No supe nada de Erik durante varios días. La ansiedad me consumía un poco; no sabía si lo había espantado con mi estilo punk, tan distinto al de las mujeres que probablemente acostumbraba, o si alguna palabra mal dicha había arruinado su interés. Recordé que no habíamos intercambiado números, pero la idea de rastrearlo en este mundo hiperconectado no parecía imposible.
Me quedé en la habitación, evitando salir para enfrentar los reproches de mi padre. Me consolaba pensar que aquel beso en los jardines había causado el efecto deseado: algo había despertado en él y en mí.
Casi me quedo dormida cuando sonó el móvil. Tomé el teléfono sin demasiado interés, esperando algún mensaje trivial. Pero mi sorpresa y alivio fue enorme al ver quien era el remitente. “Soy Erik”.
Al leer el mensaje, fue como si lo tuviera a mi lado: podía imaginar su rostro, esa sensualidad innata que parecía irradiar de cada rasgo. Sus dientes blancos asomando sobre los labios perfectos, la línea recta de su nariz con el surco sutil al sonreír, y esos ojos verdes, brillantes, que parecían capaces de atravesarte con una sola mirada.
Mi pecho comenzó a latir con fuerza. Una parte de mí quiso rechazarlo, recordando la deuda de mi padre, esa obligación odiosa que me hacía sentir atrapada. Pero no pude. El recuerdo de sus labios y el calor que había despertado en mí fueron más fuertes que cualquier lógica. Dejé de darle largas y le respondí.
—Hola. Pensé que ya te habías olvidado de mí.
—Imposible. A veces los negocios me absorben y pierdo el sentido de la realidad. Por más increíble que parezca.
—No lo dudo.
—Sabes… siento que debemos retomar lo que quedó en la fiesta. ¿Qué te parece si cenamos hoy y hablamos al respecto?
—Me encantaría. ¿Dónde nos vemos?
—Hay un restaurante japonés que abrió hace poco. Dicen que es hermoso. ¿Te apetece ir?
—La comida japonesa es mi favorita.
—Excelente. Parece que vamos en buen camino. Pasaré por ti a las 9:00 p.m.
—Vale, llámame cuando estés cerca.
—Seguro… ya estoy ansioso por esta noche.
Colgué el móvil y sentí una corriente recorrerme el cuerpo. Su mensaje, su voz en mi cabeza, grave y lenta, cargada de sensualidad… era casi como tenerlo junto a mí.
Durante las horas siguientes me preparé para la cita. Hacía un poco de frío, así que elegí medias negras, shorts vaqueros y un suéter gris tejido; unos Dr. Martens rojo oscuro y una bufanda por si la noche se volvía más fresca. Cada detalle de mi atuendo me hacía sentir cómoda, pero también consciente de cómo sería percibida.
Mientras me arreglaba, no dejaba de pensar en lo que podía suceder. Una parte de mí quería huir: dejar el delineador sobre la mesa, tomar mi bolso y desaparecer en la ciudad, mezclándome entre cientos de almas y escapando de la obligación impuesta por mi padre. Sabía cómo salir, cómo burlar la seguridad. La idea me tentaba y me excitaba al mismo tiempo, un juego peligroso que me atraía irresistiblemente.
Pero la otra parte de mí estaba ansiosa, deseando que esa cita sucediera. Erik estaba cerca, y algo en mí gritaba que esta noche sería solo el comienzo de algo que no podía controlar, algo que despertaría en mí la sumisión y el deseo que ya había empezado a florecer con solo su mirada y su toque.
Terminé de arreglarme y casi al instante sonó el móvil. Salí de la habitación y eché un vistazo rápido hacia el interior. Todo estaba oscuro salvo el resplandor de la televisión reflejándose sobre el pecho de mi padre. Suspiré, mezclando rabia y resignación. Ya tendría tiempo de pensar en eso.
Al cerrar la puerta, la tranquilidad de la noche me envolvió. El ronroneo de un motor rompía el silencio: un Lamborghini. Lo reconocí al instante. Crecer rodeada de matones y hombres con gustos caros enseña ciertas cosas.
Bajé los escalones y lo vi bajarse del coche con pasos seguros, el traje n***o impecable y la camisa blanca desabotonada en el cuello. Apoyó su cuerpo sobre la puerta del conductor y me miró fijamente. Mientras me acercaba, su sonrisa crecía y yo no pude evitar corresponderle con la mía. Incluso me sonrojé, consciente de lo que me provocaba.
—Vaya, me siento como el hombre más afortunado de la ciudad. Qué bella estás —dijo, sus manos tomando suavemente mi cintura.
—Muchas gracias. Tú no te quedas atrás —respondí, tratando de mantener la compostura.
—Bah. Claro que no.
Apoyó su frente sobre la mía y me besó. Al principio suave, exploratorio, pero pronto se volvió intenso, profundo. Su boca, su aliento, su control absoluto… me hicieron sentir que el mundo giraba solo a nuestro alrededor. Un segundo con él bastaba para transportarme a otra dimensión.
Traté de racionalizar. Seguro tenía decenas de mujeres rendidas ante él; probablemente les decía lo mismo a todas. Era un pago, yo solo una transacción más… intenté aferrarme a eso para mantener mi mente en calma.
Nos separamos antes de perder cualquier pudor en medio del asfalto. Él abrió la puerta del coche para mí, gesto caballeroso que no pude más que aceptar. El interior olía a cuero y lujo, y cada detalle del tablero, cada superficie pulida, me hacía sentir que costaba millones de dólares.
Cuando nos acomodamos, su mano se posó sobre el cambio de velocidades y luego, lentamente, sobre mi muslo. Hablaba de reuniones y fiestas, pero sus palabras parecían secundarias; cada roce de su palma sobre mi pierna enviaba un mensaje que yo comprendía perfectamente: control, posesión, deseo.
Nos detuvimos en un semáforo. Apoyó la cabeza en mi hombro y luego descendió hacia mi cuello. Sus labios, mordidas y besos suaves, hicieron que se me erizara la piel. Cerré los ojos y me dejé llevar por esa sensación, por la certeza de que me estaba transportando de nuevo a un lugar donde solo existíamos él y yo.
La magia duró exactamente los sesenta segundos del semáforo. Cuando abrí los ojos, estábamos a pocos minutos de llegar al restaurante. Un valet nos recibió, y Erik me tomó de la mano al salir del coche. Caminamos hasta la entrada, donde una fila de personas esperaba por mesa, pero con unas palabras rápidas al anfitrión, nos abrieron paso:
—Por supuesto, señor. Acompáñenme.
El restaurante era elegante, íntimo, con ventanales amplios y luz tenue que hacía brillar la porcelana y los cristales. Nos condujeron a una mesa apartada, en una esquina discreta, lejos del bullicio principal.
—Hoy elegiremos a la carta. Creo que disfrutaremos mejor el menú. ¿Te parece?
Asentí, sin dejar de mirar cada gesto suyo.
—Excelente elección, señor. ¿Apetecen sake, vino?
—Sake caliente. La noche se presta para eso.
Nos quedamos rodeados de luces cálidas y música suave. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba en un bar barato ni en una fiesta caótica; estaba con uno de los hombres más poderosos de la ciudad, y todo lo demás parecía irrelevante.
—La selección es exquisita. Creo que te gustará el sake, ¿o ya lo probaste?
—Oh, no… en realidad, creo que desentono un poco con el lugar. Todo se siente… tan elegante.
Erik sonrió, inclinándose ligeramente hacia mí, con esa seguridad natural que me dejaba sin aliento. Su proximidad me hizo sentir diminuta, excitada y vulnerable al mismo tiempo. Cada palabra suya parecía un susurro de poder, y yo no podía dejar de observar cómo controlaba la situación con absoluta naturalidad.
—No digas eso. ¿Quieres que te cuente un secreto? —susurró Erik, acercándose hasta casi rozar sus pestañas con las mías.
—¿Qué es? —mi voz salió más débil de lo que esperaba.
—Vayas a donde vayas, seguro robas la atención.
Reí ante su comentario, un sonido involuntario que me hizo sonrojar aún más. Nos sirvieron un poco de sake junto con un caldo de miso. La presentación era casi un espectáculo: en el centro del pocillo, una pequeña flor se abrió al contacto con el líquido caliente. Mi reacción infantil provocó una sonrisa en Erik, y él se unió a mi entusiasmo.
—Sí. Yo también me puse como un niño cuando lo vi —confesó.
Comenzamos a probar la entrada y los sabores eran sublimes. Luego nos sirvieron pescado y mariscos frescos con arroz aromatizado con jazmín. Cada bocado me hacía sentir que la noche adquiría un tono más íntimo, más intenso. Cuando llegó el pescado asado, no pude evitar pensar que aquello era un verdadero banquete, no solo de comida, sino de tensión contenida.
—Bueno… me imagino que eres uno de los clientes especiales —dije, dejando escapar un toque de sarcasmo.
—Tienes razón —respondió, acercándose lentamente—. El poder viene con responsabilidades… y con beneficios. Por ejemplo, comer aquí… y tú.
Lo miré fijamente, sin palabras. Su cercanía, su mirada penetrante y su tono seguro provocaron que un fuego naciera en mi estómago y se esparciera por todo mi cuerpo.
—Tu padre me debe una cuantiosa cantidad de dinero —continuó, sus ojos fijos en los míos—. Cuando se lo pedí, se humilló para ganar tiempo. Fue entonces cuando pensé que su hija podría ofrecerme un poco de diversión… y él aceptó de inmediato. Por supuesto, Eliza, esto dependerá de tu desempeño. Debes dar tu mejor esfuerzo, ¿vale?
El anfitrión interrumpió en ese momento para asegurarse de que todo estuviera bien:
—Sí, la cena está estupenda. Por favor, envíe mis felicitaciones al chef.
Erik apartó la conversación con un simple gesto. Su rostro era neutral, impenetrable. Su actitud me hizo entender que, en su mundo, tener poder significaba manipular, decidir y que nadie se atreviera a cuestionarlo. Aparté el plato de mí, intentando mantener la compostura. Respiré hondo para contener las emociones que amenazaban con escaparse.
Me levanté y caminé hacia el mirador del restaurante. La ciudad brillaba a mis pies, luces que parecían estrellas en la tierra. Intenté animarme, pero fue inútil. Sentí su presencia detrás de mí y, sin decir una palabra, supe que me había seguido.
—Mi intención era que pasáramos una noche agradable —dijo, su voz grave junto a mi oído.
Seguí sin contestar.
—Lo siento —añadió.
Intenté pensar que lo decía en serio, pero no importaba: su sola presencia imponía las reglas del juego. No había escapatoria, y de repente comprendí que debía seguir su ritmo, servirle según sus deseos, aunque mi mente protestara.
—¿Regresamos? —preguntó finalmente.
Asentí y volvimos a la mesa. Allí nos esperaba el postre: pequeños boles con helado de menta y bambú, un final delicado para la cena exquisita. Bebí un trago de sake y me dejé llevar por la dulzura y la textura del helado. Erik pidió la cuenta, y un instante de tensión me atravesó: quería irme a casa, pero también sentía que no podía despegarme de él.
—Quiero llevarte a otro lugar —dijo mientras nos levantábamos.
—Vale —respondí, sin pensarlo demasiado.
Subimos al coche y condujo hacia una zona desconocida. Ascendimos por caminos oscuros y finalmente llegamos a la cima de una colina con vista a la costa. Un faro rojo iluminaba el mar tranquilo; parejas y algunos corredores disfrutaban del aire fresco. Era un lugar hermoso, casi solitario.
Me acerqué a la baranda, cerré los ojos y respiré profundo, llenándome del aroma del mar. Por un instante, casi olvidé el intercambio de poder y la deuda que me ataba a él.
—¿Qué te parece? —preguntó.
—Es precioso. Hace mucho tiempo que no venía —dije, dejando escapar un suspiro.
Erik no parecía un hombre que pidiera disculpas. No era frío ni desafiante; su mirada tenía un toque casi cariñoso, como si pudiera leer mi tensión y mis emociones.
Poco a poco se acercó y volvió a hacer lo que ya había hecho antes: colocó sus labios sobre mi cuello. Sentí su aliento caliente y su brazo rodeando mi espalda, atrapándome suavemente contra él. Sus labios se movían lentamente, hasta que sentí su lengua sobre mi piel. Cada contacto era un recordatorio de su control, de su poder, y de lo vulnerable y excitada que me sentía a su lado.
Mi corazón latía con fuerza. Sabía que esta noche apenas comenzaba, y que su dominio sobre mí se desplegaría más allá de cualquier límite que hubiera imaginado.