La juventud es valiosa. De las nuevas generaciones depende la permanencia de la r**a humana sobre la tierra. De los árboles que se siembren hoy recibirán sombra los del mañana. Los hijos siempre serán el resultado de sus padres. Es por ello que no se debe menospreciar a los jóvenes, pues se les necesita. Y enseñándoles el camino adecuado, brindándoles las herramientas correctas, pueden llegar a hacer cosas maravillosas.
Eso entendió Ryan.
Los días siguientes de conocer al ejército de Mcfly, estuvo conviviendo con ellos.
Eran el futuro de Zetira. Una ventana a los días del porvenir. Y vio que su ciudad estaba en buenas manos.
Las habilidades que vio no podían ser más variadas. Desde aquellos chicos maratonistas con una velocidad que le parecía súper humana al correr, hasta adolescentes con capacidades intelectuales sorprendentes.
Entre ellos había un chico que resolvía un cubo de rugby en cinco minutos. Otro, en cambio, arreglaba cualquier aparato domestico averiado: ventiladores, cocinas eléctricas, microondas, televisores y cualquier cosa que se le pusiese en frente. Había uno capaz de construir toda clase de figuras usando materiales como naipes, palillos, papel. Por ahí había quien dominaba el origami. Por allá había quien tocara muchos instrumentos. Algunos querían ser policías y estaban amaestrados en cuestiones de defensa personal. Otros querían ser forenses y ya sabían demasiado sobre el campo de la investigación.
Ryan comprendió que ese patio viejo era como un salón de clases para los chicos. Entre ellos mismo se enseñaban cosas y así complementaban los conocimientos.
Y todos tenían el sencillo objetivo de usar sus talentos para ganarse la vida, lo cual los unía más.
En un salón de clase todos son soñadores soñando un sueño distinto, reunidos en un ambiente académico, detrás de una idea que se presenta quimérica.
El ejército de Mcfly estaba lleno de soñadores.
Ryan supo la historia de David.
Un chico de madre alcohólica y un padre que aún todos se preguntan dónde está.
Si le preguntas a David por su padre, responde “Bien, gracias” con una sonrisa, y no toca más el tema.
Decidido a hacer algo con su vida a pesar de haber dejado los estudios cuando apenas era un niño, fue uno de los primeros estudiantes de Mcfly. Y hay que aceptar que le tenía un gran respeto al policía. Lo miraba no con admiración, pues desde muy joven aprendió a no admirar a nadie, pero escuchaba sus palabras como órdenes y lo trataba con una gratitud muy apreciable. Y es que para aquellos que viven sin rumbo, para aquellos sin planes, sin destinos, sin metas y sin caminos cuales seguir, una gota de esperanza junto con un letrero de dirección es un milagro caído del cielo. Para aquellos cuyas preguntas golpean más que los azares de la vida, y que no toman decisiones a la hora de dirigir un paso, alguien que les tome un momento de la mano y les diga por dónde ir, se convierte en un mesías, pero sobre todo, en un amigo.
Eso fue Mcfly para él. Y David se lo agradecía.
Uno de sus métodos de gratitud fue tomarle la palabra al Mcfly cuando pidió que le enseñaran algo a Ryan. Durante los días que vinieron, Ryan se sintió como un niño, paradójicamente a la vez que se sentía viejo, cada vez que venía el adolescente a enseñarle algo nuevo. No obstante, admitía que aprendía cosas útiles.
David le enseñó a forzar toda clase de puertas. Desde casilleros, hasta puertas de casas o apartamentos; incluso las de automóviles ‒habilidad que Ryan esperaba no tener que usar jamás‒. Aprendió también sobre métodos de investigación forense, pues David soñaba con convertirse en detective.
Poco a poco Ryan fue haciendo migas con los distintos miembros del grupo, aprendiendo sus habilidades y escuchando sus historias. Con verdadera admiración veía Ryan a su compañero policía entre más conocía a los chicos que reunía cada día para ayudarles. Eso es algo que jamás hubiese esperado de Samuel Mcfly.
El único que parecía no alegrarse de la presencia de Ryan, era Esteban, quien lo evitaba cada vez que podía. Pero Ryan decidió no darle mucha importancia al asunto.
Los días pasaron y no volvió a sentir su ansiedad anterior por no estar haciendo nada. Ahí estaba aprendiendo, conviviendo, y entendía la satisfacción que eso producía en unos jóvenes de futuro incierto, y sedientos de conocimiento. Sin embargo, se preguntó si algo de todo esto serviría cuando Richard lo llamó.
Su llamada fue rápida y directa: “No pude conseguir los documentos.”
Lo siguiente fue arreglar una reunión de los tres en casa de Hernán. Ryan ya estaba empezando a ver la casa como una especie de cuartel pare el curioso trío que había decidido descubrir lo que estaba detrás de la muerte. Haber usado la propia casa del difunto como centro de reuniones era una ironía que no se le escapaba.
‒‒‒
⸻Es caso perdido ⸻dijo Richard al entrar. Estaba furioso. Apretaba los nudillos y sus pasos eran acelerados. Lanzó la puerta con un portazo que hizo retumbar el eco.
Ryan y Samuel lo esperaban desde hace media hora.
⸻No los pude conseguir y no creo que pueda. El fiscal que se los llevó a su casa está usando toda clase de artimañas legales para no soltarlos. Son galimatías. Puras tonterías. Pero las está usando bien y por alguna razón tiene a jueces e incluso algunos magistrados a su lado. La única forma sería que la policía decidiera oficialmente reabrir el caso ⸻miró a Samuel durante un instante y siguió caminando por la sala, sin alejarse de la entrada⸻, pero sabemos que la policía no hará eso.
⸻Ese caso está tan muerto y enterrado como Hernán ⸻agregó Mcfly.
⸻Así que estamos jodidos.
⸻Tal vez podamos agarrar otro camino ⸻dijo Ryan.
⸻No lo creo ⸻negó Samuel.
⸻¿Por qué?
⸻Porque esos documentos son la base de todo esto. He estado pensando… ⸻dijo Mcfly poniéndose la mano en la barbilla, haciendo un gesto de pensar que más bien parecía una parodia⸻. De verdad creo que esos documentos son muy importantes, ya que por algo los tenía Hernán.
⸻¿De verdad crees que haya datos relevantes? ⸻preguntó Ryan. Richard los observaba mudo.
⸻Sí. Debe de haber algo más de lo que Richard le entregó. Hernán tiene que haberle agregado algo.
⸻¿Cómo qué?
⸻No lo sé. No creo que sea algo tan sencillo como una confesión, pero sí algo que dejaría bien en claro lo que descubrió.
⸻Pero, si de verdad hubiese algo ahí, y los Savelli lo saben, ¿no creen que lo hubiesen destruido?
Esa vez, fe Richard quien intervino:
⸻No, eso sería un riesgo, porque si el caso se llegarse a reabrir, y esos documentos desaparecen en sus manos, tendrían que dar explicaciones y se les podría demandar bajo ocultación de pruebas.
⸻Es por ello que debemos encontrarlos ⸻sentenció el policía.
Ryan se sentó en el sofá, cavilando al respecto.
⸻Pues no hay forma ⸻dijo iracundo Richard. Se había detenido, pero se sujetaba las manos con fuerza formando puños.
⸻¿Qué fiscal los tiene? ⸻preguntó Ryan.
⸻El fiscal Kenneth Bryson.
⸻Conozco a ese idiota ⸻señaló Samuel, acercándose a ver por el balcón‒. Siempre duda de mí cuando le entrego una prueba sobre algún caso.
⸻Todos dudamos de ti, Mcfly ⸻respondió Richard.
Samuel volteó con ganas de iniciar una discusión, pero al instante sonrió.
Sus dos compañeros se le quedaron viendo.
⸻¿Saben? La oficina de policía tiene una agencia especial de seguridad. A todos los que lo piden y pagan el servicio, se les asigna vigilantes, cámaras y un sistema de seguridad avanzando para sus casas. No es que seamos lo más alto en cuanto protección y seguridad, pero es un buen servicio. Servicio que, por cierto, el fiscal Bryson usa.
Richard arrugó el entrecejo sin entender a donde quería llegar. Ryan se puso las manos en la cara y las bajó restregándose los dedos por las mejillas. Él si entendió a qué se refería. Llevaba rato pensando la misma idea, pero no quería decirla.