Varios meses después El día del juicio de Rebeca había llegado, y en el tribunal, el ambiente era tenso, cargado de miradas y silencios pesados. David estaba sentado en una banca junto a Azael, Gladiola y Félix. La tensión en sus rostros era evidente; incluso Azael, que normalmente era el primero en mostrarse imperturbable, parecía inquieto. Cuando el juez leyó el veredicto, el silencio se rompió. "Culpable de asesinato en primer grado," resonó en la sala, y la condena de cincuenta años en prisión fue declarada. Rebeca intentó hablar, su voz quebrada suplicando que la escucharan. Alegaba que todo fue un accidente, que jamás quiso disparar a esa persona, si no a alguien más. Pero sus palabras fueron en vano; sus argumentos apenas si encontraron eco en las paredes frías del tribunal. La

