CAPÍTULO IXXTodo estaba muy oscuro. Era como un largo túnel que no parecía tener fin, a la distancia, una mujer gritaba, lloraba en forma desgarradora, mientras su voz, débil pero persistente, decía: —Ayúdame… ¡oh, ¡Dios mío, ayúdame!... envíalo a salvarme… me van a ahorcar… me van a azotar… no debo gritar… debo ser valiente, como él lo sería… no debo gritar… me van a azotar hasta… sangrarme… ¡Oh, Dios mío, sálvame… Júpiter… señor Júpiter! Otras veces decía: —Está enfadado conmigo. . . no va a venir. . . ¿Cómo pudo pensar esas cosas de mí… si yo lo amo? ¡Lo amo!... está enfadado… él no comprende. ¡Sálvame!... mira, extienden sus manos hacia mí… tengo miedo de sus manos… sálvame…¡sálvame! —¡Ya estás a salvo!— decía una voz profunda—. ¿Me oyes, Sabrina? ¡Estás a salvo! —El no… entiende

