Las viejas y enormes fuentes de loza rebosaban con los distintos cortes que, mujeres vestidas de paisanas, iban entregando al pasar por las largas mesas dispuestas al rededor del predio. Abigaíl se encontraba entre ellas. El sonido de la guitarra y el violín, junto un bombo legüero y la voz de Esteban acompañaban el almuerzo. Aunque él pareciera estar enfocado en las canciones que cantaba, a nadie se le escapaba el detalle de que, ese par de ojos verdes, seguía con inusitada atención el grácil caminar de "la porteñita" con la que había llegado al lugar. "Porteñita", ese había sido el mote que le habían puesto apenas se hubieron enterado del lugar de procedencia. Porteños, así le solían decir a las personas que venían de esa lejana provincia costera, Buenos Aires. Aunque la mayoría de es

