OCHO Michael Barron entrecierra los ojos y levanta las cejas para que circule el bótox. —¿Ya no pintan las fotos con aerógrafo? Barron sacude la cabeza. “Hoy en día se llama Photoshop, doctor. Pero no pueden hacerlo en directo. En alta definición se ve cada pequeña línea y defecto”. —Menos mal. Eso es lo que me mantiene en el negocio estos días. Barron lleva visitando la Clínica Del Río en Ciudad de México desde que era Miguel Ibarra, el chico con una fea cicatriz en el lado izquierdo de la cara, el chico cuyo sueño de ser una estrella de cine se vio interrumpido por una estúpida e inútil pelea de bar y una botella de cerveza rota. Su cara era un desastre cuando el Dr. Ruiz llegó a la casa aquella noche y Miguel pensó que estaba marcado de por vida. El médico le limpió la herida, le

