—¡Suéltame! —gritó Zahara, luchando desesperadamente. —¡Suéltala, Ricardo! —exclamó David, saltando del auto con urgencia. Ricardo, con una mirada desquiciada, tomó a Zahara firmemente por la cintura, y en un instante sacó un arma, presionándola contra la sien de la mujer. —¡No se acerquen o la mato! —amenazó, su voz cargada de desesperación. —¡Mamita! —gritaba Aziel, golpeando el cristal del auto con fuerza, su pequeño cuerpo temblando de miedo. —¡Papito, por favor, no seas malo! —suplicaba Julio, con los ojos llenos de lágrimas. Rossilene, conmovida, lo abrazaba mientras él lloraba desconsolado. David intentaba calmar la situación, con la vista fija en Ricardo. —¡No hagas esto, Ricardo! Piensa en tu hijo, él te necesita —imploró, tratando de apelar a su razón. —¡Claro que pienso

