—Pueden regalarla —atinó a decir Julieta, recordando a alguien, o mejor dicho a muchos. —¿A quién? —preguntaron Sansa y Glen al unísono, mirándose entre sí. . . . Esto sería una de las muchas cosas que haría por primera vez en su vida. Julieta se miró frente al espejo con el suéter rojo que tanto le había gustado. Era perfecto: las mangas escondían sus manitos, y se veía tierna y abrigada. Llevaba unos pantalones negros que no le quedaban demasiado ajustados, como los que tenía que usar para el club, ni demasiado sueltos como los que le regalaban, que no eran de su talla. Estos eran perfectos, a su medida. Sonrió. Últimamente lo hacía a menudo, y por cosas tan simples como poder comer más de ese postre o mirarse al espejo y gustarse, sin la necesidad de mostrar demasiado ni sentirse

