Luego, le quitó las cadenas pero con la intención de colocarla de espaldas. Gracias al frío de la pared de piedra, Helena lo sintió como un delicioso alivio con respecto a las heridas que tenía en su cuerpo. Luego de volverla a encadenar, Gabriel miró la belleza desnuda de su esclava, de la esclava de fuego que tanto gozo le daba. Sus manos apretaron sus nalgas y las sostuvo por un rato así, manoseándolas con fuerza. Al terminar, se recordó a sí mismo que el castigo debía continuar por lo que se aseguró volverla azotar. Se deleitó de nuevo con el castigo. Los impactos de los dio en las nalgas y en la parte baja de la espalda. Le encantó ver cómo el rojo de los azotes por el cuero, le rompían la piel a Helena. Quiso terminar porque la dureza de su pene la encontró insoportable. Se quitó

