~Lyra~
Esa noche no pude soportarlo más. Tasha se desmayó temprano, acurrucada en una bata de seda sobre su enorme cama, murmurando cosas entre sueños sobre resacas, primos y cómo se acostaría con Nico si él no coqueteara con todo lo que se movía. No respondí. Ni siquiera respiré. Porque mi piel estaba en llamas y lo único en lo que podía pensar era en él. Damon Thornvale. Observándome desde ese balcón como si ya fuera dueño de cada centímetro de mí, como si supiera que lo dejaría follarme en la piscina si movía un solo dedo, como si pudiera arrastrarme hasta él —desnuda, goteando, de rodillas— con solo decirlo.
La casa estaba tranquila, silenciosa, pero yo podía sentirlo en las paredes, en el aire, en ese latido insistente entre mis piernas que se negaba a morir. Me deslicé fuera de la cama, con la respiración entrecortada y la piel ardiendo, agarré una toalla —no para usarla, sino para parecer normal— y caminé descalza por el pasillo. Ni un sonido, ni un crujido. Llegué al baño y cerré la puerta con llave detrás de mí. Luego encendí la ducha, al máximo, hirviendo. El vapor se arremolinó a mi alrededor al instante, empañando el espejo, besando mi cuello, arrastrándose por mi columna como dedos invisibles.
Dejé caer la toalla y me quedé desnuda frente al espejo. Me miré. Pezones tensos. Senos sonrojados. Muslos ya brillando de excitación antes de que el agua siquiera me tocara. Mi coño estaba húmedo, tan mojado que se pegaba a mis piernas como jarabe, tan hinchado que parecía obsceno. Entré en la ducha y apoyé las manos en los azulejos fríos, dejé que el agua caliente cayera por mi espalda, que el vapor se metiera en mis huesos. Pero no ayudó. No lo apagó.
Porque mis pensamientos eran puro fuego. Pura lujuria. Papito. Así es como lo llamaba en mi cabeza. No Damon. No señor Thornvale. No Alfa. Solo papito. Porque eso era. El hombre que me miraba como a una presa. El hombre que hacía que mi coño latiera solo con existir. El hombre que quería arruinarme.
Pensé en su voz... profunda, lenta, del tipo que se cuela entre tus piernas antes de que tu cerebro pueda detenerlo. Lo imaginé detrás de mí, aliento caliente en mi cuello, manos grandes en mis caderas, esa voz susurrándome al oído, y fue entonces cuando supe que no había escapatoria.
—Te gusta tocarte para papito, ¿verdad, pequeña Omega?
Casi me fallaron las piernas cuando deslicé la mano entre los muslos y jadeé al descubrir lo empapada que estaba. Mis labios palpitaban, mi clítoris latía como si suplicara; todo en mí estaba sensible, hinchado, desesperadamente necesitado. Un lento círculo con los dedos y casi lloré; otro más y solté un gemido. Mis caderas comenzaron a moverse, mi boca se abrió de par en par, las rodillas se doblaron; estaba desesperada. Susurré su nombre, apenas un soplo contra el vapor que me envolvía.
—Papi…
El vapor se arremolinó, el agua rugía sobre mi cuerpo, pero no me detuve. Mis dedos se movían más rápido, más fuerte, jadeaba, gimoteaba, goteaba.
—Por favor, Papi…
Y entonces lo escuché. Una respiración. Baja, áspera, masculina. Justo fuera de la puerta. Me congelé al instante, mis dedos se detuvieron, el corazón golpeó con fuerza salvaje contra mis costillas, los ojos se abrieron de par en par. El agua seguía cayendo, intentando ahogar todo lo demás, pero ese sonido… esa respiración… la conocía. Apagué la ducha lentamente, mientras el vapor siseaba a mi alrededor como una advertencia. Agarré la toalla, la envolví como pude alrededor de mi cuerpo empapado, los muslos temblaban mientras mis pies tocaban el frío del azulejo.
El espejo estaba empañado, la habitación seguía caliente, pero podía sentir el aire frío del pasillo filtrándose por la rendija de la puerta. Alcancé el pomo con la respiración en vilo, tiré de él, y el pasillo me recibió vacío… casi. El suelo estaba mojado. Huellas enormes, descalzas, dirigidas hacia lejos, con ese paso lento y seguro, con ese andar de depredador.
Mi coño se contrajo tan fuerte que solté un gemido. Él había estado allí. Me había escuchado. Me vio gemir su nombre, tocarme como una puta desesperada solo para él, en la oscuridad. Y se había alejado. No dejó rastro. No dijo una sola palabra. Solo una maldita advertencia. Una promesa.
Regresé tambaleándome a mi habitación como si estuviera borracha de él. Las piernas no me respondían, la respiración no se calmaba. Dejé caer la toalla al suelo, me metí bajo las sábanas, desnuda, empapada, follada sin haber sido tocada. Y no podía dormir. Cada sombra era él, cada sonido se transformaba en su respiración.
Y cuando por fin me quedé dormida, acurrucada de lado, con los dedos descansando entre mis piernas, lo escuché. En la oscuridad. En el sueño. Bajo y áspero, sucio y perfecto.
—Sigue tocándote, pequeña Omega… La próxima vez, lo haré por ti. Y no pararé hasta que ese pequeño coño apretado se abra alrededor de la polla de papi…
Me vine en mi sueño. Fuerte. Empapada. Retorciéndome en las sábanas, gimiendo como una chica que nunca tuvo oportunidad. Y al despertar, todavía podía sentirlo. En todas partes.
***
No salí de mi habitación a la mañana siguiente. No podía. No después de lo que pasó. No después de despertar con las sábanas empapadas en mi propio semen, con los muslos temblando, los dedos aún temblorosos por el recuerdo de lo que había soñado. Su voz. Su promesa. Ese sucio gruñido en la oscuridad.
—La próxima vez, lo haré por ti…
Había gemido por él en mi sueño, gimoteado “papi” contra la almohada como una pequeña puta suplicando ser poseída. Me había venido tan fuerte que por un segundo pensé que estaba muriendo. Y ni siquiera me había tocado aún. Me había roto desde fuera de la habitación. Sin siquiera ponerme una mano encima. ¿Ese tipo de poder? Cambió algo dentro de mí.
Ahora le pertenecía. No oficialmente. No públicamente. Pero en todos los sentidos que importaban. Él tenía mis pensamientos. Él tenía mi cuerpo. Él poseía mi maldita alma.
Las horas pasaron en silencio. No comí. No me vestí. Solo me quedé sentada en la cama, desnuda bajo las sábanas, presionando los muslos juntos y reviviéndolo una y otra vez. La forma en que la puerta del baño crujió. Las huellas mojadas en el suelo. El espejo empañado como si él estuviera justo detrás de mí, respirando en mi cuello mientras me desmoronaba. Cada imagen me hacía palpitar el clítoris, como si el recuerdo bastara para ponerme al borde otra vez.
No hablé. No me moví. Hasta que el sol cayó por debajo de los árboles y la casa volvió a quedarse en silencio. Tasha estaba desmayada en la otra habitación, babeando sobre la almohada, aún con la parte inferior del bikini y nada más. Murmuró algo sobre Moscato y chicos de la piscina antes de que su cara chocara contra el colchón.
Esperé. Observé cómo las sombras se alargaban por las paredes. ¿Y cuando el silencio finalmente se asentó? Me moví. Lenta. Desnuda. No me molesté en usar una toalla esta vez. Tampoco en cerrar la puerta.
Si él iba a mirar… entonces le iba a dar un maldito espectáculo.
Entré en el baño, con las baldosas frías bajo los pies, los pezones duros incluso antes de abrir el grifo. El espejo aún estaba manchado de la última vez. Mi aroma seguía ahí. Persistente. Más fuerte ahora. Salvaje. Resbaladizo por el calor del deseo. Empapado de necesidad.
Encendí el agua a toda potencia. Hirviendo. El tipo de calor que debería haber derretido la urgencia en mí, pero no lo hizo. Entré, apoyé ambas palmas contra la pared y bajé la cabeza bajo el chorro. Y susurré...
—Papi…
Casi se me doblaron las rodillas. Mi coño se apretó. Ya estaba empapada. Ya goteando. Mis pliegues hinchados, sensibles. Mi clítoris palpitando como un cable vivo.
Me alcancé entre las piernas y gemí. Pegajoso. Resbaladizo. Putita. Al principio me froté despacio, con las yemas de los dedos haciendo círculos, provocando. Luego más rápido. Más fuerte. Gemí.
—Por favor…
El agua siseaba. El azulejo se empañaba. Y, aun así, seguí.
—Úsame… —susurré—. Hazme tuya…
Lo imaginé detrás de mí. Grande. Silencioso. Furioso.
Sus ojos fijos en mi cuerpo. Su polla gruesa en su puño.
Viéndome desmoronarme como una buena perrita Omega.
—¿Te gusta esto, papi? —jadeé—. ¿Te gusta ver a tu puta desmoronarse por ti?
Mis muslos temblaron. Caí de rodillas.
El agua golpeaba mi espalda mientras mis dedos se deslizaban profundamente en mi coño.
Gemí como si quisiera que toda la maldita casa me oyera.
—Hazme tuya…
Ya no me importaba.
—Fóllame…