No podía dejar de sonreír. Comprendía lo terrible de haber admitido por orgullo que ni ella había ganado ni yo perdido. No elegí por voluntad tenerla, pero esa cama suya había sido testigo de que nada fue fingido. Yo había aceptado seguirle el juego, y no había resultado tan mal, de hecho, podría decir que había sido uno de los encuentros más interesantes que he tenido. Ninguna mujer es igual a otra cuando se entrega, no se puede pluralizar, aunque el acto básicamente termine en lo mismo. Experimentar el deseo es como llenar de agua un vaso todos lo servirán de diferente manera y lo disfrutarán bajo diferentes necesidades. «¡Lo consiguió, no olvidaría su nombre!» Al cabo de unos minutos de ir a toda marcha alcancé el vehículo de Leo, sonrió al verme. Disminuí la velocidad para no per

