La casa olía a pan caliente, a jerez tibio y a cera recién bruñida. En el comedor principal habían dispuesto la mesa como un mapa perfecto: tapiz de damasco marfil, candelabros de cinco brazos con guardas de cristal, bajoplatos de plata cincelada, copas delgadas como un suspiro y una hilera de flores pálidas —nada excesivo— que atravesaba el centro sin estorbar la vista. Dos lacayos repasaban por última vez el brillo de las campanas de mesa, el maître d’hôtel comprobaba la temperatura del vino, y en la antesala un cuarteto afinaba discretamente, listo para hacerse oír solo cuando la conversación quisiera reposo. Silas entró, midió el conjunto con una mirada experta y dio un leve asentimiento. Aquello era la casa de un conde; nada podía delatar prisa ni improvisación. A una señal suya, e

