Capítulo 4

2762 Palabras
Mis nervios seguían de punta después de lo acontecido la noche anterior, y la simple idea de volver a encontrarme de frente con Zaid me abrumaba. No podía evitar mirar constantemente hacia la puerta y sentir que había alguien asechándome. Aunque no hubiera nadie. —Clary, ¿estás bien? —preguntaron poniéndome una mano en el hombro, haciéndome pegar un respingo. Miré a Walter, me llevé una mano al pecho y respiré profundo. —Me asustaste —jadeé. —Estás saltona —dijo de vuelta, receloso—. ¿Estás bien? ¿Pasa algo? Meneé la cabeza. —No, no te preocupes —mentí—. Es sólo que no pude dormir muy bien anoche. Lo que era cierto. Después de encargarme de mis hermanos, mis ojos se habían quedado bien abiertos por gran parte de la noche, preguntándome si escucharía el timbre sonando en medio de la madrugada o si me despertaría de pronto con un par de ojos ámbar mirándome. Levantarme en la mañana había sido un suplicio. —Está bien. —Me miró receloso y tomó mis hombros con ambas manos—. Sabes que me puedes contar cualquier cosa, ¿verdad? Sonreí y hablé suave. —Claro que sí, Walter. Lo tengo clarísimo. Asintió. —Te voy a creer. Solté una risa. —Gracias. —Por cierto, hoy Giovenni me dijo que vendrán más temprano. Alcé las cejas. —¿En serio? —Sí. De todas formas, hablaré con él, así no vienen en un horario incómodo para ti. Porque no creo que quiera aceptar otra anfitriona. Volví a reír. —Parece muy mayor para ser tan caprichoso, ¿no? Se encogió de hombros. —Bueno, Clary, es un hombre que ha tenido todo lo que ha querido siempre. Está acostumbrado. —Sí, es verdad. Pero no me quejo si me sigue dando tan buena propina. Walter rió y palmó mi hombro. —Yo que tú, Clary, tengo cuidado. Tengo la impresión de que Giovenni quiere ofrecerte mucho más que buena propina. —Bueno, es guapo —bromeé. —¡Clary! —¡Walter! —respondí riendo—. Es guapo, sí, ¡pero podría ser mi padre! No, gracias. Estoy bien así. Él respiró aliviado. —Ya me habías asustado. —¿Creíste que el lujo me iba a engatusar? —Bueno… A mí me habría engatusado. —¡Walter! Mi jefe se echó para atrás y comenzó a irse con una gran risa en los labios hasta que ambos notamos a nuestros nuevos clientes. Mi estómago se revolvió de inmediato con súbito pánico, pero lo disimulé al acercarme al enorme grupo de hombres que me sonrieron de inmediato, haciendo una leve inclinación de cabeza. Y ahí estaba nuevamente Zaid, luciendo tan aburrido como la jornada anterior. Lo que era bueno, ¿no? —Buon giorno, signori —saludé pasando mis ojos por cada uno de los comensales, exceptuando al acosador. No quería que él pensara que todo estaba bien y que podía volver a pasarse por aquí más tarde—. Permítanme guiarles a su mesa. Giovenni se apuró a mi encuentro, caminando a mi lado, y me sonrió cordial. —Lamentamos profundamente haberla tenido hasta tan tarde ayer por la noche, no sabíamos que le generaba inconvenientes. Me sentí terrible cuando Zaid me comentó que usted tiene que hacerse cargo de sus hermanos. Parpadeé seguido, atónita, y miré de reojo a Zaid, quien parecía distraído con cualquier otra cosa. Giovenni se quedó de pie junto a mí después de hacerle un gesto a sus acompañantes para que se sentaran sin esperarlo. —Sí, bueno. —Solté una risa nerviosa, sin saber muy bien qué decir. Me pareció extraño que Zaid guardara ese detalle en particular considerando lo que había pasado ayer. Quiero decir, no es como que hubiese llegado interesado en mi historia familiar—. No quería decir nada al respecto. Pero no se preocupe, señor Tagliani. Pude solucionarlo a tiempo. Él sonrió abiertamente. —Giovenni —corrigió. Asentí. —Giovenni, lo siento. Lució conforme. —Bueno, me alegro, entonces. —Hizo el amago de acercarse a la mesa, pero volvió rápidamente a mirarme—. ¿No le gustaría comer con nosotros? Abrí los ojos como plato, gesto que fue replicado por varios de sus acompañantes, aunque ellos tuvieron más suerte que yo disimulando su asombro. Zaid, en cambio, se mantuvo en sus asuntos, con los ojos pegados al menú. Me aclaré la garganta y le hablé por lo bajo, intentando no captar más la atención. —No creo que eso sea correcto. —Perché? —Frunció el ceño. —Sto lavorando —respondí como si fuera algo obvio, aunque claramente para él no lo era. —Oh, bene. Non ti preoccupare, capisco. —Se encogió de hombros y volvió a sonreír como si nada al sentarse en la mesa. Miró a todos los hombres y alzó la voz—. ¿Estamos listos para pedir? Todos asintieron, así que tomé mi libreta y comencé a anotar cada uno de los pedidos, sonriendo triunfante al regresar a la cocina después de saberme capaz de sostener la mirada desafiante de Zaid mientras me dictaba su pedido.     —Tranquila, tómate tu tiempo —dijo Walter con una sonrisa paternal, haciendo un gesto despreocupado con las manos—. Nunca me pides nada, Clary, ¿cómo me va a molestar esto? Sonreí. —Sé que no te molesta, además Giovenni ya se está yendo, pero no puedo evitar sentirme culpable. —Clarisse, sólo me pediste la tarde libre, no es el fin del mundo. Además, ayer tuviste que quedarte más tiempo de lo normal, yo diría que estamos a mano. Solté el aire que no sabía que estaba aguantando y mis hombros se relajaron. —Gracias, Walter. —Ya, ya, no es necesario que te emocione tanto esto. —Hizo un gesto con la mano quitándole peso al asunto—. Aprovecha la tarde y mándales saludos a tus hermanos de mi parte. ¡Ah, por cierto! —Levantó el índice indicándome que esperara mientras él entraba rápido a la cocina y volvía con una bolsa de papel—. Rosalie hizo muchas galletas anoche y pensé en ustedes. Sonreí con ternura hinchándome el corazón. —Gracias, Walter. Eres muy amable. ¿No quieres adoptarme? Mi jefe se lanzó a reír. —Me parece que a estas alturas no puedo hacerlo. —Una lástima. —Me encogí de hombros—. Ya, ahora sí debo marcharme, Walter. Avísame cualquier cosa. —No te avisaré nada, Clary, es tu tarde libre. Ya vete. Fruncí el ceño. —¡Oye, no me eches! Rodó los ojos. —Clary, deja de perder el tiempo. Ya vete, estaremos bien. —Está bien, está bien. Nos vemos mañana. —Por supuesto. —Guiñó un ojo a modo de despedida y se acercó a conversar con Paulette en la recepción. Solté un suspiro y miré la bolsa de papel en mis manos, sonriendo como tonta al sentirme tan querida con un gesto tan pequeño. Entré a buscar mi bolso para cambiarme y aproveché de ducharme en los camarines, intentando darle un golpe de ánimo a mi cuerpo con falta de sueño. Desenredé los audífonos mientras salía y me despedí con la mano de cada colega que me encontré en el camino. Pero antes de poder disfrutar la primera brisa fuera del restaurante, una mano se posó en mi hombro. Me quedé de piedra y volteé lento. —¿Giovenni? —dije aturdida, encontrándomelo con una sonrisa jovial. Tragué saliva—. ¿Sucede algo? —Bueno, estaba esperando para preguntar si puedo llevarte a tu destino. Si no te molesta, por supuesto. Solté una risa sin gracia, intimidada e incómoda. No estaba segura sobre cómo sentirme con todas las atribuciones que se estaba tomando conmigo. Él y su hijo. Me aclaré la garganta y me acerqué un poco para hablarle más bajo, rehuyendo las miradas de sus acompañantes. —No creo que sea buena idea. No quisiera molestar, además. No creo que a sus amigos les agrade que se vaya con esta desconocida. Giovanni soltó una risa. —Señorita Clarisse, a ellos los veo todos los días —dijo tranquilo—. Poder ayudarla sería un honor, no una molestia. Considérelo una forma de disculparme por quitarle su tiempo el día de ayer. Me pregunté si Giovenni sería capaz de aceptar un “no” por respuesta, y me encontré a mí misma aceptando su invitación por pura resignación. —Está bien —murmuré—. Debo ir a buscar a mis hermanos. Le miré fijo esperando una reacción negativa o que de pronto no le pareciera tan entretenido pasar su tarde conmigo. Pero me decepcioné. Asintió con una gran sonrisa y me ofreció su brazo. —No hay problema, tú nos guías. —Pero, Giovenni, yo… —¿Me dejará con el brazo estirado, señorita Clarisse? —Alzó una ceja, sonriendo divertido. Aunque yo no le encontraba ninguna gracia a esto. Me sentía… invadida. Suspiré y tomé su brazo, sintiendo mi cara arder de vergüenza mientras avanzaba con Giovenni. Dejé los ojos pegados al suelo hasta que él se detuvo a hablar con un hombre de cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás. —Andreas, dile al resto que volveré más tarde. Son libres para distraerse o volver al hotel, como prefieran. Tú y Roberto quedan libres, tomaré el auto con Marcelo. Miré atenta el súbito cambio de semblante del hombre a mi lado mientras le hablaba a su acompañante y me aturdió que, en cuando él se fue, Giovenni volvió a ser sólo sonrisas. Me pregunté qué clase de relación tenían entre sí y cuál de los dos Giovenni era el real. —Andiamo? —dijo amable, sacándome de mis cuestionamientos. No pude hablar, así que sólo asentí y le seguí. Sacó su móvil del bolsillo y lo llevó rápido a su oído. —Ciao, Marcelo. Sei in macchina? Sí? Perfetto. Non ti muovere, sto arrivando. Apreté mis labios en una línea fina y respiré profundo. Algo en mis entrañas me decía que esto era una pésima idea, pero hasta ahora Giovenni no había hecho nada que pudiera alarmarme. Nada que me diera una razón para querer escapar. Entonces ¿por qué desconfiaba tanto de él? —Giovenni —dijeron a nuestras espaldas, haciendo que nuestros pies se detuvieran en el momento. —¿Sí, Zaid? —No puedes andar solo por ahí, lo sabes —respondió serio, como si algo le molestara. Aunque parecía que a él todo le molestaba—. ¿Por qué les has dicho a Andreas y Roberto que se queden? Giovenni rió incrédulo. —No sabía que debía darte explicaciones. La última vez que vi, tú eras mi hijo, no mi jefe. Zaid parecía a punto de perder la paciencia. —Sabes perfectamente a lo que me refiero. Giovenni se encogió de hombros. —Bien, si te molesta, puedes venir con nosotros. Genial, lo que me faltaba. Zaid guardó silencio y Giovenni simplemente se dio vuelta, arrastrándome con él mientras su hijo nos seguía de cerca como un perro guardián. Por algún motivo, mi corazón se aceleró cuando vimos un elegante auto n***o esperándonos y me di cuenta de que tenía que sentarme en un espacio reducido con ambos hombres, que en realidad eran un par de desconocidos. El silencioso chofer le alargó su celular a Giovenni, quien me pidió que anotara la dirección para que el hombre pudiera llevarnos a la escuela de mis hermanos. Tragué saliva cuando el motor se puso en marcha y me hundí en el asiento, incómoda, mientras Giovenni hacía un largo monólogo y su hijo me miraba fijo desde el asiento del copiloto por el espejo retrovisor. Sentí un escalofrío recorrer toda mi espalda.       —¡Riss! —exclamaron ambos pequeños con entusiasmo, corriendo de inmediato a mis brazos con una gran sonrisa y contagiándome con su alegría, como siempre. A su lado venía Robbie, quien me sonrió tímido y confundido, preguntándome en silencio por Delilah, su madre. —Hola, Robbie. ¿Cómo están, pequeños traviesos? —Besé la frente de mis dos hermanos y desordené el cabello de Alonso al ponerme de pie. —¡Bien! —respondieron ambos mirándome hacia arriba. —¿Por qué viniste tú? —preguntó Bianca, mirándome con sus grandes ojos color avellana. —Bueno, si quieres, me voy —respondí divertida. Hizo una mueca. —No quería decir eso. —Lo sé. —Solté una risa y me volví a agachar a la altura de los tres—. Tu madre no pudo venir por ti hoy, Robbie. Pero no se preocupen, yo los llevaré a casa. —¿Iremos caminando? —preguntó Alonso con expresión abatida—. No quiero, estoy cansado. —¿De qué estás cansado tú? —Bromeé, quitándole la mochila que era casi de su porte y colgándomela al hombro—. ¿Jugaste mucho? —Tú no sabes lo mucho que cansa la escuela, Riss. Un pequeño dramático, como siempre. —Sí, tienes razón, no tengo idea. ¡Pobre de ti! —Apreté sus mejillas y él me alejó rápido, haciéndome reír. Tomé la mano de mis dos hermanos y le indiqué a Bianca que tomara la mano de Robbie. —¿Entonces sí iremos caminando? —insistió. —No —respondí de pronto incómoda. ¿Cómo les explicaba?—. Unos amigos nos irán a dejar. —¿Qué amigos? —hurgó Bianca, escéptica—. Tú no tienes amigos. —¡Bianca! —Ahogué una exclamación—. Eso dolió. No alcanzó a responderme cuando ya nos encontrábamos frente a los dos hombres que me esperaban enfundados en sus sobrios trajes n***o. —¿Quiénes son ellos? —preguntó Bianca, mirándome confundida—. No los conozco. Me hice el ánimo de fingir que esto no me incomodaba. —Ellos, Bianca, son Giovenni y Zaid —contesté apuntando a cada uno respectivamente—. Ellos nos llevarán a casa. Salúdenlos, ¿sí? —Hola —dijeron tímidos, moviendo sus manitas sin moverse ni un centímetro de mi lado. Excepto Robbie, que pareció intentar esconderse detrás de Bianca. Ambos sonrieron en respuesta y mi corazón dio un vuelco extraño cuando Zaid se agachó y extendió su mano a cada uno de los niños que me rodeaban, quienes parecieron creer buena idea confiar en su sonrisa. Aunque no podía culparlos. Viéndolo así, yo también podía creer que era alguien de fiar. Era ver una persona completamente diferente a la que había conocido estos pocos días. No pude despegarle los ojos de encima mientras hablaba con los tres niños que poco a poco fueron soltándome para darle toda su atención a Zaid. Y yo quise unirme sólo para intentar ver de frente su sonrisa. —¿Estás lista? —preguntó Giovenni, haciéndome salir de mis pensamientos ridículos. Asentí rápido. —Sí, disculpa. Él sonrió. —No te preocupes. —Bianca, Alonso, Robbie —llamé, haciendo que todos me miraran de inmediato. Todos, incluido Zaid, quien mantenía un vestigio de esa faceta cálida que me sorprendía pudiera existir—. ¿Les parece si vamos al auto? Pueden seguir conversando con Zaid ahí. Todos asintieron y Robbie se aferró a mi mano mientras mis hermanos me traicionaban cayendo profundamente por el mismo sujeto que la noche anterior había decidido que era entretenido acosarme. —Se nota que te llevas bien con tus hermanos —dijo Giovenni. Los miré de reojo y no pude evitar sentir el corazón cálido. —Sí, eso intento. Después de todo lo que han pasado, verlos sonreír se siente como un premio. —Todo lo que han pasado. Parpadeé seguido. —¿Cómo? —Que lo que ellos han pasado, tú también lo pasaste. Así que podría atreverme a decir que una sonrisa tuya también debería sentirse como un premio. Me removí incómoda y le sonreí nerviosa, sin saber qué más decir. Pero no fue necesario, ya que los gritos de entusiasmo de mis hermanos al ver el auto en el que nos iríamos interrumpieron cualquier intento de conversación. Y ahí estaba de nuevo, aunque esta vez sin Giovenni al lado, sentada en la parte de atrás del auto. Cargaba a Robbie en mi regazo mientras Bianca iba en el asiento de al medio y Zaid llevaba consigo a Alonso. Y por más que lo intenté, lo único que captaba mi atención del camino era verlos interactuar y absorber esa personalidad tan radiante del hombre más extraño que había conocido hasta ahora.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR