Un minuto más
La alarma sonó a las 6 de la mañana, interrumpiendo el silencio de la habitación. Las camas estaban una frente a la otra, y Rouse, con los ojos aún medio cerrados, se despertó y sentandose miró a Annie.
“Ya es hora de levantarnos, Annie”, dijo con una voz somnolienta. Annie se tapó con la almohada y se volteó, respondiendo con un murmullo, “Solo déjame dormir un poco más”. El frío se había apoderado de la habitación, haciendo que la idea de salir de la cama fuera aún menos atractiva.
Rouse sonrió y sacudió la cabeza. “Eso suena como si no quisieras estudiar y hacer sentir orgullosa a tu familia”. Annie se sentó rápidamente, bostezando y estirándose. “Creo que mejor me voy a bañar”, dijo, saltando de la cama.
“Esa es la actitud de una ganadora”, dijo Rouse, todavía sonriendo. “Si queremos triunfar en este mundo, tenemos que empezar por levantarnos de la cama. Voy hacer el café. ¿Enciendo el calentador, Annie?”
“Obvio que sí, gracias”, respondió Annie, temblando un poco. “Estoy muriendo de frío”.
“Solo es un poco de frío”, dijo Rouse, levantándose de la cama. “Ya estamos cerca del invierno”.
“Entonces dile que no se tarde o mi cama me comerá”, bromeó Annie, dirigiéndose al baño.
“Ve a ducharte”, dijo Rouse, riendo. “Cuando salgas, tu café estará listo”.
Mientras Rouse preparaba el café en la cocina, se acercó a la ventana. Aunque el invierno ya estaba pasando, el aire todavía era frío y podía ver la nieve cayendo suavemente sobre el pavimento. Los animales estaban invernando, y todo estaba tranquilo y pacífico. Era un espectáculo curioso, pensó, mientras tomaba su taza de café caliente y se preparaba para el día que tenía por delante.
Al llegar a la universidad, un grupo de estudiantes de enfermería estaban por salir a hacer sus primeras pasantías. Mientras Rouse y Annie hablaban entre ellas, Rouse tropezó con un chico llamado John. Al tropezar, a él se le cayó la sudadera. Ambos se disculparon al mismo tiempo, y él, sonriendo, recogió su sudadera del suelo. Rouse no pudo evitar mirarlo mientras él se alejaba.
Annie, que había observado toda la escena, no tardó en comentar. “Debiste pedirle su número”. Rouse respondió que aunque John era lindo, prefería no distraerse. “El amor en la universidad no siempre termina bien”, agregó. Annie insistió en que al menos debería saludarlo si lo volvía a ver, a lo que Rouse accedió a regañadientes.
Mientras se dirigían a su primera clase, se preguntaban cómo serían sus compañeros de clase. La profesora, Katherine, los presentó a todos para que se conocieran. Entre sus compañeros, había una chica llamada Joselyn que parecía ser bastante autoritaria. Se creía la más popular del salón y miraba a las demás como si fuera superior. Annie notó que Joselyn no dejaba de mirar a Rouse, lo que resultaba incómodo.
“La verdad, no sé qué se traen”, dijo Annie. “Pero como eres más bonita, veremos más adelante qué pasa. Solo seamos amigables”, respondió Rouse.
La voz autoritaria de la profesora Katherine interrumpió sus pensamientos. “Si tienen algo que compartir con el resto de la clase, con gusto todos los escucharemos a ustedes, señoritas”, dijo. Así comenzó su primer día de clases, lleno de nuevas experiencias y desafíos.
Durante la hora del almuerzo, Rouse y Annie comieron juntas, disfrutando de la comida. De repente, Joselyn y dos chicas más, Emily y Susan, se sentaron con ellas. Joselyn, con una sonrisa forzada, extendió la mano hacia Rouse. “Soy Joselyn”, dijo.
Rouse la miró fijamente mientras le estrechaba la mano. “Si están aquí es porque quieren algo”, dijo Rouse, su voz firme y segura. “Antes de que hables, ya no estamos en la preparatoria, donde crees ser la más popular para subir tu ego y humillar a los demás. No jugaré en tu juego. Ahora, ¿qué ibas a decirme?”
Annie, sorprendida, no podía creer lo que acababa de escuchar. Joselyn y sus amigas se miraron entre sí, atónitas. Joselyn balbuceó algo ininteligible y, visiblemente molesta, se levantó y se fue con sus amigas a sentarse en otro lugar.
“No conocía esa parte de ti”, dijo Annie, todavía sorprendida. Rouse sonrió. “Cuando maduras, ves las cosas de otra manera”, respondió.
Justo en ese momento, vieron a John acercándose con sus amigos. Aunque Rouse esperaba que él la saludara, John pasó de largo sin mirarla. “¿Cómo es que no volvió a verme?”, se preguntó Rouse en voz alta. Annie encogió los hombros. “Quizás Joselyn le habló mal de ti”, sugirió.
“Lo dudo”, respondió Rouse. “No creo que fuera capaz, no hice nada malo”. Annie sonrió. “Bueno, no todos aceptan la verdad en su cara”, dijo, y ambas rieron mientras terminaban su almuerzo, listas para enfrentar lo que el resto del día les deparará.
Al día siguiente, Rouse y Annie se dirigieron a la biblioteca para estudiar. Mientras estaban absortas en sus libros, John entró con unos amigos en la biblioteca. Al ver a Rouse, se acercó a su mesa. mientras sus amigos le hacían gestos y señas.
“Hola, Rouse”, dijo John, sonriendo. “Siento lo de ayer. No te vi cuando pasé por tu lado”.
Rouse levantó la vista de su libro, sorprendida. “Hola, John”, respondió, devolviéndole la sonrisa. “No hay problema. Estamos algo ocupadas con nuestros estudios”.
John asintió, pareciendo aliviado. “Me alegra oír eso”, dijo. “¿Te gustaría tomar un café algún día? Podríamos hablar sobre nuestros estudios… o cualquier otra cosa”.
Rouse miró a Annie, que le guiñó un ojo. “Eso suena bien, John”, respondió Rouse. “Podríamos hacerlo este fin de semana”.
Así, Rouse y John comenzaron a conocerse mejor. Aunque Rouse había decidido no distraerse con el amor, no pudo evitar sentir una conexión especial con John.
Después de las clases, Rouse y Annie salieron del instituto y vieron a John con sus amigos en su coche. John se acercó a ellas, sonriendo. "¿Cómo estás, Rouse? ¿Podrías darme tu dirección? Podría ir a buscarte esta tarde".
Rouse miró a Annie, que levantó las cejas en señal de aprobación "Está bien, esta es mi dirección. Solo no llegues tarde, ahí estaré".
John asintió y se despidió antes de volver a su coche. Rouse y Annie se quedaron mirando cómo se alejaba, ambas emocionadas por lo que el futuro podría deparar. Aunque Rouse estaba nerviosa por su cita con John, también estaba emocionada. Sabía que, sin importar lo que pasara, tenía a su amiga Annie a su lado para apoyarla.
Y así, Rouse y John comenzaron un nuevo capítulo en sus vidas, lleno de posibilidades y nuevas experiencias.
Annie decidió aprovechar la tarde para visitar a su familia. Antes de irse, le pidió a Rouse que le dijera a John que la llevara a la estación de tren. Rouse asintió, prometiendo hacerlo.
Poco después, John llegó en su coche. Saludó a las chicas con una sonrisa y aceptó llevar a Annie a la estación de tren. Mientras estaban en el coche, Annie le hizo prometer a John que cuidaría de Rouse. John, aunque un poco tenso, prometió hacerlo.
“Conmigo estará muy segura”, aseguró John. “O puede que ella me proteja a mí”. Rouse solo sonrió ante su comentario.
Finalmente, llegaron a la estación de tren. “Gracias, cuídense”, dijo Annie antes de bajarse del coche. Luego, dirigiéndose a Rouse, añadió: “Y Rouse, relaja la pelvis”. Ambas se rieron y se despidieron con un abrazo.
La Cita
John y Rouse llegaron a un pequeño restaurante en la colina. El lugar estaba adornado con hermosas luces, flores y enredaderas por todas partes. La música de un piano se escuchaba suavemente en el fondo, creando un ambiente maravilloso y romántico.
Rouse quedó impresionada con el lugar. John, al ver su reacción, no pudo evitar sonreír. Sacó una silla para ella y la ayudó a sentarse. “Gracias”, dijo Rouse, mientras se sentaba frente al balcón, con una vista impresionante de la ciudad iluminada por las luces nocturnas.
John se sentó frente a ella, disfrutando de la vista y de la compañía de Rouse. Aunque no habían hablado mucho de él, John se sentía cómodo con Rouse. Había algo en su presencia que lo hacía sentir a gusto.
Revelaciones
John miró a Rouse, sus ojos reflejaban una mezcla de nostalgia y tristeza. “Sí, en serio”, respondió. “Siempre me ha encantado la música, especialmente el piano. Pero mis padres querían que siguiera una carrera más ‘segura’, así que terminé estudiando lo que ellos querían”.
Rouse asintió, comprendiendo su situación. “Debe ser difícil tener que dejar de lado tus sueños”, dijo. “Pero, ¿quién sabe? Tal vez aún puedas encontrar una manera de incorporar la música en tu vida”.
John sonrió, pareciendo un poco más esperanzado. “Quizás tengas razón, Rouse”, dijo. “Quizás no sea demasiado tarde para seguir mis sueños”.
Y así, bajo las luces del restaurante y con la música de piano flotando en el aire, Rouse y John compartieron un momento de entendimiento y conexión. Aunque sus caminos eran diferentes, ambos comprenden la importancia de seguir sus sueños y hacer lo que amaban.
El Lago Secreto
Después de terminar su cena, John parecía emocionado. “Vamos, quiero mostrarte algo”, dijo, sus ojos brillando con anticipación. “Es un lugar donde no he llevado a nadie. Te encantará”.
Rouse asintió, intrigada. “Bueno, llévame”, respondió, emocionada por la sorpresa.
John condujo hasta el otro lado de la montaña. Después de un rato, llegaron a un hermoso lago. El agua brillaba bajo la luz de la luna, y el silencio solo era interrumpido por el suave murmullo del viento y el agua.
Rouse no podía creer lo que veía. El lugar era absolutamente impresionante, como algo sacado de un sueño. Miró a John, agradecida por compartir ese lugar tan especial con ella.
Un Baño Nocturno
John comenzó a quitarse la ropa, revelando su intención de darse un baño en el lago. Rouse lo miró, sorprendida. “¿Qué haces?”, preguntó, sin poder ocultar su asombro.
John sonrió, su mirada brillaba bajo la luz de la luna. “Vamos, no hay peligro”, dijo, animándola a unirse a él. “El agua está fresca y es muy refrescante”.
Rouse se quedó pensativa, sin saber si debía seguirlo o no. John, notando su indecisión, añadió: “Bueno, igual puedes quedarte aquí y verme como disfruto de un refrescante baño” para disfrutar de la vida, hay que dar ese paso de fe al que le llamamos miedo.
Y así, bajo la luz de la luna y junto al lago, John se sumergió en el agua, dejando a Rouse en la orilla, contemplando la escena con una mezcla de asombro y diversión. ¿Se uniría a él?
Con una sonrisa en su rostro, Rouse decidió unirse a John. “¿Qué más da?”, pensó. Se quitó la ropa hasta quedar en ropa interior. Después de todo, era de noche y la oscuridad la cubría.
Corriendo, se lanzó al lago y comenzó a nadar junto a John. El agua fresca y clara la rodeaba, y la risa de John resonaba en el aire.