El auto se detuvo frente a un edificio blanco de líneas sencillas, cálido, sin pretensiones. No parecía un centro de ayuda social. Parecía una casa de verdad. Esmeralda observó la entrada unos segundos. Rafael puso una mano sobre su muslo, apenas un roce. —Estaré aquí —le prometió—. Tómate tu tiempo. No entraré… pero no me iré. Ella asintió, respirando hondo. Abrió la puerta sin mirar atrás. Cuando la vio caminar hacia la fundación, Rafael apoyó la cabeza en el asiento. Cerró los ojos. El dolor seguía allí, latiendo en el pecho, en la garganta. Pero si ella estaba dando un paso… él podía resistir. Tomó el móvil y marcó un número seguro. No había nombre en la pantalla, solo un código. —¿Leandro? —murmuró—. Necesito verte. Esta tarde. Donde siempre. —Allí estaré —respondió la voz al o

