Desde el pasillo, justo detrás del marco de la pared, Esmeralda escuchaba sin respirar. Tenía una mano aferrada al corazón. Y los ojos… llenos de lágrimas, porque entonces comprendió que Rafael compartía su mismo dolor, Y a pesar de eso, seguía allí. Firme. Gritando por ella. No como político. No como figura pública. Sino como un hombre que amaba sin pedir nada a cambio. Un hombre que renunciaba a todo… por ella. Los pasos de Esmeralda descendieron por la escalera con firmeza. Su figura apareció en el salón como una ráfaga de hielo en un día caluroso. No llevaba maquillaje, ni la compostura de siempre, pero cada centímetro de su cuerpo hablaba de una mujer que ya no estaba dispuesta a quedarse callada. Rafael giró al verla. Casimiro la miró con una mezcla de fastidio y expectativa. —N

