Capítulo ciento seis:Un buen esposo. Conde Deveraux

2712 Palabras

El investigador llevaba horas caminando sin rumbo aparente, más por instinto que por mapa. Miró a izquierda y derecha, calculó el hueco entre dos carruajes y echó a andar. Fue entonces cuando, del otro lado, pasó un landó oscuro a buen trote; la cortina se corrió apenas un palmo con el vaivén y él vio el óvalo de un rostro. Se detuvo en seco. La sangre le zumbó en las sienes. Bernadette. No era una parecida. No era un engaño de cansancio. Era ella: la misma perfección callada del retrato, la misma piel limpia, los mismos pómulos finos y esa mirada de agua contenida. El carruaje ya había rebasado el cruce. Él reaccionó tarde, como si el mundo hubiese girado un segundo sin él. —¡Eh! —gritó, y echó a correr—. ¡Alto! El cochero ni lo oyó. El landó dobló en una esquina con la seguridad

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