Capítulo 03: Los Susurros de los Muros

1570 Palabras
La noche no terminó. O, quizá, el día nunca llegó. El Castillo n***o parecía ajeno al curso del tiempo. El fuego de las antorchas titilaba con una luz enferma, demasiado débil para dar calor, demasiado fuerte para ofrecer consuelo. Alaric deambulaba por los pasillos, con la espada desenvainada. El velo de Élianne, guardado en su jubón, ardía como si estuviera hecho de hierro al rojo vivo. No podía soltarlo. Cada vez que lo intentaba, sentía que algo lo arrancaría el corazón. ↠↞ Entonces lo oyó. Al principio fue un murmullo, como agua filtrándose entre las piedras. Pero pronto se hizo claro: eran voces. —Caballero sin honor… —decía una, áspera como el acero. —Hijo ingrato… —susurraba otra, más grave, paternal. —Amante traidor… —era la tercera, dulce como miel envenenada. Alaric apretó los dientes. La sangre le golpeaba las sienes. El eco no venía de ningún lugar específico: brotaba de los muros, del techo, del suelo bajo sus botas. —¡Callad! —rugió, golpeando la pared con la empuñadura de su espada. Las voces rieron, un coro disonante, como si cien gargantas invisibles celebraran su tormento. ↠↞ Avanzó a trompicones, internándose más en el castillo. Los corredores eran interminables, cada curva parecía idéntica a la anterior. Tapices gastados colgaban de las paredes, mostrando escenas de bodas, banquetes y batallas olvidadas. Pero cada vez que los miraba con atención, los rostros cambiaban. En un tapiz, un rey coronaba a su heredero. Cuando parpadeó, el heredero tenía su propio rostro. En otro, una doncella bordaba en un jardín. Cuando lo volvió a mirar, la aguja atravesaba su propia mano sangrante. Alaric sintió que el estómago se le retorcía. ↠↞ De pronto, el aire se llenó de un sonido nuevo: un llanto. El sollozo de una mujer, distante pero penetrante, como si viajara a través de siglos para alcanzarlo. Su corazón se detuvo: era Élianne. El caballero corrió hacia el origen del sonido. Sus pasos resonaban en la piedra húmeda, mientras los muros parecían cerrarse a su alrededor, encogiéndose, estrujándolo como una fauces invisibles. El llanto se convirtió en una súplica: —¿Por qué me dejaste arder, Alaric? —¿Por qué juraste protegerme… y luego me abandonaste? Él se detuvo, con el pecho ardiendo. No sabía si estaba recordando, soñando, o enloqueciendo. ↠↞ Un pasillo lo condujo hasta un gran tapiz, más ancho y más alto que los demás. Representaba una boda. Un caballero de armadura negra desposaba a una dama vestida de blanco, coronada con un velo. El rostro de la dama… era el de Élianne. Alaric tembló. Se acercó, estiró la mano. La tela parecía húmeda, como si hubiera llorado sangre durante siglos. Y entonces, el tapiz respiró. El velo bordado ondeó como si lo llevara el viento. La boca de la dama se abrió. —Me juraste amor eterno —susurró Élianne desde el tejido—. Y sin embargo… me dejaste morir. ↠↞ De un tajo, Alaric arrancó el tapiz con la espada. Detrás no había muro. Había un espejo. Su reflejo lo observaba, pero no era él mismo. Era un Alaric más joven, sin cicatrices, vestido con un jubón ceremonial. A su lado, Élianne, viva, tomada de su mano. Los dos sonreían. Una felicidad imposible, una memoria que no recordaba haber vivido. Alaric se acercó al cristal, con los ojos abiertos de par en par. De pronto, el reflejo cambió. Élianne se transformó en un cadáver calcinado, su piel ennegrecida, sus ojos vacíos. Y el reflejo de Alaric la sujetaba por el cuello, empujándola a las llamas. El espejo estalló en mil fragmentos. ↠↞ Los trozos cayeron al suelo, y en cada pedazo de cristal roto, Alaric vio una escena distinta: Su madre colgada en una cuerda. Su padre degollado en un banquete. Él mismo apuñalando a un niño. Élianne, ardiendo, llamando su nombre con la boca llena de cenizas. El caballero cayó de rodillas, jadeando. —¡No! ¡No soy yo! ¡No lo soy! Pero los fragmentos murmuraban al unísono, con su propia voz reflejada en ellos: —Lo eres. Siempre lo has sido. Siempre lo serás. ↠↞ El silencio regresó. Pero en ese silencio, Alaric comprendió algo más aterrador que las visiones: el castillo no le mostraba ilusiones. Le mostraba recuerdos. O vidas pasadas. O pecados que no lograba escapar. Apoyó la frente contra el muro, sudando frío. La piedra palpitaba bajo su piel, como si el castillo respirara con él. Y en un susurro, entre las grietas, escuchó la voz de Élianne: —No luches, Alaric. No hay salida. Solo recuerda… y vuelve a mí. ↠↞ Alaric no sabía cuánto tiempo llevaba caminando. El castillo parecía no tener fin; cada pasillo se bifurcaba en otro, cada sala era un reflejo de la anterior. Las antorchas ardían con una luz enfermiza, más verdes que doradas, y el eco de sus pasos le devolvía un compás que no era suyo. A veces escuchaba un segundo andar, justo detrás, pero cuando giraba, no había nadie. El caballero comenzó a sentir el peso del cansancio. La espada se le hacía más pesada, y cada inspiración le traía el olor de moho, de huesos húmedos, de madera podrida. Y en medio de ese hedor, una voz clara se filtraba: —Alaric… No era un grito, ni un lamento. Era un susurro acariciante, como un aliento frío contra su oído. ↠↞ Se detuvo. Su corazón martilleaba como un tambor de guerra. El velo que llevaba oculto bajo el jubón ardía otra vez, y el calor lo obligó a sacarlo. Cuando lo sostuvo entre los dedos, la tela tembló, como si respirara. —¿Qué quieres de mí? —preguntó con voz ronca, mirando a la nada. El eco respondió. Primero con su propia voz: —¿Qué quieres de mí? Después, con la voz de Élianne: —Quiero lo que me debes. Las paredes parecieron encogerse de golpe. La piedra sudaba, y de sus grietas brotaba agua oscura que se deslizaba como lágrimas. Los pasillos se curvaban, torcidos, hasta volverse túneles opresivos. ↠↞ En medio de aquel laberinto, encontró una puerta entreabierta. Era de roble antiguo, tallada con símbolos desgastados. Al empujarla, se encontró con una sala alargada, iluminada por una hoguera en el centro. No había nadie, pero escuchó pasos que rodeaban la estancia, pasos que no dejaban huella. Sobre las paredes colgaban espejos negros, cada uno reflejando escenas distintas. En uno, vio a su padre bebiendo en un cáliz dorado. En otro, a su madre rezando de rodillas, con los labios moviéndose, pero sin emitir sonido. En un tercero… Élianne. Vestida de blanco, con la corona nupcial, esperándolo. —Alaric —susurró su reflejo en el cristal—. Ven. El caballero dio un paso al frente, atraído. El calor de la hoguera se volvió un frío insoportable, y cuando se acercó al espejo, el reflejo cambió. Élianne sonreía… pero detrás de ella, su propio reflejo se inclinaba sobre la mujer, clavándole una daga en el corazón. El cristal vibró, y de su superficie brotó un hilo de sangre que cayó al suelo, extendiéndose entre sus botas. ↠↞ Alaric retrocedió, con el estómago revuelto. Las demás imágenes comenzaron a deformarse: su madre giraba la cabeza, y en lugar de ojos, tenía cuencas vacías; su padre se reía con la garganta abierta, de donde salían insectos negros. Los espejos se rompieron uno a uno, pero sus voces permanecieron. —Eres mi verdugo… —Eres mi hijo maldito… —Eres mi amante traidor… Alaric se cubrió los oídos con las manos, pero los susurros se metieron en su cráneo, vibrando desde adentro. —¡No soy yo! —rugió. ↠↞ El fuego del centro de la sala se apagó de golpe, y la oscuridad lo devoró todo. En esa tiniebla, el caballero escuchó el crujido de pasos arrastrándose alrededor suyo. No eran pasos humanos: eran garras, huesos que se arrastraban sobre la piedra. Entonces, el llanto volvió. El mismo sollozo de mujer que lo había guiado antes, pero más cerca, más íntimo, como si alguien llorara justo sobre su hombro. Alaric giró de golpe. Y la vio. No en carne, no en espíritu, sino en sombra. La silueta de Élianne se proyectaba contra el muro, aunque no había luz que pudiera proyectarla. Una sombra sola, sin cuerpo que la generase, inclinada hacia él con los brazos extendidos. —Recuerda… —susurró, con una voz quebrada que lo hizo estremecer. ↠↞ Alaric se apoyó contra la pared, jadeando, el sudor helado escurriéndole por la frente. Cerró los ojos, pero fue peor: en la oscuridad de sus párpados vio un destello fugaz. Un altar en ruinas. Un juramento. Y su propia mano empujando a Élianne a las llamas. Abrió los ojos gritando. La sombra ya no estaba. Solo quedaba el eco de su voz, que se deslizaba entre las piedras como una serpiente: —El castillo no te mata, Alaric… te recuerda. ↠↞ Alaric se dejó caer de rodillas, con la espada en el suelo. Las paredes palpitaban, las voces crecían, y supo que el verdadero enemigo no estaba afuera, sino adentro: en su memoria, en sus culpas, en un pasado que nunca pudo enterrar. El caballero, agotado, se llevó las manos al rostro. Y en la palma de su mano izquierda, que no recordaba haber herido, apareció una marca: un círculo quemado en la carne, como el sello de un juramento antiguo. Continuará...
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