Rebeca tomó la jeringa en sus manos, con el pulso firme y la mirada endurecida. Sin piedad, se acercó a su esposo y, en un movimiento rápido y calculado, le clavó la jeringa en el cuello, inyectando la dosis mortal sin dudar. Los ojos de Antonio se abrieron de par en par, llenos de incredulidad y dolor; jamás habría imaginado que la mujer a la que tanto amaba, a la que entregó su vida y confianza, pudiera traicionarlo de esa forma tan fría y despiadada. En un último intento por resistirse, Antonio empujó a Rebeca, haciéndola caer al suelo con un grito ahogado. El impacto no solo la dejó atónita, sino que también pareció quebrar una parte de ella. Angélica, que observaba toda la escena desde las sombras de la habitación, se llevó las manos a la boca para reprimir un grito. Su mirada, enorm

