Capítulo 01: El Retorno al Castillo Obscuro
El camino hacia el Castillo n***o se abría entre bosques desnudos, árboles que parecían vigilar al viajero con ramas retorcidas semejantes a brazos huesudos. La lluvia, fina pero constante, había convertido la senda en un fango traicionero, y el viento nocturno gemía como un coro de almas desterradas.
Sir Alaric Valemar apretó el paso de su caballo, consciente de que cada latido del animal resonaba en el silencio de aquel paraje. Hacía quince inviernos que no atravesaba esos parajes, quince inviernos desde la noche en que fue expulsado por su propio padre, acusado de haber traicionado el honor de su linaje.
Aún recordaba la mirada dura del viejo señor Darian Valemar, sus ojos fríos como acero, cuando lo obligó a jurar que jamás volvería.
Y sin embargo, allí estaba, con la carta sellada con el blasón de su casa en el peto: “Tu padre ha muerto. El castillo te pertenece. Regresa”.
No eran palabras de reconciliación, sino de condena.
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El castillo se erguía como un cadáver de piedra sobre el risco, ennegrecido por siglos de tormentas. Dos torres afiladas se alzaban contra el cielo nocturno, como lanzas dispuestas a atravesar las nubes. El puente levadizo estaba bajado, aunque nadie parecía haberlo accionado.
Cuando cruzó, los tablones gimieron bajo el peso del caballo, y el eco del casco resonó como un tambor de guerra en el patio interior. No había centinelas, no había siervos, ni siquiera perros. Solo un silencio demasiado denso, que parecía observarlo.
Alaric desmontó y tomó la espada larga que llevaba al cinto. Cada paso que dio resonó en las piedras húmedas del patio. El portón principal estaba abierto, dejando ver un corredor en penumbra.
Entró.
La fortaleza olía a humedad, hierro viejo y cera extinguida. Las antorchas se encontraban apagadas, pero apenas puso un pie dentro, las brasas se avivaron solas y las llamas se alzaron en una hilera hasta iluminar el corredor.
Alaric se detuvo. Sus dedos se aferraron al pomo de la espada. “Brujería”, murmuró entre dientes, pero avanzó.
Las paredes estaban cubiertas de tapices descoloridos: escenas de caza, batallas pasadas, retratos de señores Valemar con rostros severos. Todos parecían mirarlo.
El eco de sus pasos lo condujo al Gran Salón. Allí, bajo un techo abovedado y ennegrecido por el humo de antiguos banquetes, se alzaba la galería de retratos. El polvo cubría los muebles, y las telarañas se extendían como velos entre las columnas.
En el centro, iluminado por una claridad extraña que no venía de las antorchas, colgaba el retrato de la familia Valemar.
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Alaric se aproximó. El corazón le golpeaba el pecho.
Allí estaba su padre, Darian, con la armadura de gala, la espada apoyada en las rodillas, el ceño pétreo. A su lado, su madre Lady Isolde, de semblante pálido, con un velo oscuro cubriéndole la cabeza. Y en la esquina inferior, un niño: él mismo, de mirada perdida, apenas siete inviernos de edad.
Pero había alguien más.
Una mujer desconocida. Hermosa, de cabellos negros como ala de cuervo, labios rojos como herida fresca, y una mirada que parecía arder más allá del lienzo. Sonreía con un gesto ambiguo: mitad ternura, mitad amenaza.
Alaric retrocedió un paso. Esa mujer no era parte de su memoria. Jamás la había visto.
Sin embargo, algo en sus entrañas le decía que sí la conocía, que la había amado, que la había perdido.
De pronto, un aire frío recorrió el salón. Las velas titilaron, y el silencio se quebró con un susurro:
—Bienvenido a casa, Alaric.
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El caballero desenvainó su espada de inmediato.
El acero brilló bajo la luz temblorosa, pero no había nadie en la sala. Solo el retrato.
Y fue entonces cuando lo vio: los labios de la mujer pintada en el lienzo se habían curvado en una sonrisa más amplia. Una sonrisa viva.
El corazón de Alaric latió como un tambor de guerra.
Avanzó un paso, dispuesto a cortar la tela con su espada, cuando algo lo detuvo. Una voz, ahora clara y cercana, surgió desde todas partes y ninguna:
—Has regresado… y con tu regreso, la deuda será pagada.
Las antorchas estallaron, y el fuego iluminó las bóvedas como si el castillo despertara de un letargo de siglos.
El eco de pasos resonó en lo alto de la galería. Pasos femeninos. Lentamente, descendiendo por la escalera espiralada.
Alaric apretó los dientes. El acero temblaba en su mano.
La figura aún no se mostraba, pero el aire se llenó del aroma de rosas marchitas.
El caballero comprendió, con un escalofrío que le recorrió la columna, que no estaba solo en aquella fortaleza.
El castillo lo había estado esperando.
Ella lo había estado esperando.
Y el verdadero horror apenas comenzaba.
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El eco de los pasos en la escalera espiral resonaba como un tambor lento. Las antorchas chisporroteaban, lanzando sombras alargadas que parecían moverse con voluntad propia. El aroma a rosas marchitas se intensificaba, y Alaric reconoció en él un matiz metálico: sangre seca.
El caballero aferró con más fuerza la espada. Cada músculo de su cuerpo, forjado en campañas y batallas, le decía que blandiera el acero, que cortara el aire mismo para librarse de aquella amenaza invisible.
Pero había algo más fuerte que su instinto: una fascinación inexplicable. Un recuerdo que no recordaba, un eco de un amor que nunca vivió.
La silueta descendía. Su falda blanca, que parecía flotar más que arrastrarse, rozaba los peldaños de piedra. Pero cuando la luz debería haber revelado su rostro, no había nadie. Solo vacío.
Alaric parpadeó. El sonido de los pasos continuaba, descendiendo, aproximándose, aunque sus ojos no veían cuerpo alguno.
Y entonces, el silencio.
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Una ráfaga de viento recorrió el Gran Salón. El estandarte de los Valemar, raído y n***o, cayó de su mástil y se extendió en el suelo. Alaric lo miró, con el corazón latiendo como un martillo. Sobre el estandarte, en letras apenas visibles, se dibujaban manchas de humedad que parecían formar una palabra.
Una sola: “Traidor”.
El caballero retrocedió un paso, y el eco de sus botas resonó como un grito en la bóveda. Cerró los ojos un instante, buscando templar la mente. Recordó los entrenamientos con su padre, la dureza de sus castigos, la voz de trueno que lo llamaba “débil”.
Y recordó también la noche en que fue expulsado: la discusión, el golpe de espada contra la mesa, la acusación de haber deshonrado a su sangre.
—¡Mentiras! —gruñó Alaric, alzando la espada hacia la galería de retratos—. ¡Mi honor jamás fue quebrantado!
El eco repitió sus palabras, pero distorsionadas, como si mil gargantas las pronunciaran desde las piedras mismas:
—Jamás… fue quebrantado… quebrantado…
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De pronto, los retratos comenzaron a sangrar.
El rostro de su padre se manchó con un hilo carmesí que descendió desde los ojos, como lágrimas de hierro fundido. Su madre también lloraba sangre, y el niño pintado —él mismo, a los siete inviernos— abrió la boca en un grito mudo que se desgarraba a través de la tela.
Alaric retrocedió, incrédulo. El cuadro de la dama desconocida, sin embargo, permanecía intacto. No sangraba. No lloraba. Solo sonreía. Y en su sonrisa había ternura, pero también un secreto que él aún no comprendía.
Fue entonces cuando la voz regresó, susurrando a su oído como un aliento helado:
—No temas lo que ves, Alaric. El pasado no puede matarte. Pero el futuro… sí.
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El caballero, temblando pero sin bajar el acero, buscó con la mirada la fuente de aquel susurro.
Las sombras se agitaron en lo alto de la galería. Algo reptaba por el techo, entre las vigas de madera. Una figura translúcida, de contornos borrosos, se deslizó hacia la escalera.
Era ella.
La mujer del retrato.
Ahora sí podía verla: sus ojos eran brasas encendidas, y su piel tenía la transparencia del agua. Caminaba como si flotara, y cada paso hacía crujir las piedras bajo sus pies.
Alaric alzó la espada, dispuesto a desafiarla. Pero cuando la espectral dama llegó a los últimos peldaños, no avanzó más.
Solo extendió una mano, blanca como hueso, y le señaló el corazón.
El caballero sintió un dolor punzante en el pecho, como si una daga invisible lo atravesara. Cayó de rodillas, jadeando. Su visión se nubló.
Antes de perder el sentido, escuchó su voz una última vez:
—Has regresado para cumplir el juramento. Y en tu sangre, el destino de todos se sellará.
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Cuando abrió los ojos, estaba solo.
El salón estaba oscuro, las antorchas apagadas, el retrato intacto. Ningún rastro de sangre en los lienzos, ningún estandarte caído.
Alaric se levantó, tambaleante, con la espada aún en la mano. No sabía si lo había soñado, si la fatiga y el viaje lo habían enloquecido. Pero algo ardía en su pecho, una marca invisible que palpitaba con cada latido.
Y supo, con certeza, que había cruzado un umbral del que no había regreso.
El Castillo n***o no era un hogar. Era una trampa, y él había entrado voluntariamente en la boca del lobo.
El viento sopló con furia a través de las rendijas, y el eco de una risa femenina se extendió por toda la fortaleza.
Un eco que no pertenecía a este mundo.
Continuará...