William El bar de Manolo no tenía cartel, pero todo el barrio lo conocía. Una puerta de madera gastada, un farol que siempre titilaba como si estuviera a punto de morir, y un olor persistente a fritura, pero la cerveza siempre estaba fría y rica. Nos sentábamos ahí desde hacía años. Cuando el trabajo apretaba, cuando algo dolía… o cuando necesitábamos hablar sin que nadie más escuchara. Llegué poco antes de las ocho. Manolo ya tenía nuestra mesa lista en el rincón del fondo, cerca de la vieja rocola que nunca funcionaba. Carlos y Santi estaban sentados, riéndose de algo en sus teléfonos. Al no ver conmigo a Mari, la pregunta se colgó en el aire. —Tranquilos, Mari fue a visitar a su madre. Vuelve mañana —respondí antes de que dijeran una chorrada. Bruno llegó justo detrás de mí, olien

