“¿Crees en fantasmas, pequeño?” le había dicho su primo Franco cuando eran niños. “¿Crees en fantasmas, pequeño llorón? ¿Sí? Ay pobresito Ryan, con miedo de que se lo coma un fantasmita. O que venga y se apodere de ti y te vayas con él más allá. Pobre pobre Ryan, creyendo en cuentos de hadas. Buuuuuuuu, cuidado o el fantasma te va a atrapar. Buuuuuuuuu” Ryan le gritaba que se callara, que no lo hacía, aunque en realidad si les temía, y bastante. Se los imaginaba naciendo de la oscuridad de una pared, con un aura blanquecina que resplandece con un brillo frio que no se mueve como las sombras, sino que se mantiene imperturbable alrededor del cuerpo. Un cuerpo que no se siente y por el cual se puede ver. Flotando a escasos centímetros del suelo. Los dedos caídos, de puntillas sobre el aire, con unas uñas que se corroen desde la punta hacia el génesis. Brazos que se acercan y se hacen más grande, más sobrecogedores, y acortarían distancia con Ryan mientras este se posaba en la cama, llorando, llamando a su mamá. “¿Crees en fantasmas, pequeño?” No, ya no creía. Se le quitó cuando leyó el fantasma de Canterville. Ya no les temía.
Ya no existían, ¿no?
Si se lo preguntaba en voz alta, ya podría llamarse a sí mismo tarado.
Se lo preguntaré a Hernán, pensó, pero sería inútil. Su amigo solo lloraba. Suplicaba. Pedía perdón. Seguía llorando. En su mente Ryan trató de calmarlo, pero en su mente y en más ningún otro lado. Las palabras no salían. Las de Hernán sí. Brotaban del teléfono con su lastimero tono. A Ryan le temblaba la mano con que sostenía el teléfono. Bueno no, mentira, en realidad le temblaba hasta el alma.
Hernán.
Hernán.
Hernán.
La voz aumentó de volumen con una velocidad aterradora. Ya no susurraba, ahora gritaba. Era el mayor grito que cualquier hombre en todo lo que lleva la historia de la tierra hubiese escuchado. Y ya no salía del teléfono, este era solo una antena. La voz salía de las paredes, rebotaba con el techo y se convertía en su propio eco. Estridente y atroz. No cesaba de aumentar y los vidrios de las ventanas comenzaron a temblar. El televisor estalló. Las luces parpadearon por segundos hasta que los bombillos estallaron también soltando chispas de electricidad. Afuera los autos empezaron con sus alarmas. De los otros apartamentos de los edificios empezaron a lanzarse las personas por las ventanas, tratando de huir del condenado grito. Sus cabezas se convertían en un costal de sesos al estrellarse con el suelo. El cielo tronó y la tierra temblaba. Ryan cayó de rodillas, llorando. Hernán gritaba cada vez con más fuerza. Ryan soltó el teléfono y se tapó los oídos; cayó al suelo en posición fetal. Quería morir, quería morir, quería morir. Por favor, que muriera pronto. De una vez. La lengua se le trabó. La garganta se le cerró y por fin dejó de respirar. Se sujetó la garganta como si eso pudiese impedir que se ahogase, pero era inútil, lo sabía, como había sido útil todo lo que había hecho. Hernán lloraba. Hernán gritaba. Hernán lo mataría.
¿Crees en fantasmas, pequeño?
Ryan despertó acostado de medio lado en la cama de Hernán, en su apartamento.
Un sueño, nada más simple que eso. Un maldito sueño.
No tuvo tiempo de aceptarlo porque lo vio y su corazón se agitó de golpe.
Una sombra, la sombra de un hombre, en el umbral de la puerta. Detrás, la luz gris de la luna iluminaba el pasillo con un toque seco. La silueta del hombre se separaba del contorno de la pared. En el cuarto todo eran sombras. Sombras y silencio. El hombre no se movía, no temblaba a pesar del terrible frio que hacía. Sostenía un objeto irregular en la mano. Uno pequeño. Uno con un cañón.
El hombre no hablaba, Ryan sabía que no lo haría, no hacía falta que lo hiciera porque Ryan ya sabía quién era.
Recordaba perfectamente como a través del teléfono Hernán había estado llorando por unos segundos hasta que colgó. Recordaba cómo había regresado la llamada de inmediato solo para recibir el buzón de voz. Recordaba cómo se había ido aturdido, casi sin pensar, a la cama, y se había quedado dormido. Ahora ahí estaba Hernán, y si Ryan no recordaba mal, vendría para matarlo. Ese es el deber de un Savelli, matar.
El hombre dio un paso adelante. Aunque ni lo tocaba, Ryan sentía su presencia como si ocupase toda la habitación. Una presencia pesada que le absorbía el aliento, le cerraba las puertas a los demás sentidos. Y su desgraciado cuerpo que seguía negándose a responder. El pánico lo tenía paralizado.
Moriría, sabía que moriría, y nada más y nada menos que asesinado por Hernán.
Otro paso adelante. Uno más y la sombra dejaría de ser solo una sombra para volverse en la tangible realidad de la muerte.
Las extensiones del cuerpo de Ryan respondieron a su última suplica y poco a poco sintió que podía moverlas. Esperaba que no se lo estuviese imaginando. En ese momento la realidad y la ilusión se parecían demasiado y ni siquiera estaba totalmente seguro de estar dormido o despierto. Lo más probable es que sufriera un ataque de ansiedad en cualquier momento, lo sabía porque una opresión en su pecho se lo estaba sugiriendo con mucha amabilidad.
Movió un brazo, movió el otro. Mientras más lograba moverse, más se desvanecía el hombre, como una nube de polvo que se la lleva el viento.
Para cuando pudo mover las piernas, el hombre había desaparecido, fundiéndose con la lobreguez de la habitación.
Ryan se sentó en la cama. Aún estaba alelado. Los ojos se le cerraban. Se los tapó con ambas palmas y ejerció presión. ¿Estaba despierto? Sí, lo estaba. ¿Y entonces? Una parálisis de sueño. Sí, seguramente era eso. Había sufrido una parálisis de sueño, la cual puede provocar alucinaciones.
Se quedó observando el punto fijo donde un minuto antes había estado el hombre, o la alucinación, lo que fuese.
Pero la llamada fue real.
Por supuesto, amigo, ahí sí puedes estar seguro de que no lo imaginaste.
La noche anterior había recibido una llamada del número que pensó jamás volvería a ver. Era el mismísimo Hernán.
Y estaba llorando.
Al principio su estado de shock fue obvio, y la llamada fue tan corta que no le dio tiempo de reponerse. Quince segundos de un Hernán pidiendo perdón, llorando y fin de la llamada. No vuelva a marcar este número, por favor.
Luego no supo que pensar.
¿Qué demonios puede pensar un hombre que recibe una llamada de un amigo supuestamente muerto? No digas “supuestamente” porque das lugar a la duda. Hernán está muerto. Ah, pero eso no había impedido llamarle. En el cielo deben de tener una compañía telefónica que te cagas. ¿Qué podía pensar él? Al menos que jugar a la Ouija fuere el siguiente paso para su investigación, no tenía sentido. ¿Y el mismo día que fue a ver a los Kairo? Ahí hay gato encerrado. Ahí sucede algo. Tal vez el encerrado no sea el gato, sino Hernán. Sí, sí. Tal vez lo tienen encerrado en algún lugar y solo querían dárselo a entender porque… porque… porque son buena gente, ¿verdad?
Hernán está muerto.
Los muertos no hacen llamadas.
Hernán está muerto, tú lo enterraste.
Los muertos no hacen llamadas.
Está más que confirmado su fallecimiento.
¡Los muertos no hacen llamadas!
Debes buscar otra explicación. Hernán está muerto.
LOS MUERTOS NO HACEN LLAMADAS.
Ryan se puso de pie. Su reloj interno le decía que faltaban al menos dos horas para que amaneciera, pero podían ser menos. Atravesó el pasillo. Efectivamente, desde el balcón se veía un cielo de pocas estrellas, como toda estela nocturna en una gran ciudad. La luna, como en su sueño, proyectaba su resplandor con delicadez sobre la sala y los muebles, sin llegar a la pared del fondo donde estaba la entrada. Ryan se preguntó si Hernán no le había puesto una cortina en la entrada del balcón precisamente para apreciar ese efecto de luz lunar.
Ahora puedo preguntárselo en persona
Hernán está muerto.
Los muertos no hacen llamadas.
Se sentó en el sofá en dirección al balcón. Podía ver unos edificios lejanos con solo un par de luces encendidas, probablemente alguna pareja haciendo el amor, algún estudiante matándose para aprobar una materia, algún pequeño niño jugando un videojuego o algún otro desdichado como él, sin poder dormir, esperando que el sol se trague a la luna y escupa un eructo de luz solar que les permita salir como personas normales y tener un día jodidamente normal.
En un par de horas ⸻o menos⸻ amanecería, el resto de luces se encendería y comenzaría el día. Y él haría… algo. No le pregunten qué porque no lo sabe. Se supone que debe esperar a que los Kairos se comuniquen con él. Debió de haber preguntado cuando sería, aunque estaba seguro de que no hubiese recibido respuesta.
Mientras tanto seguiría llamando a Hernán para ver si contesta y podrían hablar. Así terminaría todo.
Está muerto.
Los muertos no hacen llamadas.
Los vivos hacen llamadas
Exacto, pero ¿cuál vivo?
Ryan levantó la mano derecha y se sorprendió al descubrir que sostenía su teléfono. No recordaba haberlo tomado. Si se lo pensaba mejor tampoco recordaba haberlo soltado tras la llamada así que probablemente se hubiese acostado con él en mano. Y es que después de recibir la llamada, su menté se nubló por completo. No se desmayó por mero capricho del espíritu santo, pero casi. Solo caminó, atontado, sin pensamiento alguno, a la cama, y ahí quedó hasta que sus ojos se cerraron.
La pantalla le iluminó la cara al presionarla y tuvo que parpadear para acostumbrarse. Entró al menú de llamadas recibidas y ahí estaba: Llamada de Hernán hace seis horas. Sonrió con tristeza y pulsó “llamar”. No había terminado de llevarse el teléfono a la oreja cuando ya había caído el buzón de llamadas. Estaba apagado. O dañado. O quemado. O enterrado, con su dueño, donde se supone que debe estar.
¿Qué esperabas, genio, que respondiera y que pudieran iniciar una garla?
Los muertos no hacen llamadas.
Ya establecimos que son los vivos quienes las hacen, pero hay demasiados vivos, así que me dirás tú cuál de ellos la hizo.
Ni idea.
¿Los Kairos? No tenía sentido, pero de por sí la llamada tampoco la tenía, por lo que no descartaría esa opción del todo. Tal vez, tal vez…. ¡Eh! Déjame terminar… Tal vez, puede ser, digamos que… Digamos que los Kairos no asesinaron a Hernán. Supongamos, hipotéticamente, claro, que solo lo encerraron en algún sitio. ¿Y le dieron el teléfono para que jugara Candy Crush? Obvio que no, pero puede ser que él prometiera que no haría una llamada, o que lo estaban vigilando, pero el guardia se descuidó y el aprovechó la oportunidad. Lo llamó a él porque alguno de los Kairos le comentó que estaba investigando su muerte y Hernán vio un atisbo de esperanza.
Pero si tú lo enterraste.
Los Kairos son poderosos, pueden fingir su muerte.
¿Y por qué lo mantienen cautivo?
¡Como jodes con tus preguntas! Hernán es m*****o de una familia poderosa, no les conviene matarlo porque…
Iban a matar a Javiera.
Cállate.
Y darle un teléfono a tu hombre secuestrado es algo idiota, ¿no? John no tenía pinta de ser idiota.
Bueno, segunda probabilidad: Hernán fingió su muerte para escapar de los Kairos y de su familia.
Véndele esa historia a Hollywood.
¿No has escuchado que la realidad supera la ficción? A veces es así, y te callas.
Lo molesto del asunto, más allá de la perturbación base, es que por más que imaginara posibles explicaciones, no tenía forma de confirmar ninguna. Así debían de sentirse los griegos cuando veían al cielo y se imaginaban la forma del mundo y su papel en la existencia sin poder verificarlo. Pero algo haría, cojones que sí. Podía verificar de dónde provino el teléfono, solo necesitaba un poco de ayuda. Supuso que un policía atolondrado lo hubiese podido ayudar con ese problema si no estuviese hospitalizado. Por lo tanto, tendría que ser un fiscal amargado quien se ocupara de la tarea. El mismo fiscal que le dijo que estaría solo si firmaba con los Kairos. No sería fácil convencerlo.
Ryan sostuvo el teléfono en alto, leyendo varias veces el nombre de Hernán.
Si hubieses llamado hace un par de días, tendríamos una nueva pista y yo no estaría metido en un lio con los Kairos. A veces eres algo inoportuno, amigo.
Pese a todo seguía sonriendo.
Se colocó el teléfono en el regazo y echó la cabeza para atrás.
¿Estás vivo, Hernán? Sí lo estás, dime donde, amigo. Sí en verdad vives, comunícate conmigo y explícamelo todo. No me voy a molestar contigo, hermano, te lo prometo. Tan solo dime que estás bien. Tan solo dime que todo estará bien. Dime que esto no ha sido más que un largo y quejumbroso sueño que terminará cuando me llames y me digas que nos reunamos en una cafetería para hablar de los viejos tiempos. Vamos, amigo, si estás vivo, si escapaste, si eres prisionero, tan solo dímelo y yo iré a donde estés. Eso es lo que llevo haciendo desde que volví a la ciudad; correr detrás de ti. Y aún no sé si estás más cerca o más lejos que antes. Pero si es alguien más quien está usando tú teléfono, amigo, y en realidad te has ido, dame una señal o pista de quien lo hace y para qué, porque yo, sinceramente, no tengo ni la más mínima idea.
¿Sí alguien más usa su teléfono, cómo explicas que era su voz?
Cállate.
Mientras se sumergía en sus pensamientos, las luces del edificio de al frente se fueron encendiendo una por una. Todos se despertaban para enfrentarse a esa nueva mañana. La temperatura ascendía, pero no lo suficiente para que las sabanas dejaran de ser cómodas. Ryan cabeceó en el sofá hasta que decidió levantarse de sopetón y hacerse un desayuno. Comería y luego iría, tratando de aparentar la mayor normalidad posible, a la oficina de Richard. Y si este no le trancaba la puerta en la nariz, le contaría lo sucedido para que le dieran el número a algún técnico ⸻que Ryan estaba seguro de que la oficina del fiscal debía poseer⸻ para que averiguara de donde había provenido la llamada.
Si la llamada provino de Nicaragua, Hernán había escapado. Si la llamada provino de la alcaldía, los Kairos lo jugaron una mala pasada.
Comió, se arregló, y se fue a la entrada. Se detuvo ante la puerta, sosteniendo el pomo. Cerró los ojos y respiró profundo. Seguía muy presente la sensación de dislocamiento cerebral que tuvo al recibir la llamada de Hernán. Una película de terror le hubiese dado menos miedo. Pero ya había amanecido, y si las personas del frente encendieron sus luces e iniciaron el día, él debía hacer lo mismo. Tomar el control, esa es la clave. Mantener el control. Se establecieron dos posibilidades y plan de acción, ahora tocaba seguirlo.
Un poco más sereno abrió la puerta, salió al pasillo y encaró la mañana.