Barbra. Con una simple excusa, dejo a los de la mesa, para después dirigirme al auto de quien estoy ya consiente que se va volver mi maldita perdición. No sé en que me estoy metiendo, pero en estos casos, no pienso en otra cosa más que dejarme llevar y disfrutar. Luego me tocará llorar por el golpe que quizás me vaya dar. Es raro salir ilesa de los errores. Y quizás este sea uno. Una hora después nos encontramos en un sitio de la ciudad. Con suavidad me recuesta de la pared del elevador, mientras nuestros labios bailan al son de lentos movimientos, saboreándolos con gusto. Sujeta mis mejillas y yo me aferro los bordes de su chaleco, atrayéndolo hacia mi, mientras profundizó ese beso. Cuando el ascensor se detiene abre sus puertas. Aún sin despegar nuestros labios salimos, pero en c

