—Contrólate. Madura, Anabel. Tienes que madurar y aceptar lo que pasa en la vida. Decidida a ser una figura materna sustituta, Abuela vigilaba a Anabel. En secreto, pasaba mensajes entre ellas. En cada carta, Madalena juraba que amaba a su hija y que no la abandonaba. “Tu padre me exilió, a la fuerza”, escribía, “porque quería llevarte a un médico para que te tratara tu enfermedad. Sé fuerte, Anabel. Un día volveremos a estar juntas. Te quiero con todo mi corazón”. Anabel se llevó la carta al corazón, manchada de lágrimas y arrugada por el agarre desesperado de sus manos. “¿Es cierto, Abuelita? ¿Mi padre envió a mamá lejos o ella quiso irse?” Abuela abrazó a su nieta y le acarició la cara, tranquilizándola con palabras fuertes: “Quería llevarte con ella, Nieta. De verdad que sí. Pero Am

