Esmeralda salió del cuarto como quien emerge de una tormenta. No lloraba. No temblaba. Pero algo en ella había cambiado, algo que Rafael sintió apenas la vio caminar hacia él, con esos pasos vacilantes que gritaban todo lo que su boca aún no lograba decir. Él había vuelto justo a tiempo, y cuando ella se aferró a su pecho, la rodeó con los brazos sin pensar, protegiéndola del mundo que tanto la había herido. Caminaron en silencio hasta el auto, y durante el trayecto, Esmeralda dejó que las lágrimas rodaran en silencio mientras miraba el paisaje desdibujarse tras la ventana. Rafael la miraba de reojo, sin romper el frágil refugio que ella había construido en su dolor. Al llegar al apartamento, fue ella quien rompió el silencio. —Mi madre... —susurró, luchando con las palabras—. Tuvo mom

