Suya

1402 Palabras
Lamió suavemente, dejando incluso que sus dientes se clavaran apenas en mi piel. No pude soportarlo más y me giré para verlo. Su sonrisa maliciosa me hizo olvidar todo: la deuda, la obligación, la rabia. Me lancé a sus brazos y nos besamos con una pasión que borró al mundo entero, como si nadie existiera salvo nosotros. Me volví adicta a sus caricias. Cada roce, cada presión, cada gesto me hacía cuestionar si él realmente existía o si era un sueño hecho carne. Su aroma, la fuerza de su cuerpo, el sabor de sus labios, la intensidad de su lengua buscando la mía… todo me absorbía por completo. Comencé a gemir, sintiendo el calor húmedo de mi excitación. Mi deseo por abrir las piernas y recibirlo se volvió casi doloroso. Justo cuando estaba a punto de pedírselo, susurró al oído: —Mejor vamos a mi casa. Tomó mi mano con firmeza y nos dirigimos al coche. Allí, volví a besarlo con más intensidad que antes. Mis dedos, de manera instintiva, comenzaron a explorar su dureza a través de la ropa, y lo vi reaccionar. Era evidente que mis gestos le producían placer, y eso alimentaba la mía. Bajé el cierre, adentrándome poco a poco en la frontera que separaba la ropa interior de su cuerpo. Sentí su pene duro y grueso, palpitante, húmedo, como si me estuviera esperando. No pude resistir la urgencia y me incliné hacia él, comenzando a chuparlo con desesperación. Al principio fue complicado, pero no tenía intención de detenerme. Cada arcada, cada movimiento, me acercaba más a él, hasta sentirlo completamente dentro de mi boca. Permanecí así un tiempo, hasta empezar a moverme de manera más rítmica, ascendiendo y descendiendo, mientras su mano descansaba sobre mi cuello, ejerciendo control, intensificando la excitación. Alterné entre labios y mano, concentrándome en cada detalle, y pude sentir cómo gemía ante mí. Sus ojos buscaban los míos y, cada vez que lo miraba, el fuego en mi interior crecía. Cuando pisó el acelerador, su mano me sujetó con más fuerza, recordándome que aún estábamos en tránsito. Llegamos finalmente a su casa, y nos incorporamos rápidamente. Sin perder tiempo, me tomó del cuello y me presionó contra él, besándome con una mezcla de posesión y deseo que me dejó sin aliento. —Eres una niña mala, ¿lo sabes? —dijo, apretando ligeramente. Apenas pude asentir. Sentí el poder a través de su mano sobre mi cuello. Mi cuerpo reaccionó automáticamente: mi sexo palpitaba con fuerza, un hilo de mis fluidos recorriendo mis muslos, recordándome la entrega total que deseaba. Nos bajamos del coche y, por suerte, el estacionamiento estaba desierto. Tomamos el elevador, y al cerrarse las puertas, Erik me colocó frente a él. Mis nalgas tocaron la dureza de su pene; sus manos se posaron sobre mis caderas y me movió lentamente, intensificando mi excitación. Apoyé mis manos sobre las suyas, dejando que cada roce nos consumiera mientras el elevador subía. Al salir al pasillo, quedé impactada por el lujo del penthouse: pisos y paredes de mármol, espacios amplios, minimalismo elegante. Cada paso que daba me hacía sentir pequeña, vulnerable… y excitada. Erik pasó su tarjeta por el lector y abrió la puerta, permitiéndome entrar primero. El interior era impresionante, limpio y elegante, pero impersonal. No había recuerdos, fotos ni objetos personales. Todo parecía diseñado para mostrar poder y control, y eso me hacía temblar de anticipación. Caminamos hacia la sala, donde Erik me sirvió una copa de vino blanco. —Salud. Para dejar en el pasado aquellas cosas incómodas. —Salud —respondí, tomando un sorbo que calentó mi garganta y me relajó un poco gracias al alcohol. —Este lugar es hermoso —dije. —Sí. Le puse mucho empeño para causar una buena impresión. —No hacía falta… pero sí le da el toque final —susurré. Me llevó a las escaleras y subimos a un espacio vacío, amplio y bañado por la luz de la luna llena. El brillo azul se reflejaba en las paredes y el suelo, iluminando cada rincón. Erik se acercó lentamente, sus manos rozando mi cintura, y volvió a posarlas sobre mi cuello mientras sus labios buscaban los míos. Su lengua tocó mi piel, sus besos recorrieron mi cuello y mis hombros, y por un instante, todo el mundo desapareció. Mi cuerpo reaccionó al contacto de inmediato: mi respiración se aceleró, mi piel se erizó y la necesidad de sentirlo dentro de mí se hizo casi insoportable. Aún no sabía qué pensar de aquel lugar enorme y vacío, tan amplio que parecía casi irrelevante, pero al mismo tiempo me transmitía libertad. Caminó por el espacio, extendiendo los brazos. —…Es como si pudieras permitirte ser libre. No sé si me entiendes. Además, es tan agradable de día como de noche. Esta vez tenemos suerte. —Es una noche preciosa. La luna parece hipnotizar —respondí, incapaz de apartar la vista de su figura. —No, eres tú quien lo hace, Eliza. Tomó mi copa junto a la suya y la dejó en una esquina. Al incorporarse, se quitó el saco, dejando al descubierto su pecho y espalda anchos. Cada paso que daba hacia mí era un latido en mi corazón, casi imposible de contener. Sus manos tomaron mi rostro y nos besamos con una pasión que me hizo perder el aire. Con un movimiento firme, me cargó y me llevó contra una de las paredes, besándome con fuerza, explorando, dominando. Un rayo de luna iluminó sus ojos verdes, más oscuros que nunca, llenos de un deseo que me atravesó por completo. No recuerdo cuándo me quitó los zapatos. Mis piernas rodeaban su espalda, mis manos eran presas de las suyas. Su fuerza me hacía perder la noción del equilibrio, pero él me sostenía, controlando cada movimiento. Finalmente nos dirigimos a su habitación. Una cama enorme sobre una alfombra mullida, una chimenea y una pantalla de televisión de última generación. Los pocos detalles personales, como controles de videojuegos, me hicieron sentir un poco más cómoda: después de todo, al final del día, era un hombre como cualquier otro. No tuve oportunidad de explorar mucho más. Erik se sentó en la orilla de la cama, tomó mi cintura entre sus manos y acarició mis caderas mientras sus ojos no me dejaban parpadear. —Qué divina eres… —susurró. Bajó lentamente mis medias, retirando el resto de la ropa con precisión. Cada roce de sus dedos me hacía estremecer. A pesar de mis experiencias anteriores, su dominio me intimidaba. Normalmente, suelo tener seguridad sobre mi cuerpo, tomar la iniciativa, incluso guiar el placer. Pero esta vez no. Solo quería dejarme llevar, permitir que él fuera mi guía. Quedé desnuda frente a él. Su boca bajó hacia uno de mis pechos mientras su mano ejercía control sobre el otro. Mis manos se aferraron a su cabeza, necesitaba apoyo para no perder el equilibrio. Sus besos devoraban mi piel, sus manos exploraban sin piedad, y mis gemidos escapaban, inevitables, mientras él me enseñaba que podía hacerme sentir suya con solo tocarme y mirarme. Finalmente, me dejó sobre la cama, completamente expuesta ante su mirada. Se desnudó rápidamente, y la visión de su pene erecto y firme despertó un deseo voraz en mí. Quise lanzarme hacia él, pero mi instinto me obligó a esperar. Lo observé mientras se masturbaba, el vaivén de sus manos aumentando mi excitación. Cada vena, cada músculo, cada gesto… me hacía desearlo más. Sin previo aviso, volvió hacia mí, tomó mi cuello y susurró con autoridad: —Harás lo que te diga y cuándo te lo diga. Desde ahora eres mi esclava. Mis piernas palpitaban con fuerza ante esas palabras, y apenas pude asentir. Antes de que pudiera reaccionar, su pene abrió mi carne y lo sentí entrar suavemente. Al principio, sus movimientos fueron cautelosos, suaves. Pero a medida que ganó confianza, su cuerpo se apoyó más sobre la cama, profundizando cada embestida. Mis uñas se clavaron en su espalda al sentir el placer mezclarse con el dolor. Sus gemidos resonaban junto a los míos; su firmeza me consumía y casi perdí la conciencia. Era una sensación que jamás había imaginado posible: sumisión y placer absolutos, control y deseo combinados en un solo instante. Y allí, en ese penthouse iluminado por la luna, comprendí que ya no había vuelta atrás. Cada movimiento suyo me arrastraba más profundo en su dominio, y yo no quería escapar.
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