—No, Alonso, mira —murmuré suavemente, tomando la goma y borrando el extraño desarrollo que acababa de escribir. Él resopló y yo le sonreí tranquilamente. —¿Qué tenía de malo? —alegó cruzándose de brazos. Desordené su cabello y tomé el lápiz, comenzando a escribir a un costado de la hoja cada una de las cosas que decía. —Si tenemos el número treinta y siete y queremos sumarle veintiocho, lo que tenemos que hacer es poner las unidades con las unidades y las decenas con las decenas, ¿vale? —Él asintió—. Bien, entonces, según tú, ¿cuáles serían las unidades de treinta y siete y veintiocho? —Siete y ocho —respondió con una sonrisa. —Perfecto. —Anoté ambos números, uno arriba del otro, mirándole después con las cejas en alto—. ¿Y las decenas serían…? —Tres y dos. —Síp. —Asentí con la c

