor. Vamos a pintar juntas.
Se le ilumina la cara y salta sobre la cama, emocionada.
—¡Vamos!
No puedo evitar reírme. Me encanta su energía.
—Pero primero, a lavarte los dientes y a desayunar conmigo, ¿sí?
—Ok, mamá —dice, dándome un beso en la mejilla.
*
Estoy tirada en la cama, medio recostada, mirando cómo Alma está toda concentrada en su mundo de colores. Sentada en el suelo, rodeada de pinturas, pinceles y una bandejita llena de desastre, parece más que esté haciendo una obra maestra en su carita y ropa que en el papel. Pero verla así, tan metida en lo suyo, me derrite.
Vivimos las dos solas en un departamentito que alquilamos. Pequeño pero nuestro. Desde que nació Alma, dejé mi trabajo porque ella me necesitaba a tiempo completo. No fue fácil, para nada. Había días en que no sabía cómo iba a pagar la renta, pero Ella, una amiga que hice en mi antiguo trabajo, me echó una mano cuando más lo necesitaba. De a poco me fui haciendo redactora freelance en internet, y ya van tres años que vivo de eso. No me quejo, me va bien, pero últimamente he estado pensando en buscar algo más fijo, con un sueldo estable. Alma está creciendo, y con ella, todo: los gastos, las necesidades, los sueños. Y quiero darle lo mejor.
La veo y se me va todo el estrés. Es como un rayito de sol. Puedo estar hecha un nudo por dentro, pero con solo verla, se me afloja todo y me saca una sonrisa sin esfuerzo.
Su pelo es un caso aparte. Siempre suelto, siempre cayéndole en la cara, y ella haciendo pucheros para apartárselo. No le gusta que se lo ate, dice que así se siente más libre. Terca como ella sola. Pero bueno, ¿de quién lo habrá sacado, no?
Me acerco para recogerle el pelo y me frena con su vocecita:
—Mamá, no me hagas coleta. Ya sabes que me gusta suelto.
—Pero te está molestando, mi amor —le digo mientras igual le ato una coleta rapidita—. Cuando termines de pintar, te lo dejo suelto otra vez. ¿Trato hecho?
—Trato —responde, con esa vocecita dulce, y la colita le rebota mientras habla. Le planto un beso en la cabeza, y me derrite otra vez.
Mientras voy recogiendo un poco el desastre, me grita emocionada:
—¡Mamá, mira! —y me enseña su dibujo: dos flores, una rosada y otra roja.
—¡Qué hermoso, mi vida! Te quedó precioso —le digo sincera, y su cara se ilumina.
—¡Gracias, mami! —salta a mi regazo y me abraza fuerte, toda manchada de pintura. Me agarra la cara con esas manitos llenas de colores y me da un besito en los labios, dejando mi cara marcada como una paleta.
Pero no me molesta. Al contrario. La abrazo más fuerte y le lleno las mejillas de besos. Porque en ese momento, no existe nada más importante en el mundo que ella.
*
ALMA
Voy sentada atrás en el taxi, pegada a mi mamá. Mis piernitas no tocan el piso, solo se mecen en el aire. Cada vez que vamos camino al cole, se me aprieta el pecho. No quiero soltarla. Quisiera que me llevara con ella a donde fuera, todo el día.
—¿Por qué uno tiene que ir al cole, mamá? —le pregunto con cara triste.
—Mi amor, solo son unas horitas —me dice con una sonrisa suave, agarrándome la mano. Yo le aprieto fuerte.
—Alma te extraña un montón cuando está allá adentro —le digo, haciendo un puchero.
—Y mamá también te extraña, mi princesa —me dice, mientras me acomoda un pelito rebelde detrás de la oreja.
—Entonces, ¿por qué no me puedo quedar contigo? —le digo medio enojada.
—Porque vas a aprender muchas cosas lindas, vas a jugar y a hacer nuevos amiguitos —me contesta, pasándome la mano por el pelo.
Cuando el coche se detiene frente al cole, me entra la rabia. Ya sabía que este momento iba a llegar, pero igual me agarra de sorpresa.
—No pongas esa carita, mi amor —dice, mientras me acomoda el uniforme. —Va a pasar rápido, ya verás.
—Pero es que contigo la paso mejor —le digo bajito.
—Yo también contigo, mi reina —y me da un beso en la frente.
Se baja y me ayuda a salir. Me carga un momento más, como si también le costara soltarme. Ya frente a mi salón, se agacha para quedar a mi altura.
—Voy a estar esperando cuando salgas. Disfruta, ¿sí? —me dice, sujetándome la carita entre sus manos antes de colgarme la mochila.
—Te amo, mamá —le digo, apretándola con fuerza por el cuello.
—Y yo te amo más, mi niña —me responde con un abrazo.
Nos soltamos y se va con una sonrisa grande. Yo le mando un beso con la mano y ella me devuelve otro en el aire.
En el salón veo a otros niños. Unos lloran, otros se aferran a sus papás. La profe Laura ya me espera. Se agacha, me sonríe y me saluda.
*
Todo el día pienso en mamá. Cuando suena el timbre final, siento un enorme alivio.
—¡Ya voy contigo, mami! —grito feliz mientras me cuelgo la mochila.
Salgo con la profe y los demás niños. Mis ojos buscan entre la gente… pero no la veo.
—Hoy se tardó —murmuro bajito, sintiendo un huequito en la panza.
Y justo ahí la veo. La furgoneta de los helados. Se me iluminan los ojos y se me hace agua la boca. Camino sin pensar, siguiendo el olor dulce… hasta que un hombre raro se me cruza de repente. Me empuja un poco. Me freno en seco, el corazón me late fuerte.