—¿Era necesario que intervengas así, mandando al frente al Carlitos delante de todo el mundo, p3ndejo de m13rda?— reprochó Roque de malhumor mirando a un Esteban que parecía estar más preocupado por su ración de comida que por lo que él le estuviera diciendo —¡Eu!¡Te estoy hablando, pedazo de c0rnudo! Respondé cuando te hablan ¿O la tía no te enseñó modales, tarado? Esteban lo miró con ojos fríos y ausentes, masticando su sánguche de chorizo con lentitud. Una lentitud premeditada, pues era consiente de lo que ese simple gesto generaba en su primo. Impaciencia, eso era lo que quería provocarle. Impaciencia, porque sabía que cuando se impacientaba no pensaba y de la frustración que eso le provocaba terminaba por desistir en esos ataques sin sentido alguno. Odiaba hacerlo, pero ¿Qué otra co

