Claire esperó a que el vaivén del llanto amainara hasta convertirse en respiraciones hondas y todavía temblorosas. Con delicadeza, la guio hacia la cama; se sentaron muy juntas, de lado, como si una sola manta de silencio las cubriera. Bernadette alzó la vista un instante hacia la puerta. El conde Delacroix entendió sin palabras. —Denos unos minutos, amor —dijo Claire, sin apartar la mano de la de su hermana. Enguerrand inclinó la cabeza con una obediencia serena, cruzó la habitación y, antes de salir, cerró la puerta despacio, como quien clausura un secreto. El seguro no hizo ruido; aun así, el gesto lo dijo todo: privacidad. Claire tomó las manos de Bernadette entre las suyas, tibias y firmes. La atrajo hasta apoyar la frente en su frente; luego, con cuidado, la recostó sobre su hombr

