Mi cabeza punzaba y mis ojos hinchados repudiaban el sol que les llegaba, haciéndome esconder la cabeza debajo de la almohada, sintiendo todo mi cuerpo pesado y afiebrado. No había podido dormir casi nada en toda la noche, sólo pensaba y lloraba para después lograr calmarme sólo unos pocos minutos antes de volver a lo mismo. Me sentía ridícula y patética. —¡Clarisse, vamos, levántate! —exclamó una alegre Terri entrando a mi habitación sin previo aviso y con una gran sonrisa pintada en el rostro. Le miré con una dolorosa súplica. —No, déjame dormir, por favor —respondí con voz pastosa, acurrucándome más entre las sábanas. Ella rió cantarina y se sentó a mi lado. —Levántate, dormilona, es tarde —dijo suavemente, acariciando mi cabello con un aire casi maternal. Fruncí el ceño y le miré

