La noche caía sin prisas sobre la ciudad. Las luces de los autos eran como serpientes fugaces en las avenidas, pero en ese callejón angosto, no llegaba más que el eco de pasos lejanos y el zumbido de un transformador eléctrico. Selena se deslizó hasta la puerta metálica, mirando por encima del hombro. Nadie parecía seguirla. Aun así, sus dedos temblaron al marcar el código. El pitido verde le dio paso, y empujó la hoja de metal con fuerza contenida. Adentro, el aire olía a papel viejo y electricidad. Cerró la puerta. Corrió los seguros. Acomodó el cerrojo. Su centro de operaciones estaba intacto: la mesa central llena de carpetas abiertas, los monitores encendidos mostrando documentos encriptados, las paredes cubiertas de notas, fotografías y esquemas que solo ella entendía. Se quitó el

