Doblamos una curva en el camino de grava y vislumbro un edificio ente los arboles.
—¿Está es tu casa?—pregunto mientras la camioneta navega por una última curva del largo camino de grava.
—Lo es— confirma Adam. Me inclino hacia adelante, estirando el cuello para ver mejor, el edificio aún está parcialmente oscurecido por los árboles. Nunca he estado en la casa de Adam, pero se dos cosas sobre ella: una, esta en medio de la nada, y dos, la construyo el mismo. Ahora estamos en el medio de la nada, por lo menos una milla por un largo camino de grava, y estamos llegando a lo que podría ser la cabaña más encantadora que he visto en persona. No se que esperaba, pero no era esto.
—Oh— digo. Adam solo me mira. —¿Tú mismo construiste esto?— pregunto, justo cuando la cabaña aparece completamente a la vista.
—No del todo— dice, la camioneta se desacelera cuando Adam alcanza, presiona el botón del abridor de la puerta de su garaje. —Contrate a alguien para que hiciera el trabajo de plomería y electricidad. Henry me ayudo a colgar los paneles de yeso. Karen me ayudo con los gabinetes de la cocina. Charles y yo pasamos un fin de semana colocando los pisos—
—Oh, solo en su mayoría— le digo, todavía mirando a la cabaña. Es a falta de una palabra mejor, encantadora. Está hecha de madera tan rica que prácticamente brilla, incluso en la oscuridad. Tiene un porche envolvente, y un pequeño macizo de flores en la parte delantera. Hay una pasarela con adoquines de pizarra que conduce al frente. No es grande, pero tampoco es pequeña.
Es una cabaña de hombre de la montaña honesta con Dios, solo que en lugar de estar destartalada, torcida y con corrientes de aire, es hermosa. Parece que debería de estar en la portada de alguna revista de Real State o la portada de una revista de mejores casas para vacacionar, o alguna otra revista que acabo de inventar. Me pregunto si existe algo así como esas revistas. Me pregunto si estarían interesados en publicar la casa de Adam.
—Parece que se ha ido la luz— dice, apagando la camioneta. —No es precisamente una sorpresa, pero creo que podemos arreglárnoslas—
—Mhm— estoy de acuerdo . —¿Tú construiste esto? ¿En su mayoría?—
—Vamos— dice, saliendo de la cabina. Lo sigo cerrando la puerta de la camioneta con fuerza detrás de mi, los ojos todavía los tengo en la casa de Adam mientras lo sigo adentro, con una mochila colgada del hombro. Algo sobre esto se siente como aprender un secreto sobre Adam. Se siente como si me hubiera invitado a su escondite secreto, en lo profundo del bosque, su fortaleza de soledad. Se que probablemente sea ridículo, pero no es que Adam sea conocido por organizar cenas.
Lo sigo hasta el porche, todavía en silencio, mete la llave a la cerradura y luego se gira para mirarme. —Cuidado—dice, y empuja la puerta para abrirla.
—¿Por qu..— no termino mi frase porque me alcanza un misil. Un misil peludo, con la nariz húmeda y la lengua aún más húmeda, que casi me tira al suelo y luego hace cabriolas en círculos a mi alrededor mientras yo me arrodillo en el porche, está demasiado emocionada para quedarse quieto.
—…El ataque del perro— dice Adam.
—¡Hey Chica! — yo digo. Me lame la cara, me golpea con la cola y me rio. —¿Me recuerdas? Si, lo haces. Si, lo haces— El perro hace un pequeño y divertido ruido de crecimiento, como cuando se emociona.
—Traidora— dice Adam suavemente, todavía de pie junto a la puerta mientras se inclina hacia adentro y revisa algo. —Si. No hay electricidad—
Ahora estoy sentada en el suelo de su porche, esta cubierto, así que al menos esta bastante seco y el perro creciendo y lamiendo, sus patas saltando de alegría.
—Puede que le haya dado algunas golosinas mientras Henry la estaba cuidando hace unas semanas— le admito a Adam esquivando la cara del perro para hablar con él.
—¿Algunas?— dice, apoyándoselas en el marco de su puerta, con una mano el el bolsillo. Su camisa ahora solo esta húmeda, no empapada, aunque estoy algo consternada al informar que el cambio no lo ha hecho menos molesto.
—Podría haber sido más como varías— adimito. Aunque yo se que no fueron varios, fueron muchas golosinas. Es una muy buena perra.
—Con razón te eligió a ti— dice. —Todo lo que hago es alimentarla, darle un lugar seco para vivir y proporcionarle juguetes— Miro rápidamente a Adam, noventa y cinco por ciento segura de que esta bromeando. Pude ser difícil leerlo, y aunque lo conozco desde hace mucho tiempo no puedo decir que lo conozco bien. Pero luego el perro esta junto en frente de mi cara otra vez, con las patas en mi rodilla, sonrisa de perro llenando mi visión. Me doy cuenta de que hay una etiqueta colgando de su cuello.
—Oh que bien, le diste un nombre— digo tomando la etiqueta entre mis dedos, esta decía. "ADAM BENSON (555) 872-2825
—¿Llamaste al perro Adam?— le pregunto inexpresiva, mientras el perro me lame la mano. Adam suspira.
—Le puse mi información de contacto en caso de que se escape de nuevo— explica. —Vamos niña— le llama al perro. El perro lo mira y el le señala el interior de la casa. Me levanto y la sigo.
—¿Cómo se llama?— pregunto mientras cruzo la puerta.
—No lo sé — dice, la puerta se cierra detrás de nosotros. Es tenue, pero no oscuro. El gris pálido de un trueno de la tarde de tormenta, la luz entra por las muchas ventanas de la casa. Es profundamente silencioso: nada zumba, nada hace tictac, nada cruje, no hay sonidos excepto el andar del perro, caminando por la habitación. Quietud casi total.
—Deberías nombrarla— le digo, rompiendo el silencio. —No puedes simplemente llamarla perro para siempre— Adam se quita las botas y las pone en una bandeja de goma, así que hago lo mismo con mis zapatillas deportivas.
—Puse más volantes en el vecindario de Mark el fin de semana pasado—
—¿Alguien les respondió?—
—Aún no— El perro le da una lamida mas a la parte posterior de mi muslo, como si me estuviera diciendo: esta bien, gracias, luego trota a través de la sala de estar y sube un tramo de escaleras desapareciendo en una habitación de un rellano.
—No van a hacerlo— le digo. —Alguien la dejo—
—Tú no sabes eso—
—Si—
—No, no lo haces— dice Adam, entrando a su sala de estar y sacando la camisa por la cabeza y tirándola sobre el respaldo de una silla. Aparto la mirada, el corazón de repente me late con fuerza.
—Ella está entrenada en la casa— dice, abriendo un armario. —Aparte de su pata, estaba bien cuidada. Es amigable. Claramente tiene dueños, Abril, y no tengo derecho a tomar su perro y cambiarle el nombre— Saca un tendedero del armario, lo abre en el suelo y se coloca cuidadosamente la camisa encima. Cuando me mira, finjo que estaba desviando la mirada todo el tiempo.
—Ella recordará su antiguo nombre si alguna vez regresan, cosa que no sucederá— le digo. —Solo dale un nombre. No puedes llamarla perro para siempre— Como si esto lo hubiera invocado, el perro baja corriendo las escaleras, con un juguete en la boca, trota y me lo presenta, asi que lo agarro por ambos extremos y tiro, agradecida de poder hacer algo ademas de fingir que no estoy mirando al hombre sin camisa en cuya casa estoy.
Ella tira hacia atrás, moviendo la cola como loca. Adam se fue de campamento con algunos de sus hermanos hace unas semanas y Henry cuido al perro, así que pude pasar el rato con ella. Resulta que a ella le encantan los tira y afloja. Adam suspira, luego tira de su cabello hacia atrás con las manos, lo ata en un nudo de nuevo.
—Si la nombro, simplemente me encariñaré , solo para que sus legítimos dueños regresen y me la quiten— dice, alejándoselos de mi, a través de la sala de estar. —Es mejor llamarla perro hasta que eso suceda. Vuelvo enseguida— Y con eso, sube las escaleras, cruza el pasillo y entra en una habitación, dejándonos a mi y a perro solos en su tranquila sala de estar gris, todavía tirando de los extremos opuestos de este juguete.
—Tal vez debería de nombrarte yo misma— le digo después de un minuto. Gruñe y mueve la cola. —Princesa, Cupcake. Pastelito. Fluffy. Dime si alguno de estos te atrae— Ella simplemente mueve la cola y tira el juguete. Miro hacia atrás, tratando de pensar en más nombres. —Bella. Angel. Calabaza. Reina. ¿Alguno de estos?—pregunto, el perro solo gruñe. —Si, no creo que seas una calabaza— le digo, ahora sentada en el suelo, todavía sentada hacia atrás. —Tal vez algo más digno, como Peaches o Buttercup—
—No puedes nombrar a mi perro Buttercup— dice la voz de Adam desde el desván encima de mi.
—Asi que ella es tu perro cuando estoy tratando de darle la dignidad de un nombre propio para llamarla— respondo. Baja las escaleras descalzo, vestido con pantalones de chandal azul marino y una camiseta verde oscuro con un pequeño logotipo del Servicio Forestal en un lado del pecho. Actualización: Todavía se ve buenote.
—Difícilmente diría que Buttercup es un nombre digno—
—Ella es un perro—
—Incluso las bestias necesitan dignidad— dice, bajando las escaleras y atravesando la sala de estar.
—Fue lo suficientemente bueno para "La princesa prometida"— señalo. Adam se detiene frente a mi. Tiene una pequeña pila de ropa en una mano y me la ofrece.
—¿Eso es una película?— pregunta, con los ojos entrecerrados. Estrecho mis ojos hacia el en broma aunque no tengo idea si Adam se de cuenta de que es una broma o no. El puede ser...inescrutable.
—Técnicamente, también es un libro— digo. —Sobre una mujer. Que es una princesa. Y también una novia, de ahí el nombre pegadizo—
—Niña, ¿eres una princesa?— Adam le pregunta al perro. El perro se sienta, mira a Adam, mueve la cola y da una sonrisa de perro. —¿No? ¿Qué tal una novia?— la misma reacción del perro. Estoy un setenta por ciento segura de que esta sonriendo pero no puedo asegurarlo. Adam me hace sentir desiquilibrada y desordenada, como si todo lo que digo fuera demasiado o no lo suficiente, como si fuera un objeto de algun interés científico. Soy, en general, buena con la gente. Soy buena para medir sus reacciones hacia mi, buena para entender como hablar y actuar para que los demás se sientan cómodos, buena para decir lo apropiado para una situación.
Es por eso que soy una buena periodista. O al menos, es por eso que yo era una buena periodista. Soy buena haciendo que la gente hable conmigo. Pero no Adam. Adam es un misterio envuelto en un enigma metido en una caja de rompecabezas etiquetada, y no creo que le guste. Déjame aclarar. No creo que le desagrade. Simplemente tengo las sensación de que, para Adam, la gran mayoría de las personas entran en la categoría de sentimientos neutrales, y siente tanto por nosotros como las rocas, la tierra o el cielo.
—Estás son las cosas mas pequeñas que pude encontrar— dice, y aunque esta sosteniendo una pila de ropa, todavía me toma un segundo darme cuenta de lo que esta hablando, porque me hace perder el equilibrio.
—Gracias— le digo, levantándome del suelo. Me ofrece su otra mano, la tomo. Es grande, tosca y fuerte, cualidades que ciertamente no me provocan una emoción profunda y peligrosa.
—Te ofrecería usar mi ducha, pero me temo que la bomba del pozo funciona con electricidad— dice, mintiendo las manos en los bolsillos. —Pero tengo varios cubos de agua de emergencia afuera, y si quieres puedo traer algunos para tu uso— Sus ojos. Casi me había olvidado de sus ojos: marrón, el color del ámbar profundo. Había olvidado la forma en que siempre parecen estar iluminados desde adentro, como velas detrás de un vitral.
—Está bien— me escucho decir. —Estoy bien, de verdad, siempre y cuando no te importe que esta ropa se ponga un poco asquerosa-
—No es ningún problema—
—Llevar cubos de agua dentro es un problema—
—Ciertamente no más problemas de los que estoy acostumbrado—
—¿A cuántos problemas estás acostumbrado?— pregunto, levantando una ceja. Adam medio frunce el ceño, medio sonríe, como si estuviera divertido y consternado al mismo tiempo.
—Más de lo que piensas— dice, y se aleja de mi, se dirige a la puerta trasera. —Vuelvo enseguida con el agua y no hay nada que puedas hacer al respecto, Abril—