Las parrillas rebosaban de los distintos cortes y tipos de carnes que Esteban había estado preparando para la ocasión. Estas, adobadas con orégano, albahaca, tomillo, ajo, sal y limón, se cocían a fuego lento, expulsando un aroma especial, que hacía salivar cual perro de Pavlov a cualquier ser vivo que lo percibíese. —Más que "Salamanquero" creo que soy "el hombre orquesta"— observó Esteban atizando el fuego con resignación, provocando la risa estruendosa de Lucas. Razones para admitir aquello, no le faltaban. Al contrario, le sobraban, pues, era muy común que dado a su habilidad en las múltiples tareas de una peña, sus primos lo buscasen para que particitara de ello. Tampoco era algo que le molestase, a decir verdad, esas actividades "familiares" resultaban ser para él un cable a tierr

