~Lyra~
No hablé en el desayuno. Tampoco comí.
Simplemente me senté allí como un puto fantasma en una bata de seda que se adhería demasiado a mi piel sobrecalentada, tratando de no respirar demasiado fuerte ni moverme demasiado. Tratando de convencerme de que el té en mi mano estaba caliente, de que mi cuerpo no estaba enrojecido por el recuerdo, por el deseo, por él, pero era una mentira. Todo. Porque mis muslos ya estaban húmedos. Mi intimidad ya palpitaba. Y cada respiración que tocaba mis pulmones estaba impregnada de su olor.
Al otro lado de la mesa, Tasha estaba haciendo lo que mejor sabía hacer... hablando como si nunca le hubieran cerrado la boca.
Se echó el pelo sobre el hombro, desplazándose por su teléfono como si estuviera haciendo magia con cada deslizamiento.
—Entonces, estaba pensando en una casa junto al lago para mi cumpleaños. Algo elegante. Algo digno de Luna, ¿sabes? Pero también atrevido. O sea, darles una diosa, pero hacerlo porno.
Se detuvo, esperando mi reacción. No le di nada.
Chasqueó la lengua.
—Lyra. ¿Hola? Tierra llamando a frustrada. Ni siquiera parpadeaste. Estoy pensando en un traje de baño blanco para el paseo en bote por la mañana. O tal vez el rojo cereza. Ya sabes, el que tiene cadenas doradas a los lados que hace que mi trasero parezca que podría financiar una guerra.
Mi garganta se tensó. Forcé un asentimiento. Ella no se detuvo.
—¿Y para la cena? Ese vestido n***o transparente con la abertura hasta el cérvix. Quiero que papito amenace con enviarme a casa. Solo una vez. Lo suficiente para recordarme que soy su problema favorito.
Me estremecí, no por ella, sino por esa palabra. “Papito”. No debería haber hecho que mi intimidad se contrajera, pero lo hizo.
Ella gimió, tirando su teléfono.
—Ugh. Ni siquiera estás escuchando.
—Sí, lo estoy.
—Entonces contribuye.
—Estoy cansada —comenté.
—¿De qué? —Se inclinó sobre la mesa, entrecerrando los ojos—. Apenas saliste de tu habitación ayer.
Aparté la mirada.
—No dormí.
Inclinó la cabeza.
—¿Pesadillas? —preguntó.
No. Peor. Malditamente peor.
El tipo de sueño que te deja sollozando bajo las sábanas, con las uñas clavándose en tus propios muslos porque no puedes correrte lo suficiente. El tipo que te deja pegajosa y temblando y avergonzada en el segundo en que abres los ojos, pero no estaba dormida.
No le dije eso. No dije que había visto las huellas fuera del baño. No dije que el pasillo todavía apestaba a sexo y sudor y calor primitivo horas después de que me encerré.
—Dormiré una siesta más tarde —dije en su lugar, con la voz apretada—. ¿Dónde está tu papá?
—Fuera. Reunión de patrulla. Algún forajido lo enfadó ayer. Podría haber una guerra si se complica.
Algo chispeó en mi pecho. Afilado. Brillante.
Se ha ido.
Intenté no reaccionar. Intenté no dejar que el aliento se atascara en mi garganta o que el rubor volviera a mis mejillas, pero ella lo notó.
—¿Qué?
Parpadeé.
—Nada.
—Preguntaste por él —dijo.
—Solo era una pregunta. —Me encogí de hombros.
—Sonreíste.
—No, no lo hice.
—Sí, sí lo hiciste. —Sus ojos se entrecerraron—. Espera. ¿En serio, Lyra? Oh, por mi maldita diosa. No estás pensando en mi papá, ¿verdad? ¡Más te vale que no, chica!
—¿Qué? No. Dios. No.
—Sí, lo estás.
—No lo estoy.
—¡Sí, lo estás! —chilló, golpeando la mesa con la mano—. Estás pensando en él. Estás húmeda, ¿verdad? Pequeña pervertida. Estás sentada en el desayuno goteando por mi padre.
Me levanté demasiado rápido. Mi silla raspó el suelo. Mi bata se deslizó del hombro, exponiendo la curva de mi clavícula. Sus ojos se abrieron de par en par.
—Santo Dios —susurró—. Lo estás.
—Cállate.
Se recostó, los labios curvándose en una sonrisa maliciosa.
—Te va a arruinar, Lyra. No se acuesta con vírgenes. Las rompe. Así que es mejor que te mantengas alejada de él. ¡¿Me oyes?!
No respondí, no podía. Porque ya me estaba alejando.
~~
Esperé una hora.
Quizás menos.
Mis nervios estaban destrozados. Mi cuerpo estaba en llamas. Mi clítoris latía con cada paso. Caminaba por mi habitación descalza, la bata aún atada demasiado apretada, mis pezones dolorosamente duros contra la tela de seda, mis muslos resbaladizos por una excitación que no podía controlar.
Intenté la ducha. Helada. Brutal.
No funcionó.
Cuanto más me frotaba, más sensible me volvía. Aún podía sentir su voz en mi piel: La próxima vez, seré yo quien te haga venir. Se repetía en mi cabeza en un bucle. Una y otra vez. El sonido de ello. El peso de ello. La forma en que su aliento había empañado el aire detrás de la puerta del baño como si ya estuviera dentro de mí, susurrando directamente a mi alma.
Debería haberme quedado en mi lugar. Debería haber cerrado la puerta con llave y rezado a la Diosa de la Luna, pero ya estaba perdida.
Ya era suya.
Me deslicé por el pasillo como una ladrona en la noche. Corazón palpitante. Pies silenciosos.
Giré a la izquierda. Pasé por las fotos de familia. Pasé por los espejos con marcos de plata. Pasé por los lugares donde se me permitía estar. Hacia su ala.
Las palabras de Tasha resonaron. “Nunca vayas allí. Es donde pasan las cosas malas”. Perfecto, era lo que quería.
La alfombra se hacía más gruesa bajo mis pies. El aroma se volvía más oscuro. Más salvaje. Como pino y whisky y calor de lobo. Como algo prohibido. Como algo que podría devorarme viva.
Llegué a la última puerta. Estaba apenas entreabierta, lo suficiente para tentar. Toqué el borde y empujé.
El chirrido fue fuerte. Casi desgarrador. Me estremecí.
Y entonces lo vi.
Damon. Alfa. Carne y peligro.
Estaba en el centro de la habitación como si fuera dueño del maldito mundo. El sudor corría por su pecho desnudo. Sus músculos se flexionaban con cada respiración. Una sola gota resbaló de su mandíbula a su pectoral, brillando como pecado antes de desaparecer en los oscuros tatuajes que se extendían por su torso.
No se giró, pero yo sabía que él sabía. Él siempre sabía.
Se movió. Su voz rompió el silencio.
—¿Te has perdido, pequeña? —preguntó.
Intenté hablar, pero fallé. Mi boca se abrió. No salió nada.
Él se giró. Y maldita sea.
Su rostro. Su cuerpo. Esa belleza cruda y brutal que hacía que tus pulmones olvidaran cómo funcionar. Sus pantalones de chándal colgaban bajos, caderas afiladas, m*****o pesado. No duro. Aun no, pero grueso. Reposando contra su muslo como un arma lista para disparar. Venas enroscadas por el eje. Su aroma me envolvía como una soga al cuello.
Mi sexo palpitó. Empapado.
Retrocedí y su sonrisa se profundizó.
—¿No querías venir aquí?
Negué con la cabeza. Mentira inútil.
Él se acercó más.
Un paso. Dos. Como un dios descendiendo.
—Sí querías. Viniste aquí sabiendo lo que haría. Lo que diría. Lo que tomaría.
—No... no lo hice...
Me interrumpió con una mirada. Un gruñido bajo en su garganta.
—Dilo de nuevo.
—No quise —susurré.
Se movió rápido. Demasiado rápido.
De repente su mano estaba bajo mi barbilla. Dedos ásperos. Agarre firme. Me levantó la cara y me miró a los ojos.
—Mientes bien —murmuró—. Pero tu cuerpo habla más fuerte. —Mi respiración se entrecortó—. Lo puedo oler. Deslizándose por tus muslos como si me suplicaras que te ponga de rodillas.
Se inclinó más cerca.
—No sabes qué hacer con este deseo, ¿verdad? —añadió.
Gimoteé. Él presionó su cuerpo contra el mío y lo sentí todo.
El calor. El peso. La promesa de lo que podía hacer.
Su boca rozó mi mejilla.
—Te tocas pensando en mí. Susurras mi nombre en tu almohada mientras te masturbas como una perra necesitada.
Gemí.
Él se rio. Oscuro. Pecaminoso. Cruel. Como si realmente disfrutara de esto.
—Quieres ser arruinada. Dilo —ordenó.
—Yo…
—Dilo.
Mis labios temblaron.
—Quiero que me arruines. Por favor, te lo suplico.
Él retrocedió lo justo para provocarme. Sus ojos ardían.
—Aún no, niña. No sé si puedes aguantarme.
—Puedo, señor.
Las palabras salieron de mi boca. Temblorosas, sin aliento, empapadas de desesperación, pero él no se ablandó. No me alabó. Simplemente se rio.
—No puedes —murmuró, acercándose tanto que su aliento rozó mis labios—. ¿Crees que puedes soportarme? Esa dulce conchita virgen tuya no soportaría ni un centímetro.
Sus dedos se curvaron alrededor de mi garganta. No apretó. Solo lo suficiente para hacerme tragar, para mojarme.
—¿Sabes lo que te haría este pene? —siseó—. Te desgarraría. Gritarías. Llorarías. Tal vez incluso sangrarías. Me rogarías que me detuviera a mitad de camino.
Se inclinó, sus labios rozando el lóbulo de mi oreja.
—Y yo no lo haría.
Jadeé. Mis rodillas se doblaron. Su agarre me sostuvo.
—Joder, lo quieres tanto, ¿verdad? Quieres ser arruinada. Usada. Abierta como un juguete, pero mírate... temblando. Goteando por tus muslos. No estás lista para esto.
—Lo estoy —susurré.
—No, no lo estás. —Pasó su pulgar por mi labio inferior—. Ni siquiera sabes cómo se siente esto. No quieres que un Alfa te posea, Lyra. No puedes conmigo.
Esa frase sola me destrozó.
Casi me fallaron las rodillas. Mi coño se contrajo, vacío y dolorido, palpitando como si supiera que nunca sería suficiente para él. No lo suficientemente apretado. No listo. No digno, pero lo necesitaba.
Dios, lo necesitaba.
—Por favor, Alfa —susurré, con la respiración temblorosa, el pecho agitado—. Puedo. Juro que puedo aguantarlo. Lo quiero. Te quiero a ti…
Se movió rápido. Demasiado rápido.
Un segundo estaba suplicando, al siguiente estaba contra la pared. Mi espalda golpeó fuerte. Mi cabeza se golpeó hacia atrás. Y entonces su mano estaba en mi garganta, apretando.
Jadeé. Mis pies dejaron el suelo. Mis dedos se aferraron a su muñeca por instinto, pero joder... solo hizo que el calor entre mis piernas empeorara.
Su rostro estaba a centímetros del mío.
Su aliento: fuego.
Su mirada: castigo.
—No follo con chiquillas como tú —gruñó, con la voz cargada de desprecio y hambre—. Las destruyo.
Gemí.
Justo ahí, con su mano alrededor de mi garganta y mis piernas colgando, mi coño se empapó como si necesitara ser arruinado.
Y él lo sabía. Miró hacia abajo.
Vio la mancha húmeda en mis pantalones cortos. Sonrió con arrogancia.
—Patético —escupió—. Estás goteando, y ni siquiera he sacado mi v***a.
Gimoteé. Mi clítoris palpitó. Él empujó sus caderas hacia adelante. Y lo sentí.
Dios, lo sentí.
El bulto grueso y duro en sus pantalones se estrelló justo contra mi estómago... alto en mi estómago. Esa verga... era enorme. Monstruosa. El tipo de v***a que dejaría a una chica sollozando durante su orgasmo.
El tipo de v***a que me rompería.
Jadeé. Mi cuerpo se sacudió. Mis muslos se frotaron entre sí como si intentaran follar el aire.
—La próxima vez que intentes esa tontería —dijo, con una voz fría y mortal—, no lo tomaré a la ligera.
Luego me soltó y se alejó. Así, sin más. Dejándome jadeante, mojada y dolorida. Mis bragas estaban empapadas. Mi garganta ardía.
Y mi coño... temblaba. Hambriento.
Aun suplicando por el alfa que acababa de negarme como si no fuera nada.