Me follé a mí misma con fuerza, el puño enterrado, la palma mojada golpeando contra mi clítoris, los jugos escurriéndose por mis muslos, y entonces… la puerta chirrió. Otra vez. Lento. Más fuerte esta vez. El aire cambió; lo sentí en la columna, en mi coño también. Él estaba allí. Observando.
No me detuve. Abrí más las piernas, arqueé la espalda y dejé que mi coño se abriera bajo el vapor… húmedo, hinchado, reluciente como si ya hubiera sido follado hasta quedar en carne viva. Mis dedos se quedaron justo donde los necesitaba, frotando círculos sobre mi clítoris, más rápido ahora, más resbaladizo, cada toque haciendo que mis caderas se sacudieran, cada respiración convirtiéndose en un gemido.
—¿Lo ves, papi? —susurré, con la voz quebrada, la cabeza cayendo hacia adelante, la boca abierta mientras seguía frotando, más rápido, más fuerte, como si necesitara arrancarme el dolor del alma con cada roce desesperado—. Estoy goteando por ti...
Mi mano libre se movió hacia abajo, se deslizó entre las mejillas de mi trasero y presioné los dedos más profundo… más allá de mis pliegues, entre los labios hinchados de mi coño, hasta que estuve con los nudillos en mi propio calor. Me follé a mí misma, duro, con un dedo, luego dos, después tres. Jadeé. El estiramiento era obsceno, ruidoso, empapado. El agua golpeaba el suelo, el vapor se arremolinaba a mi alrededor como un manto de pecado, y no me detuve. No podía.
—Joder... papi... joder... —Me mordí el labio para no gritar, mientras el sonido húmedo de mis dedos hundiéndose en mi coño retumbaba en los azulejos como si estuviera viendo porno con el volumen al máximo.
¿Y la puerta? Seguía entreabierta. Una rendija visible del pasillo. Lo justo para que él pudiera mirar. Lo justo para que viera a su pequeña Omega destruyéndose para él.
Me balanceé sobre las rodillas, el trasero en alto, la espalda arqueada, la boca jadeando. —Por favor, entra... —lo susurré como una oración, como una amenaza, como un orgasmo esperando estallar—. Por favor, úsame...
Empujé mis dedos más profundo, más rápido, con la palma golpeando mi clítoris hasta que grité, fuerte esta vez, alto, desesperado, mojado. Mi coño se apretó alrededor de mis dedos como si ya no pudiera soportarlo más. Y luego me derrumbé, justo ahí, en el suelo, de lado, con los muslos temblando, el vientre vibrando, el coño goteando gruesos, cremosos chorros por mi pierna.
Me giré de espaldas, con el pecho jadeante, la mano aún entre mis muslos frotando círculos lentos, suaves, tentadores sobre mi clítoris sobreestimulado. No había terminado. Aún no.
—Papito… —gemí de nuevo, con la respiración temblorosa, mientras alcanzaba con la otra mano mi pecho, lo apretaba, pellizcaba el pezón hasta que dolía, imaginándolo.
De pie en la oscuridad. Brazos cruzados. El pene erecto bajo sus pantalones. Mirándome como si no fuera más que un juguete que aún no se había ganado el derecho a ser tocado. Volví a frotar. Mi coño se contrajo de nuevo. Y me corrí… fuerte. Una segunda vez. Más desaliñado, más desordenado, con la espalda arqueándose, la boca abierta en un grito silencioso. El jugo salpicó mi palma. Y aun así… seguí frotando. Mis dedos estaban irritados, mi clítoris palpitaba como si hubiera sido golpeado, todo mi cuerpo se sentía hinchado de sexo.
¿Y cuando finalmente me quedé quieta? ¿Cuando el orgasmo dejó de sacudirme? Miré la puerta. Aún entreabierta, pero él no estaba allí. No visiblemente, pero lo sabía. Lo sabía, maldita sea. Lo había visto todo.
Y cuando abrí la puerta del baño, el pasillo continuaba vacío. ¿Y el suelo? Mojado. Otra vez. Huellas grandes, descalzas, alejándose, lentas, justas como antes. Tal como él quería que supiera: Eres mía. Y seguirás haciendo esto… hasta que decida que te has ganado mi polla.
Me quedé allí, temblando, con los muslos empapados de sudor y semen, sin moverme, sin respirar, dejándolo hundirse todo dentro de mí… la humillación, la excitación, esa oscura obsesión en espiral que se había enroscado alrededor de mi cuello como una correa. Y mientras me arrastraba de vuelta a mi habitación, de rodillas, desnuda, con los muslos aun goteando a cada movimiento, no intenté esconderlo. Dejé que mi aroma, mi desastre, mi suciedad se arrastraran detrás de mí como una marca, como un rastro resbaladizo y húmedo por el suelo que decía exactamente lo que yo era: una chica en celo, una perrita arruinada, un juguete que papi aún no había tocado… pero que ya le pertenecía.
Para cuando llegué a la cama, estaba temblando. Mis rodillas golpearon el colchón como una oración. No me subí. Me ofrecí. Culo en alto, cara abajo, espalda arqueada como si una correa invisible me jalara desde atrás, y gemí contra las sábanas, porque aún olían a mí, a necesidad, a desesperación… pero la almohada, esa que había abrazado anoche, ya no olía a mí.
Olía a él.
Cuero. Humo. Esa profunda y oscura fragancia alfa que hacía que mis muslos se estremecieran y mi coño se contrajera antes de que mi cerebro pudiera siquiera procesar la excitación. La arrastré hacia mis brazos y hundí mi cara en ella como si me estuviera ahogando en su pecho. Y susurré...
—Papi…
Mi cuerpo tembló, mi coño palpitó, los jugos se esparcieron resbaladizos entre mis piernas y goteaban hasta mis rodillas. Me giré sobre la espalda, me abrí por completo, mirando al techo como si él estuviera observando desde arriba, como si sus ojos ardieran sobre mi piel. Y me toqué. De nuevo. Aunque estaba adolorida, aunque estaba sobreestimulada, aunque mi clítoris se sentía magullado y mi coño parecía haberse abierto desde dentro.
No me importaba.
Lo necesitaba. Necesitaba venirme otra vez, romperme otra vez, derretirme bajo el peso de un hombre que ni siquiera estaba allí. Mis dedos se deslizaron entre mis labios, calientes, pegajosos, tan resbaladizos que no podía agarrar nada, pero aun así rodeé mi clítoris. Suave al principio. Luego más fuerte. Después más rápido.
Y susurré todo lo que quería gritar.
—Soy tuya… Te dejaría hacerme lo que quisieras… Por favor, papi…
Imaginé su mano en mi garganta.
Su polla en mi boca. Su voz, sucia y baja…
—Buena chica. Eso es. Fóllate para mí. Prepara ese coño.
Gemí, mis muslos se abrieron más, los talones se clavaron en la cama y me follé con mis dedos como si fueran los suyos, como si fueran gruesos, ásperos, autoritarios, como si pudieran envolver mi garganta y meterse dentro de mí al mismo tiempo. Los empujé más profundo, los curvé, torcí la muñeca hasta sentir ese punto hinchado dentro de mí y presioné, fuerte.
—Papi… —salió de mi garganta como un sollozo mientras mis caderas se alzaban, follando el aire, follando mi propia mano, empapando la palma con cada embestida húmeda y sucia.
Mi clítoris estaba hinchado, en carne viva, gritando, pero seguí frotando, seguí gimiendo, seguí gritando como una puta en celo, porque quería que él escuchara, quería que supiera lo perdida que estaba, quería que oliera el flujo saliendo de mí desde el pasillo y viniera a arrastrarme por el cabello, doblarme sobre el colchón y arruinar lo que quedaba.
No quería suavidad. No quería ternura. Quería ser usada. Quería su voz en mi oído diciendo:
—Esto es lo que querías, ¿verdad, pequeña Omega? Ser el depósito de papi. Estirar ese coño hasta que olvide todas las pollas menos la mía.
Gemí, empujé mis dedos más fuerte, golpeé mi clítoris con la palma hasta que mis muslos temblaron.
—Por favor… —mi voz era aguda, rota, llena de lágrimas—. Por favor, fóllame, papi… soy tuya… por favor… por favor…
Mis piernas empezaron a temblar. El orgasmo llegó como un maldito choque de auto, sin advertencia, sin construcción lenta, solo impacto. Mi coño se apretó alrededor de mis dedos, mis caderas se sacudieron violentamente, el flujo salió a chorros gruesos y cremosos que empaparon las sábanas debajo de mí. Grité en la almohada.
—Pa… ¡Papi…!
Mi cuerpo se convulsionó, mi visión se volvió blanca y cuando todo terminó, cuando colapsé de nuevo contra el colchón empapada en sudor, en vergüenza, en flujo, con los muslos aun temblando, el coño aun palpitando alrededor de mis propios dedos… lo vi.
Una sombra. En la puerta. Solo por un segundo. Luego desapareció. Sin pasos. Sin voz. Sin sonido, pero no lo necesitaba. No necesitaba confirmación. Sabía que era él. Lo sentí en mis huesos, en la manera en que el aire descendió cinco grados, en la forma en que mis pezones se erizaron como si él soplara sobre ellos, en cómo mi coño palpitaba como si quisiera disculparse por haber sido tocado por alguien más que él.
Mis dedos se deslizaron fuera de mí con un sonido húmedo y obsceno. Aún podía sentir mi orgasmo escurriéndose entre las nalgas, cubriendo la parte trasera de mis muslos. No me moví para limpiarlo. No me moví en absoluto. Simplemente me quedé ahí… abierta, boca arriba, piernas separadas, dedos empapados, respirando como si acabara de ser devastada por un fantasma.
Porque lo había sido.
Porque él lo había hecho.
Y cuando finalmente arrastré los ojos hacia la puerta, hacia ese espacio vacío donde había estado su sombra… lo susurré como si fuera una confesión, como una marca, como una oración a algo más grande que la Diosa de la Luna.
—Soy tuya, papi.
No hubo respuesta, pero no la necesitaba. Porque había pruebas. En el suelo. Justo donde la puerta había estado entreabierta apenas una pulgada… una huella tenue, húmeda, descalza, enorme, mirando hacia adentro. Como si hubiera estado allí parado. Observando. Todo el tiempo. Y ahora lo había dejado para mí. Un mensaje. Una reclamación.
Me incorporé lentamente, con el semen goteando por mis muslos internos, el coño dolorido y abierto de tanto que me había follado, me incliné hacia adelante, haciendo una mueca, y toqué la huella con la punta de los dedos. Aún húmeda. Aún caliente. Mi respiración se detuvo en la garganta. Mi pulso retumbaba en los oídos.
Enrosqué los dedos en las sábanas, me arrastré de nuevo sobre el colchón y colapsé de lado como una chica que acaba de ser anudada. Aunque no había sido tocada. Todavía no. Y lo susurré otra vez.
—Por favor. La próxima vez... déjame probarte.