—Blas…ven aquí—me pide Aaron.
Y sin saberlo me quedo entre medio de ambos. Mierda. Scott avanza hacia mí, achinando los ojos para verlo mejor.
—¿De dónde sacaste ese collar, humano?
—No te lo repito más, Blas. Aléjate del demonio ahora.
Scott vuelve a avanzar. Toma mi mano en un intento por alejarme de Aaron, pero las cosas terminan muy mal. Él dice algo en otro idioma que no reconozco y Scott sale volando por la ventana. La fuerza del impacto es tan fuerte que el cristal se rompe, se abre un agujero allí y en seguida salgo al trote para ver en dónde ha caído Scott. Abajo, la gente se aleja de la ventana y mira hacia aquí preguntándose qué ha sido eso.
Aaron me aleja, me toma de la muñeca y tira de mí hacia afuera. Me arrastra directo a las escaleras, bajamos rápido trastabillando.
—Sabía que era él—susurra rápido—Lo sabía, sentía su poder. Lo sentía en tí.
—¿En mí?
—Es fácil saber cuando alguien tiene contacto con demonios. Y no con cualquiera. Supe desde un principio que tú no eras igual a los demás…—llegamos al primer piso y me guía hacia la salida entre la gente que baila, que nos empuja y que nos dice maldiciones por chocarnos contra ellos—Y cuando vi el estigma en tu piel, pensé...vaya, no es lo que parece. Y creí que a lo mejor, si te convencía de formar equipo conmigo, las cosas estarían a mi favor…
Llegamos al gran bosque. Me detengo allí, me suelto de él. Aaron me mira con sorpresa, el sudor le cae por la frente, tiene un corte en el pecho, por el lado de las costillas que tapa con una mano.
—¿A qué te refieres?
—Es obvio—dice por encima de la música y añade con una sonrisa:—Todo el mundo conoce el rumor de que uno de los hijos del diablo se enamoró de su presa. Estaba pensando en que tal vez, tú debiste serlo. Vamos, conoces a Luhan, sabes de este mundo...fuiste tú quien mató a Xander….
—Yo no maté a nadie.
—¿Entonces?
—Fue Scott—lanza una carcajada, como si fuera un chiste—Lo hizo para salvarnos.
—Scott es un demonio—dice con asco—Y yo no confío en ellos. Sabes bien de lo que son capaces.
—Sí-retrocedo—Y por eso no dejaré que le hagas daño.
—¿De qué hablas? Blas, si vas con él no esperes una cita romántica a la luz de las velas. Esto no es un cuento de hadas. Y él no es tu príncipe azul. ¡Son los hijos del, por Dios!—grita tomándose la cabeza—¡No puedes confiar en ellos!
—No voy a ir contigo, Aaron. Lo siento.
Deja caer los brazos a los lados de su cuerpo. Niega con la cabeza. Pero viene hacia mí. Sin embargo, un cuerpo se interpone entre nosotros.
—Ya la escuchaste, Exorcista—dice Scott y avanza hacia él—No irá contigo.
—No te tengo miedo.
—¿No? Pues deberías. Si me conoces tan bien, si sabes quién soy….entonces también sabes de lo que soy capaz.
Aaron se abalanza contra él. En un intento por impedir una pelea, las cosas se me salen de control. Le grito a Scott que se detenga, que esto no debe pasar. Sin embargo, las personas ya están gritando a coro “pelea, pelea” y lo único que puedo hacer es hacerme a un lado. Observo cómo Scott no usa sus poderes, claro. Es tan precavido en una fiesta humana...sin embargo, Aaron golpea con firmeza, con movimientos de lucha que conoce a la perfección. Un golpe aquí, otro por allá….
Escucho mi nombre por algún lado. Veo a Audrey a lo lejos, entre la multitud tratando de abrirse paso. Me toma del brazo para alejarme del tumulto de gente, aunque se queda mirando lo que sucede. Y al ver a Scott de nuevo allí, intenta decir algo, pero los gritos vienen y van y yo ya estoy tomando el celular para marcar al 911. Sin embargo, aquello no es necesario, porque las sirenas a lo lejos comienzan a sonar y todo el mundo corre descontrolada en busca de una salida. Observo a Scott allí, sosteniendo a Aaron por el cuello contra una de las paredes de la casa. Aaron parece haberle dicho algo, aunque no lo escucho. Intento ir por ellos, mas Audrey tira de mí directo a la salida.
—¡Tenemos que irnos, Blas! ¡Ahora!
Y muy a mi pesar, dejando que el cazador y la presa arreglen sus diferencias, salgo corriendo con Audrey.
??
—¿Qué fue eso?—pregunta Audrey, tomando la primera salida para bajar de la autopista—¿Qué carajos está pasando?
—Solo conduce, ¿quieres?
—¿Por qué Aaron…? ¿Por qué Scott…?—se interrumpe sola con otra y otra pregunta—¿Qué…?
Tomo el volante por ella e intento doblar hacia la derecha en una vuelta cerrada. Sin embargo, el movimiento me sale mal y el auto de al lado termina por tocarnos bocina. Audrey maldice, me aleja del volante.
—¡Juro que si no me dices lo que está pasando, dejo de ser tu amiga!—grita tan fuerte y súbitamente que me toma por sorpresa. Me quedo allí, en el asiento lo más quieta posible mientras la escucho hablar—Sabía que tramabas algo...quiero decir...últimamente estabas fuera de tí. ¿Creíste que no me daría cuenta…?
—Audrey…
—...era demasiado extraño que esto fluyera sin inconvenientes. Me dijiste que no estabas teniendo esas pesadillas, que pudiste olvidarlo luego de que, ya sabes...y ahora lo veo aquí.
—¡Si me dejaras hablar podría explicarte!
—¡Nunca me dices nada!—grita ella y yo me mantengo en el asiento, mirándola de reojo—¡Tengo que luchar para sacarte las palabras de la boca! A veces creo que no confías suficiente en mí. Que después de lo que pasó...no querías hablarme más.
—¿De qué estás hablas?—pregunto.
Y Audrey llora. Eso me sorprende. En la vida solo la vi llorar dos veces. Cuando su primer novio la dejó, y cuando su gato murió.
Estaciona el auto frente a casa en cuanto llegamos. No me doy cuenta de eso, no hasta que Audrey apaga el motor. Se limpia las lágrimas con las manos temblando.
—Ya sabes de qué—exclama— Siento haber sido yo la que lo delató. Pensé que si...que si se iba, las cosas volverían a ser como antes. Por eso le dije a la poli que era él. No me culpes por tratar de buscar tu felicidad al apartarte de Scott….
Me acerco a ella y la abrazo. Mi cuerpo queda sobre encima del freno de mano. Audrey también me abraza, llora dejando escapar todo lo que siente ahora, todo por lo que se sentía culpable.
—Nunca podría odiarte. ¿Piensas que Scott me importa más que tú? ¿Que...que puedo ser capaz de cambiarte por un simple chico…? Bueno, por alguien como él…—Audrey se saca las lágrimas—No te odio, ¿si? Lo que hiciste estuvo bien.
—Pero yo…
—Pero nada. Tú y yo somos hermanas. Y la familia va por encima de cualquier chico. De cualquier otra cosa, Audrey. ¿Entiendes?—asiente con la cabeza—Ven aquí…
Nos abrazamos fuerte. De esos abrazos que dicen todo y nada a la vez. Quiero a Audrey con el alma. Y si no le digo lo que ocurre, no es porque no confíe en ella. Es porque tengo tanto miedo de perderla que involucrarla más en este problema sería la perdición. Dejo que vuelva a su casa. Son las cinco de la mañana cuando me acuesto en la cama. Una vez más, las cosas se salen de control. No me preocupa el saber que mamá se sorprenderá al verme aquí y no en lo de Audrey, como le dije, sino que lo más importante ahora es saber qué es lo que trama Scott.
Llaves, caballeros, el fin del mundo...lo que me dijo esta noche se rebobina una y mil veces dentro de mi cabeza. Decido que darme una ducha será lo mejor que pueda hacer. Para cuando termino y me envuelvo en la toalla, son las seis menos cuarto de la mañana. Allí fuera, todavía se mantiene a oscuras. Camino por el cuarto desastroso, lleno de ropa por doquier, buscando las pantis limpias que doblé esta mañana junto con las remeras que preparé para la facultad.
Estoy revisando los cajones de ropa interior en cuanto siento una suave caricia recorrer mis hombros. Me doy vuelta sin vacilar, dándole la espalda al placard. Mi pecho sube y baja con rapidez, la piel se me eriza y el extraño calor sube desde mis piernas hasta mis mejillas. Scott no me mira a los ojos, sino que posa la vista en la piel de mis hombros a medida que recoge un mechón mojado. Observo sus labios, suaves, carnosos, y me pierdo en cuanto se pasa la lengua por ellos de manera que el piercing se mueve. No tuve esta especie de sentimientos con nadie, no. Desde que se fue hace un año, mi vida se redujo a estudiar y a concentrarme en ser una chica normal.
Se acerca más, en la oscuridad de la habitación. Mi cuerpo no responde, se queda estancado entre el placard y su figura, demasiado caliente por su roce contra la piel de mi hombro. Entonces me mira. Sin sonreír. Sin hacer ningún gesto en concreto. Es una mirada que me quema, que me prende. Intento hablar, pero sus dedos reducen la cercanía de su tacto con mi rostro. Y de pronto su pulgar me hace caricias en la mejilla, tocan mis labios y la sensación me cierra los ojos.
—Yo…
—Dime si no extrañaste esto—susurra contra mi cuello.
Sus labios hacen contacto con él, sacando el molesto pelo a un lado. Deja pequeños besos en un recorrido directo a mis labios. Baja nuevamente, esta vez pasando la lengua a lo largo y sopla luego. Toda mi piel se prende, como si reviviera con solo un soplido. Me alza la barbilla para mirarlo. Sus ojos verdes están dilatados, brillosos.
—¿Qué…?—me aclaro la garganta—¿...qué le hiciste a Aaron?
Vuelve a hacerme caricias en el rostro. Su respuesta no está acompañada con nada de nerviosismo.
—Nada.
—¿Nada?—sonríe solo un poco y su cuerpo avanza contra el mío. Aprieto la toalla más a mí—No te creo.
—¿Piensas que miento?
—Siempre haces algo—susurro y su frente se pega contra la mía—Quieras o no…
—Lo dejé dormido—interrumpe—Y no de un golpe—mira mis manos que sostienen la tela de la toalla—Estoy intentando ser aliado de los humanos.
—¿Por qué?
—Ya te lo dije—toma mis manos e intenta tirar de ellas hacia abajo, de manera tal que pueda apartar la toalla. Sin embargo, yo resisto—Ellos caminan entre nosotros. Tengo que hacerles saber que puedo ser su aliado.
—Lo dices como si fueras un demonio.
—No lo digo por nosotros—estira una mano directo a mis piernas y la recorre de abajo hacia arriba, introduciéndose casi por debajo…
Tomo su muñeca en cuanto lo siento cerca de mi entrepierna. Tengo que hacer un esfuerzo por no largar el gemido al sentir cómo sus dedos hacen caricias en mi muslo.
—¿Entonces…?
Tiene que bajar la cabeza para mirarme. Se muerde los labios y gruñe. Se aparta totalmente, sus manos se desprenden de mi piel y eso provoca que todo rastro de calor se enfríe. Me da la espalda y habla:
—Intento hacer un pacto con ángeles y humanos. Si las puertas del Infierno no se cierran, entonces nadie sobrevivirá—estira la mano en la cama y se voltea sosteniendo algo—Eso es todo—se ríe y deja a la vista la panti que buscaba. Mis mejillas se encienden y no tardo en sacársela—Me gusta saber que sigues siendo la misma de siempre...
—Cállate.
Llaves, caballeros, el fin del mundo...lo que me dijo esta noche se rebobina una y mil veces dentro de mi cabeza. Decido que darme una ducha será lo mejor que pueda hacer. Para cuando termino y me envuelvo en la toalla, son las seis menos cuarto de la mañana. Allí fuera, todavía se mantiene a oscuras. Camino por el cuarto desastroso, lleno de ropa por doquier, buscando las pantis limpias que doblé esta mañana junto con las remeras que preparé para la facultad.
Estoy revisando los cajones de ropa interior en cuanto siento una suave caricia recorrer mis hombros. Me doy vuelta sin vacilar, dándole la espalda al placard. Mi pecho sube y baja con rapidez, la piel se me eriza y el extraño calor sube desde mis piernas hasta mis mejillas. Scott no me mira a los ojos, sino que posa la vista en la piel de mis hombros a medida que recoge un mechón mojado. Observo sus labios, suaves, carnosos, y me pierdo en cuanto se pasa la lengua por ellos de manera que el piercing se mueve. No tuve esta especie de sentimientos con nadie, no. Desde que se fue hace un año, mi vida se redujo a estudiar y a concentrarme en ser una chica normal.
Se acerca más, en la oscuridad de la habitación. Mi cuerpo no responde, se queda estancado entre el placard y su figura, demasiado caliente por su roce contra la piel de mi hombro. Entonces me mira. Sin sonreír. Sin hacer ningún gesto en concreto. Es una mirada que me quema, que me prende. Intento hablar, pero sus dedos reducen la cercanía de su tacto con mi rostro. Y de pronto su pulgar me hace caricias en la mejilla, tocan mis labios y la sensación me cierra los ojos.
—Yo…
—Dime si no extrañaste esto—susurra contra mi cuello.
Sus labios hacen contacto con él, sacando el molesto pelo a un lado. Deja pequeños besos en un recorrido directo a mis labios. Baja nuevamente, esta vez pasando la lengua a lo largo y sopla luego. Toda mi piel se prende, como si reviviera con solo un soplido. Me alza la barbilla para mirarlo. Sus ojos verdes están dilatados, brillosos.
—¿Qué…?—me aclaro la garganta—¿...qué le hiciste a Aaron?
Vuelve a hacerme caricias en el rostro. Su respuesta no está acompañada con nada de nerviosismo.
—Nada.
—¿Nada?—sonríe solo un poco y su cuerpo avanza contra el mío. Aprieto la toalla más a mí—No te creo.
—¿Piensas que miento?
—Siempre haces algo—susurro y su frente se pega contra la mía—Quieras o no…
—Lo dejé dormido—interrumpe—Y no de un golpe—mira mis manos que sostienen la tela de la toalla—Estoy intentando ser aliado de los humanos.
—¿Por qué?
—Ya te lo dije—toma mis manos e intenta tirar de ellas hacia abajo, de manera tal que pueda apartar la toalla. Sin embargo, yo resisto—Ellos caminan entre nosotros. Tengo que hacerles saber que puedo ser su aliado.
—Lo dices como si fueras un demonio.
—No lo digo por nosotros—estira una mano directo a mis piernas y la recorre de abajo hacia arriba, introduciéndose casi por debajo…
Tomo su muñeca en cuanto lo siento cerca de mi entrepierna. Tengo que hacer un esfuerzo por no largar el gemido al sentir cómo sus dedos hacen caricias en mi muslo.
—¿Entonces…?
Tiene que bajar la cabeza para mirarme. Se muerde los labios y gruñe. Se aparta totalmente, sus manos se desprenden de mi piel y eso provoca que todo rastro de calor se enfríe. Me da la espalda y habla:
—Intento hacer un pacto con ángeles y humanos. Si las puertas del Infierno no se cierran, entonces nadie sobrevivirá—estira la mano en la cama y se voltea sosteniendo algo—Eso es todo—se ríe y deja a la vista la panti que buscaba. Mis mejillas se encienden y no tardo en sacársela—Me gusta saber que sigues siendo la misma de siempre...
—Cállate.
Me volteo y no tardo en pasarla por mis piernas. Sin embargo, entre medio del acto piso mal y me voy hacia atrás. Scott me sostiene, me da vuelta y me empuja contra la cama. Caigo de espaldas contra el colchón. Su cuerpo se ubica sobre el mío, no le lleva nada de esfuerzo posicionarse entre mis piernas y sostenerse firme.
—Cállame—susurra.
—¿Por qué haces esto?
—¿Hacer qué?
Me aparta un mechón de cabello de la frente.
—Aparecer y querer tentarme.
De sus labios emana una sonrisa.
—No necesito eso contigo.
Intento salir de aquí. Sé bien que esto no nos conducirá a nada. No quiero que juegue conmigo como ya lo hizo una vez. No quiero darle el gusto de destruir mi corazón. Así que junto todas las fuerzas posibles y me levanto, aunque él no opone resistencia. Y me gusta aquello. Rápidamente me visto. Scott no aparta la mirada de mí ni un solo segundo. No sé si eso me gusta o me pone incómoda. Pero ya no soy la misma. No dejaré que venga cuando quiera para manejarme a su antojo.
Así que me cruzo de brazos frente a él.
—Necesitas irte.
Scott no hace nada. No se va, no desaparece como siempre. Todo lo contrario. Avanza un paso. Solo un paso. Yo retrocedo tres.
—Hablo en serio.
—Mentira.
—Nunca hablé tan en serio como ahora—señalo la ventana—Chau, Scott—Se queda callado—¿Lo tengo que repetir?
—Creí que estarías feliz de verme.
—Y lo...lo estoy—otro paso más de su parte—Pero no como crees.
—Ya he dicho lo siento.
Se me escapa una sonrisa lastimera.
—¿Crees que eso basta?
Se encoge de hombros.
—Así lo hacen los humanos.
—Pero tienes que sentirlo de verdad, Scott—y alzo la voz—No puedes jugar con una persona, decirle que la quieres y luego desaparecer. Los humanos no funcionamos así. No yo.
—Te dije el por qué lo hice.
—Ah, genial—pronuncio de mala gana—¿Sabes lo que creo? Que no eres más que un demonio perdido en medio de una guerra que intenta ganar con todas sus fuerzas, pero que sabe bien que no lo logrará…
Su rostro cambia. Se ensombrece.
—¿Eso es lo que crees? ¿Que no soy fuerte?
—¡Creo que no deberías haber vuelto!—grito sin importarme nada—¡Las cosas iban bien hasta que viniste! ¡Aaron y yo…!
—Él y tú no están destinados a estar juntos.
—Hago lo que se me da la gana con mi vida, Scott. ¿Te puedes ir?
—No.
Reformulo la oración:
—Vete ahora.
—¿Por qué te empeñas en hacer que..?
—¡Porque estoy tratando de olvidarte!—grito otra vez. Y ahora, Scott no habla. Por su rostro pasa una sombra, algo que me dice que no se esperaba esto—Porque intento empezar de nuevo. Y eso significa nada de tí, nada de demonios, nada de otro mundo. Sé que lo entiendes.
Mentira. No estoy olvidándolo. No puedo. No quiero. Mi mente y corazón no quieren borrar esos recuerdos que me atan a él. Pero sé bien que la vida se trata de eso: superar cosas, incluso si duelen como la puta madre. Y Scott me duele. Me hiere a niveles inimaginables.
—No escaparás de esto—pronuncia dolido—Ni del Infierno, ni de la guerra. Ni de mí. Aprende a vivir con eso.
No me da tiempo a reprocharle. Se esfuma por completo dejando una estela negra a su paso que también se desvanece. Me dejo caer contra la cama. Quisiera llorar, pero sé bien que mis ojos ya derramaron las lágrimas suficientes por él.
Así es como debió haber sido desde un principio. Scott por su cuenta. Yo por la mía. Después de todo, un demonio sabe cómo jugar con los sentimientos débiles de un humano.