*Advertencia de contenido sensible, violencia descriptiva*
El verdugo, este sujeto extraño es un hombre mayor, creo que entre unos 40 a 50 años ya que su rizado y n***o cabello está cubierto a los lados por canas grises, si bien se ve que es bajo en estatura su cuerpo se encuentra en forma por lo que deja ver su ropa holgada, nada que ver con el rey gordinflón, su piel es morena, pero puede observarse que ha recibido bastante sol, sus manos llaman y atrapan terriblemente mi atención ya que sus dedos se estan torcidos, se curvan grotescamente hacia el interior de su mano y por la cicatrización que veo en sus dedos no creo que pueda estirarlos con normalidad.
Sigo observando al hombre mientras limpia las herramientas que sacó del maletín, la expresión de su rostro es muy seria y no refleja ninguna emoción, asi que, si acaso esta disfrutando lo que hace o lo que hará no deja saberlo, simplemente se concentra en limpiar cada uno de los instrumentos con un paño rojo, observa mis uñas y luego rebusca algo más en su bolso, saca una especie de ganzúa puntiaguda, un par de guantes de látex y una botella de lo que leo es alcohol, coloca los guantes en sus torcidas manos con cierta dificultad y luego abre la botella de alcohol.
El verdugo se coloca a mi lado para permitirle el acceso de toda la vista al rey, toma mi mano derecha, extiende mis dedos y vierte alcohol, me retuerzo un poco al sentir ardor por algunas raspaduras que tengo en la mano, un apretado nudo se forma en mi garganta, aprieto los labios y los dientes anticipando lo que sigue al verlo tomar la ganzúa y no las pinzas, un helado temblor recorre todo mi cuerpo.
“Ya es hora Lily, aguantemos, no le daremos el gusto al rey y a su petulante hija” dije con la esperanza de que Lily pudiera escucharme o sentir mi intensión, la percibo muy muy en el fondo y entiendo que comprendió.
“Nos enfocaremos solo en nuestra respiración y en controlarla, escucharemos solo nuestros latidos y abrazaremos el dolor, es solo temporal” instruí a Lily, desconectaremos el dolor tanto como sea posible y no daremos espectáculo.
Decirlo y hacerlo eran dos cosas distintas, estando de cara al momento mi mente quedó en blanco, era como si pasara todo en cámara lenta y solo podía observar como el verdugo tomaba mi dedo meñique con una mano y con la otra acercaba la ganzúa a mi dedo, cerré fuertemente los ojos y aprete tanto mis dientes que podría jurar que los escuche rechinar.
“Respira” me dije a mi misma, el verdugo clavó la ganzúa en la carne debajo de mi uña y empezó a moverla de un extremo a otro para remover la uña de su carne, queria arrancarle sus manos y garganta, gruñí conteniendo con todo mi esfuerzo el grito que queria salir de mí, pero empecé a enfocarme en mi respiración aún con los dientes apretados exhalaba fuertemente por la boca e inhalaba por la nariz, tratando de pensar solo en eso, “inhala y exhala, ya va a pasar” era mi mantra que repetía una y otra vez, para no pensar en la sensación de que escarbaban literalmente bajo mi piel. Cuando el verdugo levantó un poco de uña tomó las pinzas puntiagudas, sujetó a lo ancho de la uña levantada y con fuerza de un tirón la arrancó, por instante pensé que mi dedo habia sido arrancado y no me atrevía a moverlo, el ardor era atroz, podía sentir como si agujas lo atravesaran y por supuesto, la uña no fue lo único que salió despendida, esta se llevó consigo unos cuantos trozos de carne, cutícula incluida, un gruñido grotesco fue lo único que me permití pronunciar mientras lagrimas brotaban de mis ojos.
–¡Jah! –resopló el rey–, ya veremos qué tan valiente te crees que eres cuando continúen con las demás –dijo burlándose y riendo, hizo señas al verdugo para que continuara y asi hizo, repitió el mismo proceso con cada una de las uñas y yo repetía mi mantra cada una de las veces, sin embargo, para cuando terminó con el pulgar no solo brotaba sangre de mis dedos, sino tambien de mis labios, los cuales mordí una y otra vez en mi pobre intento de resistir, no es como si hiciera falta más dolor para distraerme ya que tenía suficiente con mis costillas rotas y la dificultad que representaba solo intentar respirar.
–Vaya –dijo con sorpresa el rey, pero tambien algo irritado, arrugó el ceño y se levantó perezosamente de su trono dirigiéndose lentamente hacia mí. Lo mire directamente a los ojos y no retire mi mirada de él, yo solo podía sentir el fuego de la ira que hervía en mi interior, esto no era más que un entretenimiento para ellos, sin embargo, para mí, mis dedos me permitían crear un puente entre mi ser y los instrumentos para asi crear la música que tanto amo, ahora ese puente esta roto y no se por cuanto tiempo lo estará.
El rey llegó a mí y pude ver la malicia en sus ojos, tomó el frasco con hierbas, lo abrió y olía como si mil demonios hubiesen muerto en su interior, un olor fétido, putrefacto y muy penetrante inundó todo a su alrededor, aun no me componía del golpe de olor causado por el frasco cuando el olor a carne quemada desplazo un poco la pestilencia, el calor más abrasador irradió mi mano derecha, inmediatamente sentí como si la parte superior de mi mano fuera puesta en agua hirviendo, mi piel quemaba, burbujeaba y en algunas partes se caía. Todo el dolor, ardor, quemazón e impresión me abrumaron por completo cuando el rey vertió parte del líquido del frasco en mi mano derecha, aceleré inconscientemente de una forma terrible mi respiración causando aún más dolor a mi pobre cuerpo, todo se oscureció a mi alrededor y caí sobre el bloque de concreto.
Un muy fuerte y horroroso latigazo ardiente en mi espalda me despertó, asi como tambien un reavivado aguijonazo en mi costado, reconocí en mi espalda el picor de la plata y la quemadura del matalobos, cerré en un puño mi mano izquierda preparándome para lo que venía. En algún momento mientras quedé inconsciente cortaron el vestido para descubrir mi espalda y ahora varias cadenas de plata estaban pegadas en mi piel desnuda, sin pestañear de un solo tirón el verdugo las retiró halando de ellas desde el mango que las unía llevando consigo la piel que las cadenas habia tocado, aún entre las náuseas que causaba el dolor y el olor de las hierbas, pude observar al tipo meter en el frasco de matalobos las delgadas cadenas de plata del flagelo que tenía en mano.
–Aquí va el segundo –susurró apenas audible el verdugo cuando sacaba las cadenas del frasco goteando infusión, la advertencia me permitió reaccionar y reacomodar mi posición frente al bloque de concreto, arrodillándome correctamente para recibir el impacto, no había otra alternativa.
Escuché el zumbido antes del impacto, justo antes de sentir como las cadenas de plata pellizcaban de nuevo mi piel, antes de sentir como la infusión de la hierba volvía a quemarme y como el latigazo despertaba una vez más el dolor en todo mi cuerpo, desde mi mano destrozada, mis muñecas lastimadas, hombros cansados, costillas rotas, adoloridas piernas... y este solo era el segundo.
Alli donde la plata, la infusión o la hierba tocaban la piel y el musculo eran quemados, algo sobre una propiedad mágica en estos dos elementos causaba un devastador daño en un hombre lobo solo con el contacto, ahora su combinación incrementaba en gran medida el daño, era simplemente cruel emplear estas medidas.