**Una familia unida** Había algo en los rostros de mis hijos que siempre me tocaba el alma. Verlos ahí, con las caritas tristes y los ojos llenos de remordimiento, hacía que mi corazón se debatiera entre la risa y la firmeza. Pero sabía que ser una madre que guía y educa requería fortaleza. Mis niños, mis hermosos terremotos, debían aprender las consecuencias de sus actos. —Karely, Sebastián —les llamé con voz calmada, pero firme, mientras los observaba frente a mí–. Ambos van a disculparse ahora mismos. Sebastián bajó la mirada, y Karely entrelazó sus pequeñas manitas, un gesto que hacía cuando sabía que había cometido un error. —Karely, ¿qué tienes que decirle a tu hermano?—le pregunté, mirándola con seriedad. Ella levantó su carita con los ojos llenos de lágrimas. —Man

