El final

1260 Palabras
Era muy temprano en la mañana cuando olí algo que Elena estaba cocinando. El asco me sorprendió, haciéndome correr hacia el baño, apenas si llegué a tiempo para vomitar. Tardé un poco en reaccionar, ¿sería posible? Le pedí a Pablo que me llevara al hospital y mientras esperaba por el resultado de la prueba, me percaté que Jonatan y yo no habíamos definido la relación. Éramos esposos legalmente, sí; pero había un acuerdo de por medio que pronto se terminaría. Yo lo amaba, sí; pero yo no sabía si el sentía lo mismo por mí, o que al menos existiera algún sentimiento de su parte. Salí del hospital apresurada, sin abrir el sobre con el resultado siquiera, y le pedí a Pablo que me llevara a las oficinas de Pharmaceutical Duran. Era la primera vez que estaba ahí; pero cuando di mi nombre en la recepción, no dudaron en dejarme pasar, ni siquiera preguntaron si tenía una cita. Subí por el elevador hacia el piso 41 y cuando las puertas de la caja metálica se abrieron, caminé con el corazón acelerado, estaba nerviosa. No había secretaria detrás del escritorio, la puerta de la oficina estaba entreabierta, y maldije porque mi don para escuchar conversaciones ajenas apareció en el peor de los momentos… ¿o tal vez era el mejor? -Quítate la ropa ― escuché la voz de Jonatan dentro de la oficina. Di un paso hacia atrás ante la sorpresa, un balde de agua helada golpeaba mi rostro, arrastrándome hacia la realidad que me había negado a ver. Vi su silueta caminando hacia una mujer y fue suficiente para dar la vuelta. No me había enterado si había tenido sexo con alguien durante nuestro matrimonio, pero fui yo quien dejó la puerta abierta ante la posibilidad y él cumplió su palabra al pie de la letra, no existía rastro de sus encuentros y si no fuera por una casualidad, no me hubiera enterado. -Señora Duran, ¿lo pudo encontrar? ―Me preguntó la recepcionista, dándome cuenta que había llegado al primer piso. -Sí, gracias ― respondí aún afectada. –¿Podrías anunciarme con el licenciado Ortiz, por favor? ―Le pedí y ella con una sonrisa amable, realizó la llamada. -La estará esperando, Señora Duran ― requería un poco más de información, así que le sonreí y ella entendiendo se apresuró a agregar: ―Está en el piso 23. ― Me dirigí de nuevo hacia los pisos superiores, tenía que acabar con todo de una vez. Tal como dijo la recepcionista, el licenciado estaba esperando por mí afuera del ascensor. -Buenos días, Señora Duran, pase por favor ― dijo cortés. Él tenía conocimiento de todo y aun así, me trataba con consideración, como si realmente fuera la esposa del dueño del lugar. -¡Gracias! ―Caminé detrás de él y saludé con una sonrisa a la secretaria que estaba ahí. -¿Le puedo ofrecer algo de beber? ―Me ofreció cordialmente. -Es usted muy amable, pero sólo le quitare dos minutos de su tiempo. ¿Podría informarme cuándo procederá el divorcio? ―Fui directa, ya que no tenía tiempo para tantos formalismos. Se puso de pie rápidamente, dirigiéndose a unas gavetas en un costado de su escritorio. ―El señor Duran me pidió que los preparara hace algunos días ― quedé petrificada, esa era la realidad dándome otra cachetada en el rostro. Me extendió los documentos y los tomé. ―Sólo requiere la firma de ambos ― dijo con total tranquilidad. -Puedo… ― hice una pausa para tragar el nudo de mi garganta. –¿Puedo enviárselos con Jonatan cuando los firme? ― -¡Por supuesto! ―Se apresuró a decir con una expresión abochornada. Me puse de pie para caminar con los papeles en la mano, y antes de salir, mirar por ultima vez al licenciado Ortiz. ―¡Gracias! ¡Muchas gracias por todo! ―No alcancé a escuchar su respuesta, porque salí por las escaleras sin mirar atrás, ni siquiera quise esperar por el elevador. Volví a la casa de Jonatan, tomé exclusivamente identificaciones, tarjetas y chequera. Ni siquiera leí el documento que me habían dado, lo firmé y dejándolo sobre la mesa de la entrada, me quité el anillo de compromiso y de matrimonio, dejándolos también ahí, para finalmente salir a la casa de mis padres. -¡¿Qué haces aquí, maldita perra?! ―Krestel gritaba desde las escaleras cuando entré por la puerta de la casa; pero me inmuté, sólo me detuve un momento. -Ésta es la casa de mis padres, no tuya; si no te gusta puedes pedirle a tú esposo que te lleve a vivir a otro lugar; pero realmente lo dudo, sino lo hizo cuando tenía una empresa, no lo va a hacer ahora que no tiene en qué caerse muerto ― escuché a Krestel maldecir, sin embargo, yo ya iba en dirección al despacho de mi padre. -Princesa, ¿qué haces aquí? ¿No llegaba hoy Jonatan? ―Me preguntó desconcertado y cuando mencionó a Jonatan, me quebré, ya no resistía más. Eran demasiadas mentiras e intrigas a mi alrededor, parecía que no tenían fin. Entonces recordé las palabras de Mauricio, en algún punto yo me había vuelto calculadora y fría, había participado de una trampa, no importaba el argumento que utilizara para justificarlo, fuera por motivos buenos o malos, me había convertido en algo que no quería, que yo no era. Terminé por contarle a mi padre del contrato por el que me casé con Jonatan, todo había terminado, no tenía caso seguir ocultándolo. E incluso le dije porque me estaba yendo tan abruptamente. Le pedí que me acompañara al banco, le devolvería todo a Jonatan, no me había casado con él por dinero. Además, fuimos con un notario para firmar una carta poder, de esa manera mi padre sería mi representante legal en todo, así los trámites no requerirían mi presencia. Aun y cuando todo fue tan apresurado, conseguí ceder todo ese mismo día, era de mucho beneficio que mi padre tuviera contactos para apresurar los trámites. Le pedí que me llevara al aeropuerto, saldría de ese lugar que me asfixiaba. No había nada que me retuviera a excepción de mi padre, no obstante, él tenía que preocuparse por Sislis y mi madre, no podía ser una carga más para él. -Alondra, ¿estás segura de esto que estás haciendo? ―Preguntó temeroso y con cautela. -Sí, papá, no te preocupes. Prometo que te avisaré dónde estoy ― lo abracé una ultima vez. -¿Qué le digo a Jonatan si pregunta por ti? ―Yo me encontraba en su pecho cuando lo planteó, y me dolió pensar que seguramente Jonatan no preguntaría por mí. -Lo hará por compromiso, dudo que vaya a querer buscarme… Pero en caso de que lo haga, no le digas a dónde voy ― lo que menos quería era volver a verlo. Escuché el anuncio del vuelo, me separé dándole una última sonrisa melancólica a mi padre y me adentré para tomar el vuelo. ** La imagen de la ciudad sobresaliendo en la península hacía de aquella imagen una perfecta fotografía digna de una postal. Desde la altura en la cual me encontraba, se apreciaba el azul turquesa del mar, y aunque no se distinguían claramente las olas, sabía que serían bellísimas, ya que Ciudad Ni era famosa por sus playas. Toqué mi vientre aún plano, y sonreí mirando por la ventana del avión el lugar que albergaría a la familia de dos que estaba a punto de formar.
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