El ejercito de Mcfly

2916 Palabras
Ryan nunca creyó que habría una zona de la ciudad que desconocería. No era de sorprenderse, pues estaba en construcción. Iba con Samuel Mcfly en su patrulla, recorriendo nuevas aceras y avenidas que apenas estaban por nacer. En cualquier dirección se veían edificios construyéndose, con grandes pilares de cemento y estructuras a medio hacer. Junto con ellas, estaban las vallas de futuros condominios, incluso un centro comercial, con su posible fecha de inauguración para el año próximo. Algunas estructuras parecían detenidas mientras en otras se veían obreros trabajando con grandes maquinas. No podría dudarse que Zetira era una ciudad en crecimiento. Ni que los Savelli estaban creciendo, pues varios de esos edificios, e incluso una de las empresas de contratistas publicitada en una valla, poseían su nombre.             A Ryan, acostumbrado a caminar por los mismos sitios, esto le desconcertaba. Sin embargo, la curiosidad le ganaba.             Mcfly había dicho poco o nada después de anunciarle a Ryan que conocería su ejército. Al día siguiente fue a buscarlo, montaron en su patrulla e iniciaron el trayecto, durante el cual, como por un milagro del cielo, había guardado silencio.             Ryan tampoco quiso hacerle muchas preguntas.             Había pasado la noche en el apartamento de Hernán.             Fue difícil conciliar el sueño en tal lugar.             No creía en fantasmas, pero apoyar la cabeza en el mismo lugar donde él durmió era como tratar de sintonizar su presencia.             La frialdad de la habitación no le ayudaba. Tampoco el silencio penetrante. Si gritase, las paredes serían quienes le responderían con un eco. La amplitud de la cama le ayudaba a maximizar su soledad, con unas sábanas suaves como la caricia de una amante inexistente.             Solo las sombras que se veían en el pasillo le impedían levantarse e irse, pues estas amenazaban con tragárselo si cometía la insensatez de entrar en ellas. Y es que sabiendo que el día anterior habían intentado asesinarlo, el consuelo es mínimo cuando estas bajo techo ajeno. La sensación de seguridad se desvanece y se queda al otro lado de la puerta, sujetándole la mano al peligro. Hernán, si sabía que lo perseguían, o que estaba en peligro, pudo haber percibido lo mismo ahí donde ahora lo percibía Ryan, quien ahora sentía a su amigo más cerca que nunca.             Hubiese agradecido algún ruido, aunque fuese efímero. Alguna calidez, aunque fuera ficticia. Alguna señal de seguridad, aunque fuera celestial.             Estaba durmiendo en la cama de un difunto. Un hombre posiblemente asesinado, o que quizá se había suicidado. Un destino igual de violento.             Hay experiencias que simplemente no deben vivirse.             Al llegar el amanecer, Ryan se sintió agradecido. Se levantó al alba, y dando vueltas al apartamento, intentando no ver a ningún sitio en particular, se dispuso a esperar a quien ahora acompañaba. Por primera vez podía decir que tenías ganas de hablar con Mcfly, pero este seguía taciturno.             ⸻¿Nos falta mucho para llegar?             Samuel no respondió.             ⸻¿Has sabido algo de Richard?             Absoluto silencio.             ⸻¿Puedes hablar de una maldita vez?             Mcfly lo observó antes de responder.             ⸻Hay algo de lo que estoy muy orgulloso, Ryan, y estoy a punto de enseñártelo.             ⸻¿Tu ejercito?             ⸻Sí. Se podría decir que es mi mayor logro en esta vida,             ⸻No es como que tengas muchos.             ⸻Más de los que crees, idiota. Pero este, Ryan, este es el mejor de todos. Es mi legado. Mi mayor creación. Creo que hasta podría decirse que me convertirá en leyenda.             ⸻¿No crees que exageras un poco?             ⸻No, para nada, ¿por qué?             ⸻Por nada, por nada. Seguro es algo… increíble.             Todo lo que salía de Mcfly era increíble… para bien o para mal.             Siguieron conduciendo hasta llegar a un conjunto de edificios pequeños, de apenas dos pisos, de un color verde y aspectos descuidados. Parecían galpones de carga. Manejaron entre ellos hasta llegar a la entrada enrejada de un almacén.             Unas rejas metálicas les cerraban el paso. Un almacén en forma de ocho se hallaba al otro lado. Estaba abandonado. En el estacionamiento, al otro lado de la reja y en todo el centro del edificio, estaban regados potes de basura y desperdicios por todo el suelo. Las ventanas rotas brindaban un aspecto deplorable. Las farolas rotas y sin bombillos ayudaban en la miseria.             Cualquiera le daría una entonación magnánima a la palabra “ejercito”, pero en boca de Mcfly, al parecer denotaba pobreza.             Se quedaron unos segundos detenidos en la entrada.             Ryan comenzaba a sospechar que Mcfly le pediría trepar la reja para descubrir un ejército de ratas al otro lado.             ⸻¿Y ahora? ⸻preguntó.             Mcfly había sacado su teléfono y enviaba un mensaje.             ⸻Espera un momento.             Tocó la corneta dos veces, y tras la espera de un minuto, de detrás de uno de los muros de la entrada, salieron dos adolescentes que comenzaron a empujar la reja para abrirla.             Entraron en el auto con lentitud. Ambos chicos saludaron a Mcfly cuando pasaron por su lado. Estaban vestidos con pantalones raídos y camisetas grises.             ⸻Este es mi cuartel ⸻dijo Mcfly al detener el auto.             ⸻Dirás campo de concentración. ¿Quiénes son esos niños?             ⸻Mis vigilantes.             Bajaron del auto y Ryan miró hacia la entrada. Los chicos ya no estaban.             ⸻Saben esconderse bien, ¿eh?  Sígueme.             Samuel lo condujo al interior del edificio. Un pasillo conectaba con el edificio de al lado, de estructura idéntica, con todo el edificio formando un cuadrado con un patio sin techo en el centro. Era más grande de lo que podría preverse de fuera.             Mientras más caminaban por el pasillo, más ruidos y murmullos se oían. Al final les esperaba el brillo del sol resurgiendo de entre las paredes para darles acceso al patio. Un jaleo ascendía; sensación similar al de un deportista que está por salir a jugar.             Cuando salieron al patio, Ryan se quedó con la boca abierta.             Estaba repleto de adolescentes.             Eran docenas de ellos. Tal vez cientos. Todos haciendo actividades distintas como si se tratase de un reformatorio.             Alguno estaba en alguna esquina del patio afilando navajas, cuchillo de cocina, tijeras y hasta cortaúñas. Otros se sentaban sobre un bote de basura con un libro de criminología, de carpintería, de cerrajería, de sastrería y algunos incluso leían novelas médicas, de detective o de espionaje. Algunos se ejercitaban con barras o con pesas hechas de cemento. Otros se turnaban para meter la cabeza en un cubo de agua mientras su compañero le cronometraba el tiempo hasta que fuese su turno. Casi cualquier actividad que se puede realizar, se estaba realizando en ese patio. Los que más llamaban la atención eran el grupo alejado de adolescentes, con pistolas en las manos, que practicaban su puntería intentando atinarles a latas de refrescos apostadas a diez metros de ellos.             Ryan no podía creerlo.             Una pequeña compresión le llegó a la cabeza cuando vio a uno de los chicos acercándose y lo reconoció. Era David, el que lo ayudó a entrar en casa de los Savelli.             ⸻¡Volvió nuestro amigo conversador! Samuel, tienes que haber visto la cara que tenía cuando salió de esa casa.             ⸻Pero tú no viste su cara cuando me entregó las fotos. ¿Sabías que le tomó fotos a las manchas de menstruación que dejó una chica? Es un pervertido.             ⸻Considerando la chica que vive ahí, incluso yo tomaría esa foto.             ⸻Ey, aléjate de Javiera. Si yo no le doy, nadie de aquí le dará.             Ryan se había fijado de dónde venía David: del grupo apartado con las armas.             ⸻ ¿Dónde obtuvieron esas armas?             ⸻Conque ahora hablas. Esas nos las dio Samuel.             ⸻Ustedes apenas tienen diecinueve años.             ⸻Y te aseguro que ya sé hacer más cosas que tú, colega.             En el grupo de los que metían la cabeza en cubos de agua, Ryan reconoció al chico que lo había estado siguiendo en el parque. Él también lo vio, abrió muchos los ojos y metió apresuradamente la cabeza en el cubo.             ⸻Ese es Esteban ⸻explicó David⸻. No tiene un muy buen recuerdo de ti.             ⸻Mcfly, ¿qué es todo esto?             Otro muchacho se acercó. Su piel era morena, con el cabello crespo, gordo y cachetes redondos. Cargaba un bate en la mano. Aunque claramente un adolescente, medía por lo menos ocho centímetros más que Ryan y poseía mucha más corpulencia.             ⸻¿Quién es él? ⸻preguntó señalando a Ryan con el bate.             ⸻Un novato ⸻contestó David.             ⸻¡Ah! Un nuevo.             ⸻No soy uno de ustedes ⸻respondió rápidamente Ryan.             ⸻Entonces no deberías estar aquí ⸻respondió el mastodonte, oscilando amenazadoramente su instrumento.               Ryan, que notó el detalle, se giró hacía Samuel.             ⸻Tranquilo, Anderson, él es amigo mío. Ya se los presentaré a todos.             Anderson miró de nuevo a Ryan sin mucha confianza. Ryan intentó mirarle a los ojos, pero al girar hacia arriba el sol le cegó.             ⸻¿Impresionado? ⸻preguntó Samuel con una sonrisa.             Los dos adolescentes se marcharon. David regresó a la zona de tiro al blanco. Anderson fue a darles golpes con el bate a enormes bolsas de basura. No era el único en esa actividad.             ⸻¿Quiénes son ellos?             ⸻Ven.             Mcfly lo guió hasta la entrada del pasillo, desde donde se veía todo el patio. A Ryan le sorprendió detectar, entre tanta locura, algo de disciplina. Los chicos estaban en sus respectivas zonas y concentrados en sus respectivas actividades. Nadie vagueaba o desordenaba el conjunto. Cada uno se metía en su deber.             ⸻Todo comenzó cuando yo tenía dieciocho. Antes de entrar a la academia de policía, empecé a hacer varios trabajos por mi cuenta. No me fue nada mal, si te soy sincero. Me metía en todo lo que me aparecía. Si necesitabas un cerrajero, yo era uno; aunque no supiera nada del tema, aprendía en el proceso. Si necesitabas un carpintero, o un plomero, o lo que sea, me llamabas a mí. Al principio hice muchos desastres, pero con el tiempo fui aprendiendo.             >>Luego, sin darme cuenta, unos pocos chicos empezaron a ver que me estaba yendo bien y quisieron que les enseñara. Yo les cobré, por supuesto, pero la mayoría de ellos no podían pagar. Eran chicos sin nadie que les pagara la universidad y que trataban de ganarse de la vida de algún modo o por lo menos obtener algunas habilidades.             >>Al principio les pude enseñar sin problemas, pero luego empezaron a llegar más y más; y, como te digo, no tenían para pagarme. Así que comencé a hacer intercambios de favores. Yo les enseñaba y ayudaba si ellos hacían cosas por mí. Pedidos, mandados, arreglos; tonterías como esas. Pero seguían llegando chicos nuevos, y cuando decidí entrar a la academia de policías, se me encendió el bombillo.             >>Creé un ejército personal.             >>Encontré este sitio, y los dividí por grupos. Cada grupo debía aprender una habilidad diferente. Si lograbas dominarla y demostrar que lo hacías, podías aprender otra. Aquí vas a encontrar talentos de todo tipo, Ryan. Aquí hacen de todo, incluso cosas que yo no sé hacer. Hay uno por ahí, creo que se llama Federico o algo así, que corre más rápido que el viento. Y otro más, que se llama Mark, que es un genio de la informática. Amigo, jamás debes subestimar el talento de la juventud. Yo a ellos los ayudo a surgir, les enseño cosas y a veces hasta les consigo yo mismo un trabajo. A cambio ellos son mi comando personal.             >>Como bono extra te puedo decir que lo saben todo sobre la calle. Quien muere, quien asesina, quien roba. Escuchan cosas, aprenden rumores y saben distinguir los reales de los falsos. Si hay alguien siguiéndote, ellos lo sabrán. Nada se les escapa. Son el futuro de esta ciudad.             Ryan no cabía en sí de la impresión. Intentaba disimularlo, pero el asombro se le escapaba en cada rasgo. Algo de genialidad rebozaba en lo que Mcfly creó, y “genialidad” no era una palabra que creyera poder asociar algún día con Samuel.             ⸻Pero esos que tienen armas… ⸻agregó, intentando ocultar su verdadera admiración.             ⸻Aquí todos tienen un mínimo de dieciocho años, y a veces una habilidad como esa puede ser útil. Igual no les dejo sacarlas de aquí. Es solo para que sepan disparar si hace falta.             Ese grado de responsabilidad fue la gota que colmó el vaso. Un increíble cambio de opinión sobre su compañero se producía en el interior de Ryan.             ⸻¿Richard sabe de esto?             ⸻No, eres el primero al que se lo digo.             ⸻¿Y por qué me trajiste aquí?             ⸻Creo que te hará falta estar aquí y aprender algunas cosas. Además, ellos podrían ayudarte.             ⸻¿Cómo?             Samuel le sonrió y le hizo señas de que le siguiera.             En el centro del patio estaban apiñados varios cubos de basura a modo de plataforma. Mcfly se subió a ellos, y una vez arriba, silbó usando los dedos. Al instante, todos se detuvieron.             Ryan los miraba atónitos.             ⸻¡Escuchen! ¡Este es Ryan! ⸻lo señaló⸻ ¡Él me está apoyando en ese proyecto súper importante y secreto del que les estuve hablando!             ⸻¿El s******o de Hernán? ⸻preguntó David.             “Cállate, idiota” le respondió alguien.             Mcfly carraspeó.             ⸻¡El problema es que mi amigo aquí presente se encuentra amenazado! ¡Al parecer hay alguien que lo está persiguiendo para asesinarlo!             Hubo un murmullo general y muchas cabezas se voltearon para verlo.             ⸻¡Quiero que estén atentos en la calle e investiguen para saber si pueden encontrar algo al respecto! ¡Debe haber un sicario que fue contratado para realizar el trabajo! ¡Descubran cual y quien le pagó! ¡Además de eso, él va a estar por aquí unos días! ¡Quiero que le enseñen y lo ayudan en lo que puedan!             Movieron la cabeza afirmando.             ⸻¡Muy bien, vuelvan a lo que hacían!             Después de un pequeño desorden, cada quien regresó a lo suyo.             ⸻No puedo seguir negándolo Mcfly, estoy impresionado ⸻comentó Ryan mientras lo veía bajarse de los cubos.             ⸻Soy un hombre lleno de sorpresas, Ryan.             ⸻Sí, pero la mayoría son malas. Esta es la primera vez que veo una buena.             Un chico tímido que Ryan reconoció al instante se acercó a ellos.             ⸻Tú eres quien nos seguía en el parque.             ⸻Esteban… ‒susurró el muchacho.             ⸻Disculpa lo de aquella vez. ¿Pudiste salir del baño sin que te vieran?             ⸻Preferiría no hablar de eso…             ⸻Entiendo. Lo siento-             ⸻¿Qué quieres, Esteban? ‒preguntó Mcfly.             ⸻Quería saber si le daremos algunas armas a Ryan. Es que yo llevo el inventario.             ⸻No, tranquilo, no sacaremos ninguna de aquí. Ryan las comprará donde Joe.             ⸻¿Ah sí? ⸻inquirió Ryan, que se había quedado pensando en la palabra “inventario”, que sonaba muy organizada para un grupo de chicos.             ⸻Sí ⸻afirmó Samuel⸻. Gracias, Esteban ⸻el chico se retiró sin mirar a Ryan⸻. Lo demás se han metido mucho con él por lo que le hiciste la otra vez.             ⸻¿Y cómo se enteraron?             ⸻Yo se los dije.             Mcfly empezó a caminar hacia la salida y Ryan lo siguió. Nadie les prestó atención cuando subieron a la patrulla y salieron del almacén.             ⸻¿Le compraré un arma a Joe?             ⸻Sí, hacía allá nos dirigimos. Si de verdad te están siguiendo, no puedes quedarte desarmado. Tienes que tener con que defenderte.             Era verdad.             Al llegar a la tienda, Joe los recibió a ambos con una calurosa bienvenida.             ⸻Ryan Mayz y Samuel Mcfly, ese sí es un dúo que no me esperaba encontrar.             ⸻La vida da muchas vueltas, Joe ⸻le respondió Ryan estrechándole la mano.             ⸻¿Cómo está todo, Joe? Espero que no estés vendiendo armas de calibre militar de nuevo.             ⸻Tú me las compraste todas, imbecil ⸻respondió el vendedor. Acto seguido le susurró a Ryan⸻. Le gusta decir eso cuando llega aquí para sentirse importante.             Ryan se rió.             ⸻Lamento decirte que esta vez no nos podemos quedar mucho tiempo, solo estamos de paso ⸻dijo Samuel acercándose al mostrador.             ⸻¿Y qué se les ofrece?             ⸻Queremos algo sencillo, una Glock.             ⸻¿Para el campo de tiro?             ⸻No, esta nos la llevamos.             Joe los miró con suspicacia. Ryan no quiso sostenerle la mirada y fingió que examinaba una estantería de chalecos antibalas.             La transacción fue rápida. Mcfly le pagó en efectivo y Joe le entregó una Glock 25 con sus papeles en orden. Cuando salieron de la tienda, Joe lo seguía observando con preocupación.             En la patrulla, Mcfly le entregó la pistola.             Ryan la sostuvo en sus manos.             Había practicado muchas veces en los campos de tiros, pero sabía que ahora sería diferente. Esa pistola en sus manos no estaba destinada a dispararle a una diana, ni a servir de desahogo o de práctica. Estaba destinada a defenderle y podía llegar a ser la diferencia entre la vida y la muerte. Llegaría el momento en que tendría que dispararle a alguien para asesinarle y evitar que el muerto fuera él. Jalar el gatillo sería la única solución y una duda en su pulso, la perdición. No sabía que tan cerca o lejano estaba ese momento, pero llegaría. A partir de ahora, cualquier rastro de inocencia que se poseyera su alma se desvanecería. Entraba en las ligas mayores.             Mcfly aceleró el auto y se perdieron en el tráfico.             Durante los siguientes días Ryan estuvo visitando el escondrijo del ejército de Mcfly, interactuando con los adolescentes y maravillándose de los que estos eran capaces de hacer. Sentía como si estuviese preparando para algo grande.             Entonces recibió la llamada de Richard
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