—¡Suéltame!—grito mientras mis piernas se mueven una vez que tocan el suelo. Sus manos luchan contra las mías en una pelea por no separarme—¡No me toques! ¡Suéltame!
Mi mano va a chocar contra su mejilla en un intento desesperado por alejarme. Las tinieblas que lo envuelven lo dejan sobre el suelo, atónito por mi osadía. Yo retrocedo tanto como puedo en medio de la oscuridad del lugar. Y al hacerlo mi pierna choca contra algo puntiagudo y yo caigo. No distingo nada más que el dolor apoderándose de mis nervios, la falta de oxígeno por haber saltado en el vacío. Ya me había olvidado lo que se sentía aquello.
Scott, o quien quiera que sea, me sujeta fuerte de los brazos contra mi voluntad. Me levanta así sin más, como si yo fuese una pluma. Luego me sienta contra una superficie suave. Y allí lo comprendo. Lo entiendo. Estamos en una habitación. De la ventana se escucha la música, los gritos de los demás. Seguimos en la fiesta, dentro de la cabaña.
Las manos de Scott se envuelven en la mía. Y al sentirlo, actúo de la peor manera posible. Me subo a la cama y llego hasta el cabezal, en donde me quedo allí mirando a la oscuridad, a esos ojos verdes que relucen. De pronto solo somos nosotros dos, la fiesta desaparece, todo lo demás se ahoga en un silencio abrupto. Él se mueve, lo siento porque todo mi cuerpo le responde como nunca antes, porque la quemazón allí en la muñeca en donde tengo el estigma duele como la puta madre. Va hacia la ventana y las cortinas se bajan. La luz se prende y una ola de silencio total nos invade.
Scott está parado de espaldas a mí. Mira la ventana, con los brazos apoyados en el sobresalir de ella. Va con la cabeza baja, aunque puedo ver el cabello en la nuca, las puntas de sus tatuajes que se ven por debajo de esa ropa negra que trae puesta. Me mira de reojo entonces, y veo el aro que le decora el labio inferior, el costado de la cabeza rapado como siempre. Sin embargo, hay algo nuevo en él. Posee un mini tatuaje en el cuello, por debajo de la oreja. Es un dibujo de una espada a la que la envuelve una frase en otro idioma.
Sus ojos verdes me miran de reojo, aunque no hay ninguna pizca de humanidad en ellos. Su espalda es ancha, un cambio que se nota. Y al voltearse por completo para cruzarse de brazos y verme como si yo fuese un animal en cautiverio, algo de diversión pasa por su mirada.
Después de todo, le doy la razón a Stacy esta vez. Él está aquí. Él le dio su collar. ¿Por qué?
—Empecemos por esto—pronuncia con una voz grave, susurrante. Levanta un dedo, el dedo índice—Dame un motivo por el cual no deba partirle la cara a ese humano—me quedo en silencio. Y ante eso, avanza un paso despegándose de la ventana—Dime…
—Si das un paso más—digo yo y él se detiene—Gritaré.
Scott sonríe. Es una sonrisa de aquellas que me muestra lo malvado que puede llegar a ser y, al mismo tiempo, lo sexy y seductor que lo vuelve. Me maldigo por aquello, porque a mi cuerpo llega una subida de calor.
Hace caso omiso de mi advertencia. Reduce la distancia entre nosotros y queda de frente a la cama, a metros de mí. Su presencia es notoria, hace que toda la habitación se sienta pequeña. En cuanto apoya una mano sobre el colchón, actúo rápido: salgo corriendo directo a la puerta cerrada. Tomo el pomo entre mis manos y lo giro para que se abra. Estoy a punto de salir, de desaparecer de su lado. Empero, con una fuerza superior a la mía, apoya una mano contra la madera y la puerta se cierra con un golpe seco. No me atrevo a darme vuelta. Si lo miro a los ojos todo rastro de enojo y furia en mí se desvanecerá. Me olvidaré por completo de lo mucho que lo odio, de cuánto lo aborrezco.
Su cuerpo choca contra el mío, todavía con una mano contra la puerta, limitando mi única salida posible. Siento su aliento contra mi oído, a menta y a algo más que me obliga a cerrar los ojos. El corazón me galopa a mil kilómetros por hora, mi piel se pone sensible entonces, como cuando te pinchan con una aguja y sientes el pinchazo por el cuerpo. Siento sus dedos tocar mi cabello, apartarlo de los hombros y soplarme en el cuello. Yo me muevo, dispuesta a huír de su agarre, aunque todo lo que provoco es que su pecho pegue contra mi espalda.
—No me toques—susurro yo, rogando, con los ojos cerrados. Sin poder contener la sed de su piel que poseo—Por favor—eso sale más como una invitación, que otra cosa.
—¿Qué pasó con eso de no debes parar ahora?—susurra también contra mi oreja, recordando las palabras que una vez le dije. No respondo ante eso, y toma mi brazo para girarme. Mantengo los ojos cerrados todavía, sintiendo su mano subir por la piel de mi rostro, haciéndome cosquillas, quemándome allí en donde deja su rastro—Mírame.
Sus dedos rozan entonces mis labios, por la comisura de la boca. Tira del inferior hacia abajo, mandando electricidad por zonas oscuras de mi cuerpo. Yo suspiro, dejo escapar el aire. Y él lo disfruta.
—Por favor—suplica.
Sus ojos se conectan con los míos, como si fuese la primera vez que lo hago. Me recuerda a cuando lo conocí, sentados allí en uno de los canteros de casa, cuando pensé de entrada que era lo más sexy que vi en la vida. Y no retracto de aquello. Entonces todo lo que pasamos juntos recorre mi cabeza, mis pensamientos, mi cuerpo. Absolutamente todo me golpea de frente, los sentimientos, los instantes de pasión, los peligros. Y no sé porqué, tal vez me doy cuenta ahora que cuando decía que no lo necesitaba, que cuando él se fue y me dejó sola, estaba mejor así. Pero nada de eso fue cierto. Siempre quise mantenerlo alejado, sus recuerdos, el cómo se sentía que tocase mi piel, el cómo hacía palpitar a mi corazón incluso cuando no quería sentir nada por él. Ahora me doy cuenta que todo eso fue nada más ni nada menos que una manera de no extrañarlo.
Aquí y ahora, en un pasado, en el presente o en un futuro...siempre voy a necesitar de Scott.
Me limpia con un dedo las lágrimas que no sabía que dejé libres. Me mira los labios cuando me los muerdo para no llorar más de lo que ya lo hago.
—Dime qué piensas—susurra.
Y yo contesto con el nudo en la garganta:
—No deberías estar aquí.
—¿Por qué no?
—Porque…porque no—me toma de la barbilla y me obliga a mirarlo de nuevo. Las defensas se esfuman de mi mente. Y me quiebro. Lloro y no me siento mal por aquello. ¿Desde cuándo tengo que sentir pena por esto?—Porque tienes que mantenerte alejado de mí. Sigue haciendo lo que hiciste todo este tiempo.
No me responde a la primera. Sino que sus ojos no dejan los míos.
—Tuve que hacerlo—pronuncia y eso me parte el corazón. Lo empujo con todas las fuerzas posibles y él se tambalea hacia atrás—Sabes que lo siento.
—Mentira—alzo la voz—¡Tú nunca sientes nada! ¡Vete, no quiero verte, Scott!
Avanza de nuevo. Vuelvo a empujarlo. Nos internamos en una lucha de empujones y gritos, en donde yo le tiro toda la mierda que hizo, desde haberse ido sin decir adiós, hasta volver ahora y tocarme como si no haya pasado nada entre ambos. Como si no me hubiese despedazado.
—Escucha...escúchame, por favor—intenta hablar él.
—¡No te voy a escuchar una mierda!—alcanzo a tomar un objeto duro y se lo lanzo. Sé que debo parecer una loca desquiciada en este momento, pero no me importa. Él se fue. Me dejó—¡Vete!
Esquiva lo que le tiro. Un trofeo, lapiceras, almohadas...hasta que se cansa y solo con un paso basta para que una energía poderosa se expanda como ondas por nuestro alrededor. Y lo siento, siento ese poder que nunca antes había sentido provenir de su cuerpo. Dejo caer el peluche que estuve a punto de lanzarle. Scott estira un brazo hacia mí y mi cuerpo se alza en el aire y de un solo movimiento me atrae a sus brazos y me abraza como si me necesitara. Como si hubiese sido capaz de olvidar lo que pasó, que se fue y me dejó, que me olvidó. Y yo no puedo oponer resistencia a su tacto, a su olor, a su colonia agridulce. Cierro los ojos y me permito disfrutar de eso.
—Sabes que tuve que hacerlo—susurra—Sabes que no pertenezco al mundo humano. Con la muerte de mi hermano todo se echó a perder. Las puertas del Infierno están abiertas, Blas.
—¿Qué significa….eso?
—El mundo humano puede acabarse. Todo lo que conoces ahora, a todos los que alguna vez pudiste conocer...amigos, familiares, conocidos...pueden morir si no hago algo—se desprende de mí y me toma el rostro con las dos manos. En su mirada noto preocupación, dolor. Agonía. Y susurra:—No podía dejarte aquí sabiendo el peligro que corres.
—Scott…
—No lo entiendes. Estoy dispuesto a perder cualquier cosa, ¿me escuchas? Cualquier cosa. Menos a tí. No puedo perderte, Blas.
Mi corazón se salta un latido.
—Pensé que no querías verme—confiezo—Que después de acostarte conmigo, de haber jugado…pensé que no iba a volver a verte.
—Tuve que hacerlo—repite—No por mí. Las cosas están mal, muy mal. Tuve que renunciar a la mayor parte de mis planes. Esto no es un juego.
—¿Qué quieres decir…?
Pega la frente contra la mía. Deja escapar un suspiro.
—No iré al Cielo. Renuncié a eso, a ser un ángel. A estar con Sarah.
—¿Por qué?
—No puedo dejarte aquí. No puedo subir sabiendo que tal vez no te volveré a ver, que a lo mejor ser un ángel no es lo que pensé que sería—se aleja un poco solo para decir—Si encuentran las llaves del Cielo, entonces todo se irá a la mierda. Demonios, muerte, sangre...ángeles muertos, los Caballeros del Infierno harán sonar las campanas del Apocalipsis. Y créeme, he vivido bastante como para decirte que no se los puede derrotar tan fácilmente.
Me separo de él y trato de darle una explicación a lo que me dice. ¿Por qué me suena tanto las llaves del Cielo…?
Llaman a la puerta. Scott se mueve rápido, con un simple movimiento de su cuerpo la luz se apaga. Mi celular comienza a sonar. Mierda, Aaron me llama. Sin embargo, Scott a mi lado hace que se detenga. Y sin previo aviso, la puerta se abre de un golpe y allí aparece Aaron. Me mira a mí y luego a Scott. Extiende el brazo hacia él y avanza.
—Blas, aléjate del él.
Scott sonríe a mi lado.
—Estaba a punto de ir a buscarte—dice luego.